Independencia

Identificador: SD-040.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 15 de septiembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad; Historia e Hispanidad.
Vida de una plaza mexicana y su bandera nacional

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En esta fecha, nada hay más saludable y más actual que recordarnos a nosotros mismos los fueros, los legítimos atributos de nuestra independencia.

Dispútase hoy, positiva y literalmente, el dominio del mundo. No hay en ello metáfora. Y por eso mismo nos asuela una doble turbonada de malsano internacionalismo, que puede dar en tierra con la autonomía de quienes no disponemos de fuerza material para hacerla respetar físicamente. El internacionalismo soviético quiere arrollar las nacionalidades para, sobre sus ruinas, edificar el Estado mundial dizque proletario. El otro internacionalismo, verosímilmente, nos llevaría, tal vez, al efectivo predominio de una nación con detrimento de la autarquía de las demás.

El “mundialismo” soviético es repudiado con violencia por cuantos tienen dos dedos de frente y advierten en él el naufragio de toda libertad. Del otro “mundialismo” con posibilidades casi inmediatas de realización, no se ven con la misma claridad las probables consecuencias liberticidas.

Esta segunda tendencia nos habla, con más o menos franqueza, de que la Historia se encamina, por fatal evolucionismo, a la desaparición de las nacionalidades, y, por consiguiente, de las correlativas independencias. Nos dice que oponerse a esta ley del progreso equivaldría a un verdadero reaccionarismo; y que es bueno y provechoso ir preparando el espíritu individual y colectivo para esa inminente, próxima etapa del hombre. Insisten sobre todo en que es palmariamente falso y desacreditado el viejo concepto de la independencia absoluta de los Estados nacionales, etcétera.

Necesario es despojar a todo esto de su vano ropaje pseudocientífico.

Cierto que se aludía a una falsedad notoria cuando se nos hablaba —en los discursos de fin de siglo, en los antiguos tratados de Derecho Político, en las cartillas de instrucción cívica— de la independencia absoluta de la Nación. Ello no era más que la expresión hacia el exterior de aquella soberanía sin límites que el liberalismo le asignó al Estado. En cambio, la tesis verdadera hubo de declararla —hace cuatro siglos—, un fraile dominico: Vitoria. Con breve sencillez, precisó: “Los hombres son de naturaleza eminentemente limitada;… se necesitan unos a los otros para poder emprender las labores que les impone su naturaleza… Asimismo las naciones, cada una necesita de las otras”. La conclusión que se infiere no es que las naciones y su legítima autonomía deben desaparecer; sino que se deben recíproca ayuda, y que la independencia de cada una se halla limitada por la interdependencia de todas, por el bien común del conjunto internacional.

Pero en el “mundialismo” de que venimos hablando, entra una vez más en juego, el virus de los principios totalitarios liberales, llevados a sus últimas consecuencias. Esto requiere una explicación que, por desgracia, tiene que pecar de concisa, porque trae a cuento una historia y unos principios infortunadamente olvidados:

Cuando el Estado absolutista liberal triunfó en todos los planos, consumó en cada nación una nefasta labor centralizadora contraria a la naturaleza de las sociedades, a su espontáneo desarrollo vital. Ese Estado absolutista —en nombre de su ilimitada soberanía—, acabó criminalmente con todos los grupos infranacionales preexistentes y con su legítima autonomía. Se trataba de que nada pudiese hacer sombra al poder central despótico. Se dieron, entonces, golpes de muerte a la Familia y a su “status” jurídico tradicional, a los Municipios y sus libertades, a las corporaciones que encauzaban orgánicamente las diversas actividades sociales, a las regiones y a sus fueros seculares. Toda aquella antigua espléndida floración natural de agrupaciones elaboradas por el hombre y que se jerarquizaban armónicamente en la Constitución tradicional de los pueblos de Occidente, pereció ante la brutal tiranía centralizadora. España y Francia son de ello notables ejemplos.

Y preguntamos: para lograr la perfección del Estado nacional, ¿era forzoso y legítimo debilitar la constitución de la familia, reducir al municipio a un simple término territorial gobernado por una delegación del poder del centro, desconociendo su personalidad; hacer otro tanto con las regiones —llamáranse Galicia, Vasconia o Cataluña, para referirnos a lo más conocido y evidente—; y aniquilar la asociación profesional de los gremios?... Ni forzoso, ni legítimo. Lo primero, porque no se necesitaba desconocer los derechos ya existentes para coordinarlos en una unidad superior. Lo segundo, porque el verdadero bien común nunca se opone a los bienes particulares, antes los supone y los hace más fácilmente asequibles.

Del mismo modo, el gobierno supernacional es meta que debe alcanzarse. Pero el camino malo para ello sería empezar por negar el perfil de cada grupo nacional, su personalidad indiscutible con los derechos a ella anexos. Estos derechos se manifiestan globalmente, en las relaciones con los demás grupos nacionales, en eso que hay que insistir, con tozudez, en seguir llamando con el vocablo consagrado: INDEPENDENCIA.

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