IX. Doña Marina y el “malinchismo”

Identificador: GE-007.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 8 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de IX. Doña Marina y el “malinchismo”

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

IX

DOÑA MARINA Y EL “MALINCHISMO”

De todos es sabido el importante papel que desempeñó en la conquista del Anáhuac. Como fue hija de cacique del Istmo, muerto el cual y al contraer segundas nupcias su madre, ésta y el padrastro corrieron la voz de que era difunta a tiempo que secretamente la regalaban a unos indios de Xicalanco que a su vez la dieron a los de Tabasco. Y como éstos la incluyeron en el presente de veinte mujeres que dieron a Cortés después de la derrota que les infligió en la enconada batalla de Centla. Conocedora de la lengua nahoa y de la maya, fue una inapreciable intérprete al traducir aquélla a ésta, a Jerónimo de Aguilar.

La propaganda del indigenismo mal entendido de los que han querido reivindicar la llamada civilización aborigen para descastar a los mexicanos, ha dado a doña Marina perfiles sombríos y denigrantes. Es así que alcanzó difusión el manido concepto del “malinchismo” encerrando la significación más peyorativa: la de un vergonzoso complejo de inferioridad ante el extranjero, que tantas veces, por desgracia, se ha distinguido por el intento de abajarnos y humillarnos.

La verdad es que la Malinche nada tuvo que ver con el “malinchismo”. Su actitud no fue la del que rinde parias al extranjero por el solo hecho de ser tal, sino la de quien da su adhesión al hombre transoceánico que le ofrece la posibilidad de una vida superior y más digna. Que le declara que todos los hombres tienen un Padre y un Redentor comunes, que los hacen hermanos por la identidad de origen y de destino. Contra la generosa esencia de este hecho, nada arguye el desliz de Cortés con doña Marina, que hay que achacar más bien a la humana fragilidad del Conquistador.

La Malinche, así, vino a simbolizar al aborigen que supo comprender lo que estaba detrás de la espada conquistadora; del que quiso escuchar las voces, primero confusamente entendidas, que le supieron decir cosas en que intuíanse mensajes dignificadores, adivinaciones de verdades no oídas antes, que presagiaban una como purificación de las almas en la que nunca se había pensado; el presentimiento del acceso a un orden humano más elevado y señoril; la promesa, en suma, de ser incorporado a la más excelsa cultura de los siglos, la occidental y cristiana, en su más sublimada expresión, que es la hispánica.

Desde el momento de recibir las aguas bautismales, doña Marina sirvió con lealtad a la causa de la redención y liberación de sus hermanos de raza. Consumada la conquista, fue tenida por ellos en gran honra y consideración. Tuvo –atestigua Bernal Díaz- “mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios de toda la Nueva España”. Finalmente, casó con un hidalgo español: don Juan Jaramillo.

Es un episodio del celebérrimo viaje a las Hibueras –al que también acompañó a Cortés- el que ilustra sobradamente la verdad de lo que decimos sobre doña Marina, a quien siguen denostando los enemigos de la verdadera cultura mexicana. En Coatzacoalcos, don Hernando envía a llamar “a todos los caciques de aquella provincia para hacerles un parlamento sobre la santa doctrina”. Entre esos señores, llegan la madre y el hermanastro por quien la Malinche, años antes, había sido preterida y abandonada. Presto se reconocen la una y los otros. Y éstos –agrega Bernal- se echan a temblar y tienen miedo de ella, “que creyeron que los enviaba hallar para matallos y lloraban. Y como ansí los vio llorar la doña Marina, les consoló y dijo que no hobiesen miedo, que cuando la traspusieron con los de Xicalango que no supieron lo que hacían, y se lo perdonaba, y les dio muchas joyas de oro y ropas, y que se volviesen a su pueblo; y que Dios la había hecho mucha merced en quitarla de adorar ídolos agora y ser cristiana, y tener un hijo de su amo y señor Cortés, y ser casada con un caballero como era su marido Joan Jaramillo”.

Y aún más les dijo, y fue algo que ofrece el más vivo y consolador contraste con la excusa que, ya vimos, dio a Aguilar el renegado Gonzalo Guerrero que no se resignó a dejar de ser tenido entre los indios “por cacique y capitán”. Y lo que doña Marina añadió fue que: “aunque la hicieran cacica de todas cuantas provincias había en la Nueva España, no lo sería, que en más tenía servir a su marido o a Cortés que cuanto en el mundo hay”.

En estas nobles palabras late todo el intenso y verídico simbolismo que hay que reconocer a la personalidad de la Malinche.

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