La guerra atómica, el “neutralismo” y nosotros

Identificador: DM-238.
Publicación original: Novedades, 2 de marzo de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad; Historia e Hispanidad.
Un tablero de ajedrez evoca la tensión entre las potencias

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En cierto sentido general, puede decirse que los signos principales de la nueva política exterior norteamericana quieren ser, por una parte, el intento de arrebatar a Rusia la iniciativa en la guerra fría, y, por otra, la rectificación de la conducta seguida en Yalta, Pótsdam y Teherán por los inmediatos antecesores de Eisenhower en la Casa Blanca al sancionar el abandono de muchos millones de seres humanos al imperialismo moscovita. O sea, en resumidas cuentas, preténdese ahora rectificar un error de orden práctico y otro de orden moral, consecuencia aquél de éste, por cierto.

Todos quisiéramos saber, incluyendo casi seguramente a los mismos directores de las dos fuerzas en pugna, si esta importante alteración de la política de la potencia vecina nuestra alejará de manera indefinida las perspectivas de la tercera guerra mundial, o bien, por el contrario, acelerará su estallido. Lo que parece indudable, por desgracia, es que en el mejor de los casos sólo alargará durante un lapso apreciable el desarrollo de sus preparativos. Y ello tampoco consuela. Porque las conjeturas sobre el en apariencia inevitable conflicto indican que tendrá por característica, probablemente decisiva, el empleo —en escala y métodos sin precedentes— del poderío aéreo como instrumento el más eficaz para la utilización bélica de las espantosas fuerzas nuclearias. En la hipótesis, quizás se lamentaría entonces no haber llegado antes a las manos, siquiera en un momento en que dichas fuerzas no estaban todavía —ni en cantidad ni en “manuabilidad”— tan al alcance de uno y otro antagonista.

Por el momento, lo positivo son determinados hechos que invitan a muy serias reflexiones. Concretémonos a subrayar uno sólo: la notoria reacción inglesa, que sin ambages se ha manifestado adversa al cambio de frente de la política exterior yanqui.

De tal manera parece estar el juego británico en el ajedrez internacional, que no han tardado mucho en expresarse interpretaciones tan claridosas como la del canciller de la aliada Corea del Sur, quien afirma que tanto el Japón como Inglaterra se orientarán cada vez más hacia una política que califica de “neutralismo”. Más todavía. Insinúa que por parte de la Gran Bretaña esa actitud se explica por su decisión de aprovechar la que tal vez pudiese ser última oportunidad de recuperar el perdido poderío. Más claro aún: manifiesta sin circunloquios el canciller sudcoreano que Inglaterra espera de ese perspicaz “neutralismo” poder imitar el ejemplo de Rusia en 1945 en el Pacífico, y lanzarse sobre los despojos que dejasen los beligerantes, después de haber éstos cumplido a conciencia la tarea de aniquilarse recíprocamente, o poco menos.

Lo anterior es muy verosímil, y las circunstancias especiales del opinante fortalecen la interpretación. Pero habría que pensar que sólo complementan a otras exégesis de la reacción inglesa —que lo es también de la Europa Occidental— que se refieren, antes que a recuperaciones de poder, a motivos de supervivencia.

En efecto, parece que no obstante que Inglaterra —aunque en condición secundaria— pertenece al reducidísimo grupo de usuarios de armas atómicas, se juzga literalmente condenada a la destrucción en el caso de un ataque ruso que las pusiese en juego sobre el territorio insular. Para ella, la neutralidad sería, en sentido estricto, cuestión de vida o muerte, dada su área reducida, sus grandes concentraciones humanas y su mortal cercanía a las bases soviéticas.

Si hablamos con lenguaje franco y objetivo, ¿no resulta todo esto una expresiva advertencia, para ciertos apresurados desplantes hispanoamericanos, que anticipan futuras beligerancias al lado de los Estados Unidos en un pleito totalmente diverso de los anteriores, y en el que probabilísimamente la palabra decisiva será dicha por la energía nuclearia de la cual no disponemos ni poco ni mucho?

Creemos que el digno repudio del comunismo total y a fondo, no debe hacernos perder de vista las realidades. Si el poderío soviético —del cual, por cierto, no somos sino son otros los responsables— llega a ser destruido, en buena la hora. Si no, habrá sonado automáticamente la de defender todos libertad, vida y honor “a como diere lugar”. Pero, dadas nuestras condiciones, nadie podría recriminarnos si antes nos percatamos de que el choque de los colosos no tiene un desenlace relámpago, en el cual, insistimos, humanamente hablando, nuestra intervención en nada influiría, y sí, en cambio, podría acarrearnos —aunque ello fuese a la pasada o como quien no quiere la cosa— dantescas represalias, que de otro modo se evitarían en el caso de que esa supuesta rápida decisión favoreciera a los Estados Unidos. Su vecindad con éstos, haría para Méjico singularmente aconsejable ese no muy largo y sí positivamente vital compás de espera.

Aun así, para nosotros, quedaría flotando la interrogación de cuál será el radio que nuestros vecinos asignen a sus defensas aéreas por el sur, en el caso, tantas veces ya previsto, de un ataque atómico de la aviación rusa. En otras palabras: si en tal hipótesis son derribados aviones atacantes cargados de bombas A o bombas H sobre territorio mejicano, ¿funcionará por ese solo hecho el vulgarmente incógnito mecanismo que las hace estallar? Semejante posibilidad podrá estremecernos, pero desgraciadamente no puede tenerse por improbable. Por el contrario, habría que prepararse con tiempo a enfrentársele.

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