Hora de rectificaciones
Publicación original: Novedades, 28 de enero de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Prensa y medios, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
He aquí un párrafo de una correspondencia del conocido crítico militar inglés Liddel Hart, publicada en su oportunidad por el “Times” londinense: “Visitando los países de Europa occidental, y preguntando a la gente acerca de sus experiencias bajo la ocupación alemana, todos estuvieron de acuerdo en afirmar… que el ejército alemán se había portado de una manera muy correcta. Y en realidad, es impresionante descubrir cómo la conducta personal de muchos de los miembros de los ejércitos de liberación es desfavorablemente juzgada, al compararla con la del soldado alemán, por aquellos que la han conocido directamente”.
No es posible tener siquiera una idea aproximada de la cantidad y calidad de las rectificaciones que el transcurso del tiempo y el cambio de las perspectivas internacionales permitirán hacer a cada una de las especies que se hicieron circular como verdades durante la guerra y a raíz de su consumación. El anterior y elocuente testimonio de un adversario, por ejemplo, puede contribuir a rehabilitar el honor del ejército alemán, y autoriza cuando menos a hacer una importante distinción moral entre éste y las organizaciones específicamente nazis a las que de toda suerte de malignidad se inculpa.
Esto enseña también que, así la información como el comentario periodístico tienen el deber de presentar un cuadro de veras objetivo de los acontecimientos, de las situaciones, y de quienes en unos y otras intervienen. Porque al no dar al lector todos los aspectos de la realidad que se quiere describir, o al no matizar el juicio de acuerdo con los aspectos totales –negativos y positivos- de esa realidad, al no formular los distingos que exigen lo mismo el sentido crítico que la justicia, las informaciones y comentos a rajatabla incurren en torpe o en maliciosa alteración de la objetividad. Se constituyen, de tal suerte, en los grandes propagadores de la mentira histórica, que lo mismo a tirios que a troyanos causa daños de dificilísima reparación.
¡Cuántas falsedades difundidas durante años anteriores tienen todavía envenenados a los espíritus occidentales, impidiendo así el mutuo y cada día más urgente entendimiento para la causa de defensa, ésta sí verdaderamente común, que ha planteado la amenaza roja! ¡Cuántos recelos, cuántas sospechas, cuántos odios nunca hubieran sido, tal vez, y, por consiguiente, cuántos obstáculos para la unificación en esta coyuntura suprema del mundo se hubieran evitado!
No queda ahora más que el camino de las rectificaciones. Rectificar, sobre todo, los juicios sobre temas medulares; juicios que se nos dieron hechos, y a los que, sin el más leve esfuerzo crítico, gregariamente, muchos otorgaron su adhesión. Ello puede llevar más fácilmente a un espíritu de concordia, siquiera mínima, al comprobar que los errores y las faltas del pasado inmediato no fueron exclusivamente de uno solo de los bandos en los que –en mala hora- se escindió el Occidente.
Porque ya lo expresaba, sin equívocos, en diciembre de 1948, un miembro de la cámara norteamericana de representantes, William Lemke, cuando, aludiendo al drama de Nuremberg y a sus anexos, afirmó de los dirigentes del Eje que “la historia que se escribirá en el futuro bien podría revelar que algunos de ellos fueron eliminados porque sabían demasiado sobre las diabluras de la segunda guerra mundial. Había que sellarles los labios. Bien puede ser que la historia pruebe que nuestras propias alas no eran tan blancas como nos quieren hacer creer algunos de los responsables de la segunda guerra mundial”.
Este abandono del criterio pueril de alguaciles y ladrones para juzgar hechos y personas durante los años de esa guerra; el reconocimiento de una conjunta responsabilidad histórica de los dos campos bélicos –dejando a la Historia venidera la precisión de las dosis de respectiva culpabilidad-, son el presupuesto y el prólogo de la salud –si ésta aún es posible- del maltrecho Occidente. De otra manera, éste jamás podrá entrar eficazmente en esas vías de rectificación, que según el viejo Ripalda son indispensables para la sincera intención penitencial: el dolor de los pecados y el propósito de enmienda.

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