La consigna de Iberoamérica
Publicación original: Novedades, 23 de febrero de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Atención preferente debe merecernos todo lo que en este instante da testimonio de la irreprimible tendencia de los iberoamericanos a la propia superación y a la unificación que en última instancia es su culminación y garantía. A todos nos incumbe fortificar el anhelo y poner mano en la tarea de hacerlo realidad cumplida. El mundo marcha, al parecer, a pasos rápidos, al desenlace de esta situación de equilibrio inestable de fuerzas, que dejó como herencia la última guerra. Sea el que fuere ese desenlace, está fuera de duda la urgencia de ganar tiempo y tratar de andar a marchas forzadas –sin mengua de la discreta reflexión exigida por la magnitud de la empresa- en este camino necesario hacia la unidad que nos permita sortear, airosamente, las pruebas internacionales que, querámoslo o no, tendremos que afrontar.
De ahí, verbi gratia, el especial interés que revisten ciertas expresiones de solidaridad iberoamericana en el seno de los organismos políticos mundiales. Lejos hemos estado de que esta solidaridad haya sido constante, y de que en las ocasiones en que se ha manifestado haya tenido el carácter de unánime. Los respectivos signos políticos de nuestros regímenes, la mayor o menor acentuación de determinados influjos externos sobre cada uno de ellos, y aun la diversa capacidad de visión de sus representantes explican de sobra nuestras divergencias en tal terreno. Sin embargo, las veces en que la gran mayoría de nuestras representaciones han presentado un solo frente de opinión –por ejemplo, al alinearse en pro del estatuto internacional de Jerusalén- han puesto de bulto la subyacente unidad de nuestro espíritu así como la considerable fuerza moral y política que entrañaría una lealtad mantenida y operante a esa unidad.
Otro hecho que pide simpatizadora atención y que es notoriamente sintomático lo constituyen las actuales gestiones de los gobiernos ecuatoriano y panameño para celebrar a mediados del año que corre una conferencia regional de los países grancolombianos y centroamericanos, en la que se han de considerar los problemas económicos y culturales de carácter común. El propósito lleva implícito el reconocimiento de esas realidades que nosotros hemos subrayado en más de una ocasión, y que son las subregiones iberoamericanas en las que geografía, economía e incluso, a veces, el antecedente histórico, determinan lógicamente una solidaridad más inmediata de intereses. Tendría por cierto, dicho sea de paso, su importancia a este respecto el precisar la situación de Centroamérica como un puente natural, como uno de los nexos obvios y orgánicos entre la subregión grancolombiana y la que integraríase con México y las Antillas. Por ahora, lo pertinente es destacar la elocuencia que asume este intento de apretar los vínculos de un grupo de pueblos hispanoamericanos mediante la acción conjunta.
Por otra parte, son asimismo muy sugestivas las previsiones que acaba de hacer el expresidente y diplomático chileno Carlos Dávila, hoy funcionario de las Naciones Unidas, a raíz de un viaje por ocho países iberoamericanos. Al temor de ellas, se calcula que el progreso económico –muy señaladamente en lo industrial- de Iberoamérica, puede estimarse que logrará “en los próximos veinte años”, “lo que Europa hizo en doscientos años, los Estados Unidos en cien y el Japón en sesenta”. Explicarían ese estupendo avance, según Dávila, la ayuda técnica y la amplitud de los recursos potenciales de nuestra geografía.
La reflexión que se impone es que a estas formidables perspectivas habría que asegurarles su cumplimiento acelerando la unidad de acción de nuestros pueblos. Y es vital insistir en que esta unidad en los hechos prácticos de toda la comunidad iberoamericana es lo que nos puede garantizar la fuerza necesaria hacia el exterior para hacer invulnerables nuestras posibilidades así culturales como materiales, y para acrecentarlas a lo máximo mediante la coordinación, el concertado intercambio de dones del espíritu y de bienes económicos que afiance, por una parte, nuestra autenticidad, afinándola y desarrollando sus virtualidades creadoras, y que le dé al mismo tiempo el adecuado soporte físico de una economía comunitaria dotada de considerable autosuficiencia gracias a la magnitud y variedad de sus recursos autóctonos.
La consigna de este momento ha de ser fortalecernos todos y cada uno con la práctica generosa y estricta de la justicia social, y con regímenes que a la limpieza de miras asocien una diligente mejora de las condiciones locales de vida, todo ello como factor correlativo al estrechamiento fraterno y paritario de nuestras filas, en orden a robustecer nuestra común riqueza espiritual y nuestra solidaria autonomía material.
A esta última parte de la consigna es a la que se está tratando de empezar a dar cumplimiento en estos días en las entrevistas de los presidentes chileno y argentino. Puede ser incalculable la trascendencia futura de este meritorio esfuerzo “pionero” de unificación hispanoamericana, que honra a ambos estadistas y a los pueblos que al través de ellos entablan diálogo de hermanos. Hay que esperar la fecunda resonancia de este rasgo ejemplar, y, desde luego, el aplauso de la opinión de todos nuestros países, aun de aquellos sectores que crean tener salvedades que hacer a propósito de las políticas interiores de Chile y Argentina. Parece obvio que, sobre tales salvedades, debe prevalecer la consideración de las beneficiosas inferencias que para toda nuestra América pueden resultar de las conversaciones entre los generales Perón e Ibáñez.

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