La capital ocupada
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 9 de noviembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nueve meses permanecieron las tropas norteamericanas del general Scott, en la capital mexicana: desde el 14 de septiembre de 1847, hasta el 12 de junio de 1848.
De aquella prolongada estancia de los invasores, varios cronistas nos han guardado memoria detallada. Dignas de evocarse son esas páginas, llenas de notables observaciones y, a veces, certeros comentarios. Entre ellas, las que a la posteridad dejó don Antonio García Cubas, de verdad benemérito, por tantos y tan sabrosos pormenores de nuestro México del siglo diecinueve, que resguardó del olvido.
Para deleite y curiosidad del lector, traeremos ahora a colación algunas de las referencias de su clásico “Libro de mis Recuerdos”. En ellas se advierte el sabor original de la impresión directa, habida por los mexicanos, respecto de las tropas de ocupación. Dejémosle, esta vez, en nuestra página, el espacio mayor, en gracia a la frescura y al vigor que asumen los dichos de presencial testigo, los que sería en vano querer reemplazar.
Acerca de la conducta observada en esta ciudad por los invasores, García Cubas establece una diferencia entre las tropas regulares y los voluntarios. De aquéllas, registra el hecho de un comportamiento tolerable y en ocasiones educado. De éstos, formóse una opinión –confirmada por las obras-, y por demás desfavorable: “Los voluntarios –dice-, constituían una soldadesca en que estaban representadas todas las razas, desde la caucásica hasta la etíope… Si por hábito o educación los tales voluntarios, así como muchos soldados, en el ejercicio de su profesión y de sus maldades, revelaban que su cerebro estaba organizado como el de todo ser humano, por medio del cual pensaban, sentían y obraban, existía en todos un rasgo extraño, un candor especial, mas no el que procede de la resultante de nobles sentimientos connaturales, sino de la ceguedad y la confianza inherentes al bonachón, o como en nuestra tierra se llama, con más propiedad, a cada individuo de esa especie, un JUAN LANAS…” “Común era en ellos el hábito de la embriaguez, y este rasgo y el anterior formaron dos elementos de que supieron aprovecharse nuestros léperos para cometer sus iniquidades y las meretrices de la última ralea para explotarlos; mas como tales accidentes no les servían de enseñanza para precaverse del daño, mi calificación tiene en esa inocentada su primera prueba”. Y a continuación comenta lo cara que les costó su amistad con el pueblo bajo, “pues a las borracheras… seguían las pendencias y a éstas los asesinatos”. De su notoria afición a las mujerzuelas, “a las que dieron ellos mismos el impropio nombre de “margaritas”, afirma que “en las reuniones con ellas, dábase lugar a la comisión de escenas soeces”, que tenían “por espectadora” a la gentualla que, con burla, las aplaudía y cantaba la popular canción de LA PASADITA:
Ya las margaritas,
hablan el inglés,
les dicen: me quieres
y responden: “yes,
mi entiende de monis
mucho güeno está”,
y a la pasadita
tan-darín,da-rán.
Del desafortunado español por ellos empleado, “hay que advertir que tan dados eran en sus locuciones a los infinitivos como a las interjecciones”. Verbi gratia: “¡Oh, esto estar mocho bueno!”, solían explicar cuando alguien se azoraba de que en sus desayunos callejeros desdeñasen el pan y, en cambio, acompañasen el café “con un mordisco de cebolla, de nabo, de tomate o de zanahoria”. “No debe causar extrañeza que los soldados hablasen así, cuando los mismos oficiales, con su educación y todo, y como una prueba del desdén con que todo norteamericano mira cualquier idioma que no sea el suyo, decían cada despropósito que cantaba el credo, y allá va uno de tantos. Ponderando un oficial la propensión al lujo que distinguía a las americanas y particularmente a las neoyorquinas, cándidamente decía que eran muy lujuriosas”.
“De sus comidas –añade el cronista-… se decía como cosa cierta que condimentaban las viandas y manjares con ruibarbo y muchas drogas, y hasta las mismas frutas, como el zapote, mamey, y melón no se escapaban del condimento de la mostaza. Con razón un amigo mío me decía, hace poco, que la comida esencialmente yanqui le sabía a TLAPALERÍA”.
De lo anterior se infiere cuán antiguas son ciertas reacciones y opiniones mexicanas sobre algunos modos y usos norteamericanos; reacciones y opiniones, en lo general, aún vigentes entre nosotros.
Sigue diciendo García Cubas: “Tanto abusaron nuestros léperos de los candorosos yanquis, que las autoridades del ejército invasor se vieron en la necesidad de obrar con energía para reprimir los desmanes. Entre los castigos impuestos se adoptó el infamante de los azotes a cuerpo desnudo… También se castigaba a los yanquis por sus desmanes, mas los castigos no eran públicos sino privados… Consistían en tenerlos en pie sobre un tonel con el brazo extendido y un peso en la mano, o montados sobre un caballete; en atarlos a un árbol dándoles por alimento pan y agua, y… otros castigos semejantes”.
De todas suertes, a pesar de esas sanciones, deplorables recuerdos dejaron aquellos voluntarios. Inclusive, algunos de sus oficiales, narra nuestro informador, autorizaban con su ejemplo feas e inmorales cosas, “no faltando quienes cometieran actos criminales como el asalto de la casa de don Manuel Fernández, en la calle de la Palma, en defensa de la cual perdió la vida don Manuel Zorrilla”. “Esa tolerancia fue en gran parte la causa de las expoliaciones y robos que pusieron a la población en un estado intranquilo, particularmente en las noches”.
También hizo aquí muy mal sabor de boca la práctica observada en los funerales de yanquis: “en donde quiera enterraban a sus muertos, en la Alameda, en los atrios de los templos, en el paseo, en el campo del Ejido, en San Lázaro y en los potreros, pues poco o nada les importa que el lugar fuese o no sagrado”. Vióse entonces, por primera vez en México, en forma pública y ostensible, el entierro de cadáveres de gente que en vida no había tenido ninguna religión. Estos, “eran enterrados sin ceremonia alguna” (religiosa, se entiende; porque el ritual militar de todos modos se observaba).
Estos y otros extremos –ya pintorescos, ya vergonzosos- fueron para nuestra sociedad, durante los meses de la ocupación, insufribles novedades que aumentaron la repugnancia que naturalmente debía causar la sola presencia del invasor, la que recordaba de modo constante, a los mexicanos, la humillación de la derrota.

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