Julio histórico

Identificador: SD-038.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 14 de julio de 1946; el testimonio conserva además un segundo pie fechado el 1 de diciembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Libros y arquitectura evocan los acontecimientos históricos de julio

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Julio es, ciertamente, uno de los meses estremecidos de Historia.

En su nombre mismo lleva ya el recuerdo de una de las más extraordinarias personalidades de la antigüedad clásica: Cayo Julio César, gran capitán y gran político, e historiador excelente en sus célebres Comentarios de la conquista de las Galias. Estos días traen a las mientes todo su vasto anecdotario. Desde el famosísimo paso del Rubicón, cifrado verbalmente en el decisivo “alea jacta est” —inspirador perenne y vivaz de todas las posteriores audacias históricas de caudillos y pueblos—, pasando por la jactanciosa frase que hubo de escuchar el piloto que guiando la barca del que se decía del tronco de Eneas, dudaba salir con bien del amago de la tempestad: “¿Qué temes?... Llevas a César y su fortuna”; hasta el patético episodio final de los idus de marzo, cuando el Senado de Roma fue manchado por la sangre del prócer dictador, que aun en este último trance agrega al tesoro humano de las frases definitivas aquel imperecedero “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”

Pocos acontecimientos han tenido en los tiempos modernos la resonancia que la declaración de independencia de los Estados Unidos, hecha, como nadie ignora, en este mes de julio, en su día cuarto y en el año de 1776, por el Congreso de las trece primitivas colonias inglesas. El influjo de su contenido ideológico es patente en las ulteriores declaraciones de derechos proclamadas en Francia. Y el que ha tenido —por vía de imitación extralógica— en los artificiales movimientos constitucionalistas de Hispanoamérica, sigue vigente hasta hoy, ocasionando en gran parte esos perennes conflictos que caracterizan la vida pública de nuestros países por la pretensión de amoldarlos a instituciones que, sea lo que fuere, no casan con la autenticidad de su constitución sociológica.

Pues, ¿qué decir de la celebérrima toma de la Bastilla, que marca el principio de la Revolución francesa en el campo de los hechos, ya que sus teorías venían de largo tiempo atrás minando las esencias de la civilización europea?... Su conmemoración corresponde, cabalmente, al día de hoy, 14 de julio. Esta fecha trata de exaltar nada menos que la iniciación de las tormentas sociales y bélicas que desde 1789 hasta nuestros días han asolado al mundo.

En una u otra forma, directa o indirectamente, las convulsiones históricas, las dolencias políticas, económicas nacionales o internacionales de entonces acá reconocen su origen en el tumulto parisino de aquel 14 de julio en que las turbas quisieron hacer desaparecer lo que un oportunismo demagógico llamó el “símbolo de despotismo”. El desencanto revolucionario no tuvo límites cuando, pasada a cuchillo buena parte de los escasos defensores de la fortaleza, hallóse que las cárceles de éste no albergaban más que a siete presos políticos, cifra que haría desternillarse de risa al camarada Stalin.

Claro que ello no importó un comino. Había que mantener el mito tenebroso, cuasi inquisitorial, de la Bastilla. Y de su edificación, hasta los cimientos se desarraigaron rabiosamente. Hoy, por fortuna, aun en la misma Francia, como ha hecho notar Vasconcelos, los que sostienen todo lo que representó el 14 de julio de 1789, se encuentran en franco proceso de disminución ante las posiciones ideológicas de grupos que en forma más definida plantean el debate íntimo de la Historia toda: la opción entre el Bien y el Mal.

Se aproxima el día en que tenga plena realidad lo de Pierre Gaxotte: “Se podrá hablar de esta historia muerta, sin despertar más pasiones que si se tratase de la guerra de los cien años”. Y se reconocerá que la historia de la Revolución francesa es “una historia mediocre, tanto por sus ideas como por sus hombres. No es grande más que por la majestad presente de la muerte”.

Contemporáneamente, el decimoctavo de los días de julio trae a la memoria el año de 1936, cuando la España eterna reabrió el sepulcro del Cid y éste empezó la limpia de hombres e instituciones verdugos de las esencias españolas. La imponderable repercusión de ese día hispánico en todo el planeta, no obstante el posterior acaecer de la Guerra Mundial II, continúa poniendo en la balanza de la Historia de estos días todo el peso formidable —peso del Espíritu—, de la más alta elaboración cultural lograda por el hombre, y que supo rescatar felizmente el propio pueblo que la originó.

Y por lo que toca en nuestro devenir nacional, bástenos evocar el que, en tres días sucesivos de julio, se acumulan los aniversarios del fallecimiento de tres gobernantes cuya influencia en los destinos de México ha sido enorme y bien diversa. El 17 de este mes, en 1928, muere Obregón. El 18, en 1872, Juárez. El 19, en 1824, mediante nefando parricidio, Iturbide… ¡Tríptico mortuorio con que lo histórico sacude, hasta su misma medula, al calendario!

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