La Defensa de Europa

Identificador: DM-125.
Publicación original: Novedades, 8 de enero de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: defensa de Europa, posguerra, Estados Unidos y responsabilidad política.
Ilustración de La Defensa de Europa

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

“Ni un soldado, ni un dólar más para la defensa de Europa”, ha declarado el expresidente yanqui Hoover. Ante esto, no se sabe si admirarse o entristecerse uno ante la capacidad humana de egoísmo. El actual desamparo de Europa ante la amenaza rusa tiene su origen en el aniquilamiento militar del obvio baluarte alemán que se le oponía con decisión, firmeza y eficacia; en la entrega -¿o qué cosa fue?- de la mitad oriental europea; en la inverosímil pasividad ante el crecimiento del poderío soviético y la irrestricta labor de las quintas columnas; en la torpe hostilidad a quien –como España- podía considerarse un eficientísimo contrapeso a favor de Occidente.

La inmensa mayor parte de tales responsabilidades corresponde, como a todos consta, a la política norteamericana. Y ante esa circunstancia, ¿cómo calificar la actitud de Hoover cuando proclama que lo único que debe interesar a los Estados Unidos es el armarse hasta los dientes y poner en el más alto nivel sus defensas próximas y continentales?

Por fortuna, hasta este momento, ha prevalecido el criterio de atender también a lo que se considera defensas “periféricas” de los Estados Unidos. Y aunque muy tardíamente –como todas las medidas de “emergencia” que ahora se adoptan- se manifiesta el propósito de acelerar la organización militar de la Europa Occidental. La más ostensible ratificación del designio, viene a ser el nombramiento de Eisenhower como comandante en jefe de las fuerzas defensivas del Atlántico septentrional.

Por desgracia, en esto, como en todo, se torna angustioso el enigma sobre el inmediato futuro, porque se estima que la integración de un ejército unificado de los europeos tardará no menos de dos años –quizá tres- para constituir la fuerza de veras apreciable frente a una ofensiva rusa.

En fin, algo es algo. No obstante que en el propósito de salvar a Europa no medie, al parecer, la deseable convicción de que se es responsable de su actual invalidez, ni tampoco el sentimiento de solidaridad en la misma cultura. De todas suertes, hay que felicitarse de que se haga un intento en pro de los países que, quiérase o no, siguen siendo por muchos respectos los de más solera cultural dentro de nuestra civilización. Por otra parte –cosa de mucho interés para el mundo-, si esos países sobreviven victoriosamente a una embestida comunista, -o si ésta no se presenta- podrían constituir en el futuro una estimable potencia, factor inapreciable de equilibrio político que amortiguaría la indeseable preponderancia de una o dos únicas fuerzas en lo internacional.

Infortunadamente, todavía hay algo básico por dilucidarse: ¿hay en Europa voluntad y arrestos para defenderse con la ayuda norteamericana? O simplemente, ¿espera que los Estados Unidos realicen por sí solos esa tarea defensiva?

Parece bastante dudoso lo primero. Más probable lo segundo.

Ello se explica. Europa vio ganar la guerra a los norteamericanos, pero también les ha visto perder la paz. Quedan en pie muchos millones de hombres que combatieron hazañosamente al comunismo, y por ello fueron humillados, pisoteados sañudamente en lo individual y en lo nacional; postrados hasta el paroxismo, física y espiritualmente, por idéntica razón, por quienes ahora les urgen a volver a ponerse en armas contra el peligro que ellos vieron a tiempo y no supieron o no quisieron ver sus vencedores transoceánicos. ¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo pensar que esos millones de seres humanos son meras máquinas cuyas piezas se arman o desarman a voluntad?

Los traumatismos psicológicos, desventuradamente en este caso, no son equiparables a los simples desarreglos mecánicos. Requieren tiempo y condiciones favorables –que el europeo de la posguerra no ha disfrutado- para borrarse.

Y en eso está la gran interrogación: ¿habrá tiempo para que esta Europa postrada –más en el alma que en el cuerpo- sane de sus heridas y yerga otra vez su voluntad de volver a ser sujeto y no mero objeto de la Historia?

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