I. Curémonos en salud. México hace acto de presencia

Identificador: GE-001.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 12 de enero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de I. Curémonos en salud. México hace acto de presencia

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

I

CURÉMONOS EN SALUD. – MÉXICO HACE ACTO DE PRESENCIA.

La actualidad del centenario cortesiano nos hace volver, una vez más, a la perenne actualidad mexicana de don Hernando Cortés. Este, propiamente hablando –y todos los que saben pensar tienen conciencia de ello-, es el padre de la nacionalidad, que antes de él ni siquiera tenía ese conato de existencia que es el esbozo. Y si en el hijo está siempre la substancia del padre, bueno es y provechoso insistir en el conocimiento de éste para llegar a nociones claras sobre lo que aquél es en la realidad.

Tal es la razón de que nos apadrinemos de la señera actitud lopezvelardina en la “Suave Patria”, y hagamos nuestra la intención –en cada uno de estos artículos- de “arrancar a la epopeya un gajo”. No serán todos, por supuesto. Ni siquiera todos los principales. Es la epopeya de Cortés tan vasta y tan intensa, que la empresa se tornaría imposible. Los pocos gajos que hemos de saborear aquí serán los que estimulen nuestro singular sentido del gusto, ya por motivos de personales aficiones, ya, sobre todo, por razón de la intrínseca importancia que haya que reconocerles.

Y porque asentamos desde luego, y sin reticencias, nuestra entrañable y filial admiración por el héroe que hizo a México, queremos antes que otra cosa, adelantar brevemente algunos de nuestros puntos de vista sobre el resultado de su obra de forja, que es la Patria misma, en la que puso las manos y el corazón. No sea que la forzosa y justa alabanza del personaje suscite prejuicios y promueva anticipadas condenaciones y antipatías. Serenemos, primeramente, la voz. No soplemos, a todo pulmón, antes de tiempo, en la potente trompa guerrera de Rolando en el trance de Roncesvalles. Oigamos, provisionalmente, la “épica sordina” de verdades, que juzgamos elementales, pero que asumen un gran valor como precisivas del espíritu de objetividad que nos anima en la no muy larga tarea que ahora empezamos. Curémonos en salud contra previsibles juicios adversos que puedan tildarnos de excesivo “españolismo”.

Dicho lo cual, insistamos en que México hace acto de presencia en la Historia en el momento en que, destruida Tenochtitlán, Cortés hace caso omiso de la insalubridad de las ensangrentadas ruinas, y decide levantar sobre ellas la gallardía de la nueva ciudad. No fue esa medida efecto de la casualidad o de un capricho impensado. Latía en ello un secreto, meditado y genial propósito.

No era éste otro, en apariencia, que asegurar de manera inmediata la muerte o la imposibilidad de resurrección de la ciudad indígena. Apariencia falsa, por lo que tiene de incompleta. Claro parece que el sagaz capitán perseguía, es cierto, tal finalidad, que se le imponía como necesaria. Pero, además, la grandeza de su espíritu le hizo tomar más allá de la sola visión que podría otorgarle la visión del gran soldado y político que en él había. Cortés, al decidir que la nueva ciudad se habría de levantar precisamente sobre los restos de la antigua, quiso asegurar y significar –en la urbe que sería cabeza de ella- el nacimiento de una Patria.

Una Patria armada de tal suerte y con tan encendido amor, que fue su voluntad postrera el que sus huesos descansaren en el piadoso abrazo de su tierra, hasta el día en que suene la llamada del ángel de la resurrección. Que parece natural que la envoltura de la virtud germinal de una semilla yazga en la tierra en que se fecundó.

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