Julio y la Historia
Publicación original: Novedades, 16 de julio de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Julio es, ciertamente, mes estremecido de historia.
Su nombre, desde luego, lleva ya el recuerdo de una de las más extraordinarias personalidades de la antigüedad clásica: Cayo Julio César, gran capitán y gran político, historiador excelente en sus célebres Comentarios de la conquista de las Galias. El solo nombre del personaje evoca su vasto y fuerte anecdotario… He ahí el paso del Rubicón, que se cifra en el decisivo “alea jacta est”, inspirador perenne de todas las posteriores audacias históricas de caudillos y pueblos. He ahí la jactanciosa frase que hubo de escuchar el piloto que guiaba la barca del que alardeaba ser del tronco de Eneas y cuyo ánimo no se empequeñecía por el amago de la tempestad: “¿Qué temes?... ¡Llevas a César y su fortuna!”… Y dos mil años después, aun vibra el patético episodio final –idus de marzo- en que el Senado de Roma se mancha con la sangre del prócer, y éste lega al tesoro humano de las frases definitivas su imperecedero “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”
Poco habrá que tanto haya repercutido en el curso de la historia moderna, por otra parte, como la declaración de independencia de los Estados Unidos, el día cuarto de este mismo mes de julio, y en el año de 1776, por el Congreso de las trece primitivas colonias inglesas. Su influjo es patente en las ulteriores declaraciones de derechos proclamadas en Francia. Y el que ha tenido –por imitación extralógica- en los artificiales movimientos constitucionalistas de Hispanoamérica, sigue vigente, explicando en gran parte los irremediables conflictos que en nuestros países ocasiona la pretensión de amoldarlos a instituciones que no casan con la autenticidad de su constitución sociológica.
Pues, ¿qué decir de la celebérrima toma de la Bastilla? Todavía hoy, su conmemoración exalta el comienzo de las tormentas sociales y bélicas que desde 1789 no acaban aún de asolar el mundo. Porque, directa o indirectamente, las convulsiones históricas, el maremágnum social y la inestabilidad política nacional e internacional, de entonces acá, reconocen su origen en el tumulto parisino de aquel 14 de julio en que las turbas quisieron hacer desaparecer lo que una demagogia oportunista llamó “símbolo del despotismo”. Por cierto que el desencanto revolucionario no tuvo límites cuando, pasada a cuchillo buena parte de los defensores de la fortaleza, hallóse que sus cárceles no encerraban más que a siete presos políticos, cifra que haría desternillarse de risa al camarada Stalin… Hoy, por fortuna, en la propia Francia; como ha hecho notar Vasconcelos, los que sostienen todo lo que representó el 14 de julio de 1789, están en franco proceso de disminución ante las posiciones ideológicas de grupos que en manera más definida plantean el debate íntimo de la historia toda; la opción entre el Bien y el Mal.
Contemporáneamente, el decimoctavo de los días de julio trae a la memoria el año de 1936, cuando España reabrió el sepulcro del Cid y liberó de nueva cuenta a las eternas esencias españolas. Sigue siendo imponderable la repercusión de ese día hispano en todo el planeta, no obstante el posterior y enorme acaecer de la Guerra Mundial II: en la balanza de la historia de estos días de nuevas y trágicas inminencias, continúa echando el peso formidable –peso moral del espíritu- de nuestra estirpe, la que aun podría salvar al mundo de fracasos apocalípticos con la solución que ofrece el sentido de su cultura, vertebrada por un humanismo sobrenaturalista conciliador de todas las dimensiones del hombre.
Y por lo que toca a nuestro devenir nacional, bástenos recordar que, en tres días sucesivos de julio, se acumulan los aniversarios del fallecimiento de tres gobernantes cuya influencia en los destinos de México ha sido enorme y bien diversa. El día 17, en 1928, muere Obregón. El 18 en 1872, Juárez. El 19, en 1824, mediante nefando parricidio, Iturbide… ¡Tríptico mortuorio con que lo histórico sacude, hasta su misma médula, el calendario!

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