Japón y Occidente

Identificador: DM-187.
Publicación original: Novedades, 10 de marzo de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Fe y vida religiosa, Política y sociedad.
Ilustración de Japón y Occidente

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Creemos que no es difícil para el Japón discernir en dónde pueden estar sus verdaderos amigos occidentales. No es fácil que crea en la amistad que ahora, ante el amago soviético, le fingen las mismas tendencias que consumaron el fulminante y todavía impune genocidio de Hiroshima; las mismas que durante una ocupación proconsular han querido convencerle de las ventajas que dizque le aparejaría el control de su natalidad, hablándole en nombre de un insidioso neomaltusianismo que, bien miradas las cosas, no hace más que servir a injustos intereses políticos y a alguna tácita mentalidad que cree que el mundo se hizo sólo para el disfrute de los grupos étnicos que se juzgan superiores.

Contrasta con ello la actitud de los espíritus y fuerzas que en Occidente tienen un interés cordial por la nación japonesa, por el cumplimiento de sus grandes posibilidades históricas. Así, por un lado, la caridad católica ha resplandecido vivamente al protestar contra los intentos neomalthusianos o en su estupenda colaboración en la empresa ingente de paliar los dantescos efectos de la explosión de Hiroshima. Por otra parte, no faltan voces insignes por el mérito del pensamiento, del arte o de la virtud que manifiesten claramente su aprecio de las altas cualidades del espíritu japonés. Merece subrayarse una de ellas, cuando al dirigirse a un amigo nipón le dice con franqueza:

“…Quiero deciros cuál es vuestra decadencia y cuál será vuestra salvación.

“Vuestra decadencia es vuestro repentino poderío, realizado por la imitación de otros pueblos que muchas veces obran sin saber…

“Tal como yo os veo, poseéis todo lo que necesitáis para conservar la sencillez del campesino y la disciplina del soldado y la resignación del obrero, virtudes que hacen a un pueblo invencible. Pues desconfiad de la imitación, creadora únicamente de falsas virtudes, y desconfiad de la riqueza, que no es sino una apariencia.

“Desconfiad del despotismo militar… y estad convencidos de que os encontráis en el mundo para reanimar el arte y el valor humano, y para enseñar a todos que la vida es un valor eterno cuyo manantial es interior. Como es esto lo que siempre he sostenido en mis libros, observad que no os miento, sino que, más bien, descubro en vosotros vuestra perfección de hombres, y ésta no puede ser nunca vencida, y justifica mil veces vuestro optimismo, cuyo verdadero nombre es valentía”.

La correspondencia de los misioneros católicos es un filón periodístico de primer orden –generalmente inexplotado-, y entre otras cosas interesantísimas suele hablarnos del tremendo desconcierto producido en los espíritus en el país del Sol Naciente a causa de la terrible derrota “cartaginesa” sufrida en 1945. Pero al mismo tiempo nos revela síntomas alentadores que pueden ser signo de la posibilidad de una profunda y feliz transformación del alma japonesa sin perder sus grandes virtudes tradicionales, antes superándolas al contacto vivificador de lo cristiano.

Claro lo dice la presencia de altas personalidades –un hermano del Emperador, entre ellas- en una ceremonia efectuada hace pocos meses en la iglesia católica en construcción nada menos que en Hiroshima y cerca del lugar de la explosión atómica, por cierto. En el curso de la ceremonia hubieron de escucharse palabras tan significativas como las del alcalde de la población al dirigirse al párroco: “Yo saludo en vos y en vuestros hermanos a los miembros de ese gran poder espiritual y pacífico en el mundo: la Iglesia Católica, a quien le ha correspondido jugar (sic) un papel tan importante en la reconstrucción del Japón después de la guerra”. Y la epístola misional que esto nos refiere subraya la emoción, “la sinceridad y calor con que fueron pronunciadas estas palabras”, lo cual admiró a todos los circunstantes.

Japón puede ser uno de los ejes históricos en que se supere la indeseable antinomia “Oriente-Occidente”, y en que se elabore, en cambio, una síntesis fecunda de los valores positivos que uno y otro representan para el hombre. Síntesis universalista que ha sido, por cierto, la gran aspiración del cristianismo.

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