La escondida senda

Identificador: DM-243.
Publicación original: Novedades, 13 de abril de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Ilustración de La escondida senda

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Luengo historial, que se remonta a los años de la lacustre Tenochtitlán, ennoblece a algunas de las principales calzadas capitalinas y aun a la fecha podemos considerarlas como ejes del sistema vial suburbano de la metrópoli. Pero al paso de las centurias, y especialmente en las últimas décadas, a estas troncales corrientes de tránsito han venido a insertarse, como afluentes que llevan sus aguas a los ríos mayores, múltiples avenidas subordinadas que han acabado por dibujar, en dilatadas extensiones de la cuenca del Valle de Méjico, una vasta red comunicativa que da fácil acceso a todo el rico tesoro de amenidad de nuestra comarca.

Tlalpan, Xochimilco, Ixtapalapa, Coyoacán, San Ángel, Contreras, el Desierto de los Leones –para no hablar sino de lo más frecuentado-, gracias a sendas y anchurosas calzadas, brindan, sobre todo dominicalmente sus peculiares atractivos al paseante de la capital, abrumado por la diaria pelea en la gran urbe. Pero dentro del perímetro de éstos y otros lugares análogos, encontramos, muchas veces, como la mejor solicitación, el grato deambular por las breves rutas locales de los pintorescos aledaños de México. Y en ellas se trueca el rápido rodar automovilístico de las grandes calzadas, por un plácido, caprichoso, calmado discurrir.

En una de estas calzadas menores nos subyuga el verdor que a uno y otro lado se extiende en tapiz de grama que motea, con silvestres lujos, la generosa, gaya policromía de las flores. Es en otra el dulce fluir murmurador del hilillo de agua, que corre a su vera, lo que nos ensalma, y enjoyamos nuestra retina con los soleados destellos de la minúscula pedrería que fingen sus espumas. En la de más allá, colma nuestro contento el dosel magnífico que nos levantan los empinados eucaliptos, los hojosos y melancólicos sauces, la heráldica majestad de los ahuehuetes o las frondas –que Bécquer amó- de los álamos. Y a la mejor, en nuestro errabundear, hay alguna que nos sorprende, a la vuelta de romántico recodo, muriendo poéticamente en una de esas rinconadas de maravilla que aun persisten en hacernos el obsequio sedante de un viejo tapial, agrietado, que luce el ornato agreste de jaramagos y trepadoras hiedras, y que mírase reflejada en las linfas de alguna añosa fontana, tal vez blasonada con borrosas inscripciones virreinales.

Nos señorea la calma en estos olvidados parajes, propicios a la meditación y al ensueño. El pensamiento alto y el sentir hondo –soterrados, tantas veces, bajo la losa sepulcral del tráfago utilitario- reflorecen entonces, invencibles, en el espíritu. Hacen posible el prodigio de su resurrección la quietud claustral del ambiente; esa su “soledad sonora” en que el alma realiza el reencuentro de sí propia al través de todas esas voces de milagrería del céfiro rumoroso que nos habla de misteriosas, impalpables presencias amigas; ese obsesionante microcosmos de los átomos inasibles que “palpitan y se inflaman” en la estría solar que se filtra por las frondas; la ondulante vibración de la esquila lejana; el reclamo bucólico de la ladera herbosa mansa: muelle al cuerpo y al ánima; y la “algarabía pasajera” con que aleteos y trinos riman no sé qué trovas ingenuas de levedad, donaire y gracia.

Trasuntos del huerto del maestro fray Luis de León, esas calzadas nemorosas.

… que detienen al tiempo.
en recoleto abrazo de perenne saudad.

nos dan la secreta seducción de “la escondida senda” de los pocos sabios que en el mundo han sido; y nos atraen la anhelante invocación de perdidas fragancias, de remotas, miríficas vivencias con que, en los días de la niñez intacta, nos asombramos con la eterna novedad del mundo.

Tal es el embrujo –poesía y añoranza- de estas quietas calzadas. Hay en ellas la emoción, el atisbo solemne de una vida más verdadera.

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