Infancia

Identificador: SD-029.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 3 de febrero de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Política y sociedad; Universidad y educación.
Niños cantan villancicos en familia ante un Nacimiento

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Entre los temas eternos, destaca su emotiva musicalidad, su sedeña caricia de pétalo, su aroma delicado e intacto, sus luces aurorales, el tema de la infancia.

Nostalgia de todos; culto reverente de corazones nobles; ideal de madres; afán de pueblos celosos del porvenir; responsabilidad de padres, de maestros y de Estados; sazón exquisito de la vida hogareña y prenda de perennidad de las sociedades, el hecho renovador y permanente de la niñez impone su trascendencia al comentario y a la meditación.

Un mundo sin niños, no se explicaría más que en el caso de un crepúsculo agónico de la especie. Un mundo, con niños que psicológicamente no lo fuesen, estaría a un paso —muy breve— del anterior.

Ha sido necesario que los países de Occidente traicionasen la generosa y fecunda autenticidad de su cultura, para que se extendiese la lacra social de las familias culpablemente sin hijos. Bochorno derivado de las doctrinas individualistas llevó a tan catastrófico extremo, por el que, entre otros países, Francia ha tenido que pagar severas expiaciones históricas que tal vez no hayan concluido aún. Ha sido precisa la desnaturalización de la familia, el debilitamiento de los lazos conyugales, la evaporación de la vida doméstica y la pérdida consiguiente del sentido de la paternidad y de la filialidad para producir, en otras partes, ese tipo falseado, indeseable, repelente y absurdo del niño precozmente arrancado del mundo espiritual de la infancia y proyectado, bruscamente, sin una auténtica y armoniosa madurez, al universo anímico de las personas mayores. Ese tipo ha formado generaciones cojas y mancas en lo psicológico, incapaces de adaptarse a la magnitud de las formidables disyuntivas a que la Historia los ha enfrentado en nuestros días.

Entre nosotros, por fortuna, no obstante extranjerizos devaneos de origen peliculesco; a pesar de los bestiales amagos de un monstruoso comunismo animalizador, predomina —inhollada— la flor maravillosa y prometedora de la infancia. Son los nuestros auténticos niños, que se sienten hijos y no camaradas o censores de sus padres; que se saben vinculados a una familia y no se sienten perdidos en la desolada, anónima incubadora impersonal del Estado socialista: niños que poseen un nombre y un apellido que jamás trocarían por una letra y un número de los archivos estatales.

Y aún hay muchas de nuestras gentes responsables, que no ignoran el peso glorioso que implica tener en sus manos el futuro, en la persona de los niños. Hace pocos días, un educador benemérito dijo frases áureas y decisivas, que valen para los padres todavía más que para los maestros a quienes fueron dirigidas: “Esos hombres —los educandos, los hijos— que podrán estar en nuestras manos uno, diez o más años, llevarán impreso por mucho tiempo nuestro sello. Hermosísimo sello que imprimiremos en la erguida frente del joven, si somos conscientes de nuestra misión. Si echamos a perder nuestra obra, las consecuencias recaen sobre el individuo que no supimos o no quisimos educar, sobre la familia, sobre la sociedad, sobre la Patria… Quisiera formar (un) tipo tal que dondequiera que se presentasen —nuestros educandos, nuestros hijos— se les viera descollar por su decencia, por su respeto a todo lo respetable”.

Cierto; muy cierto. Lo que es exigencia de hombres, es excelencia de niños: el respeto a todo lo respetable. Extraordinaria fórmula militante que implica no sólo una actitud de abstención reverencial, sino todo un programa positivo que actualice, en la propia vida personal, el Bien; y que sepa, en los trances de excepción, que hay veces en que la sola manera de respetar lo respetable es defendiendo varonilmente esa respetabilidad con los puños o con la espada.

Y, puntualmente, una de esas supremas cosas respetables es la infancia… Tremendas y obscuras fuerzas conspiran, hoy, contra sus legítimos fueros. Y entre todas ellas alza su negra sombra gigante:

“Lenin; el leño seco y el arenal sin sol.
El que, como un pecado, retiraba la mano
Cuando se le iba, blanda, por la frente de un niño
O por las hojas de una flor”.

Lenin; el enemigo de las floraciones más nobles del espíritu humano:

“…el que ocultaba como un crimen, sus lágrimas,
oyendo una sonata de Beethoven: ¡traidor!”

Hagámosle buena, en nuestra Patria, ante la ferocidad de su embestida contra nuestros hijos, la maldición del bardo hispano:

“¡Yo te maldigo en nombre de los enamorados,
de los novios, las madres, los niños, los poetas,
los sauces y las flores, por traidor!
“Yo te maldigo en tu fracaso, porque
tú eres el antiEspíritu y el Espíritu es Dios!”
“Tú estás seco, entre nieves, allá en la Plaza Roja…”

Pero en México, los niños, en la frescura triunfal de sus voces, siguen entonando los arrullos y villancicos del Niño Dios.

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