Historia para delfines

Identificador: DM-167.
Publicación original: Novedades, 15 de octubre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de Historia para delfines

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Preceptor del heredero de la corona francesa, Bossuet escribió –“para uso del Delfín”- una “Política sacada de la Sagrada Escritura”. El documento base de esta obra del Águila de Meaux es, desde luego, supremo. Pero, no obstante ello, el célebre orador y apologista entregó a su regio discípulo una “Política” a ratos muy mal sacada del sagrado texto, puesto que en ella expuso algunos conceptos que pueden favorecer a la doctrina anticristiana del absolutismo estatal.

Cosa análoga acontece a los innovadores en la Historia de Méjico que, con un leve espíritu de monopolio de las fuentes históricas, nos declaran ajenos a ellas: gratuita suposición que no nos encrespa el humor ni nos lastima la negra honrilla. La impersonal importancia de este asunto –lector amigo, a quien estos comentos se dirigen- estriba en el uso que de las fuentes suelen hacer los novedosos historiógrafos liberales. Porque de ellas sacan –como Bossuet de la Escritura, en su “Política”- conclusiones inválidas.

Las referencias documentales traídas a cuento por los innovadores para elaborar flamantes explicaciones sobre el origen de la anarquía del siglo XIX mejicano, no destruyen el hecho de que los influjos liberales quisieron hacer a nuestro Estado independiente heredero de las atribuciones que el Patronato acordado siglos atrás por la Santa Sede concedía, de manera específica y singularizada, a la corona española; y que, con ese gratuito espíritu de presunto heredero, y para los fines de opresión de la Iglesia, que militan en la substancia del liberalismo, el Estado fuese históricamente el agresor. Ese espíritu estaba presente en las declaraciones de que el Estado protegía –“no me defiendas, compadre”- a la religión católica por medio “de leyes sabias y justas”, según rezaba el estribillo de nuestros primeros textos constitucionales. Esas primeras leyes sabias y justas –dígalo, verbi gratia, Gómez Farías- comenzaron a escribir la historia de la agresión de obscuras fuerzas anticristianas y antimejicanas, desde el poder público, contra lo más entrañable de la Patria, esa historia que culmina en los artículos tercero y ciento treinta de la actual constitución.

Por otra parte, ¿qué lógica hay en dar categoría de factor permanente de nuestra Historia al capítulo de las negociaciones entre el poder civil mejicano y la Santa Sede en los primeros tres lustros independientes, si es un episodio transitorio, que, por su misma naturaleza, al cerrarse en el año de 1836, no podía tener ninguna substantiva trascendencia posterior? ¿Cómo sobreponerlo en importancia a eso otro que sí es factor permanente de nuestras luchas intestinas, que desde mucho antes era una realidad operante y siguió siéndolo hasta nuestros días: el propagandismo ideológico y el parejo expansionismo espiritual y político de los Estados Unidos, presentes ya en los años en que el conde de Aranda señalaba –no por adivinación, sino por estar presumiblemente en el secreto de los designios de las logias norteamericanas- el peligro que para la Nueva España significaba la vecindad norteña; propagandismo y expansionismo que posteriormente vendrían incluso a ser uno de los tres o cuatro más poderosos agentes de la Historia universal, como hasta la fecha sucede?

Todo esto equivale a forjar una preconcebida historia “para uso de delfines”, que en este caso son quienes se sienten herederos del liberalismo mejicano.

Puestos en ese plan, ya todo se vale. Hasta –volvemos a decirlo- innovar en la interpretación de lo que todo Méjico vio y vivió contemporáneamente. Así, el presidente Calles –siguiendo la pauta de glorificación de personajes anteriores- resultará no un tirano conculcador de derechos elementales, sino un celoso defensor de la ley, al mismo tiempo que otra víctima, a cien años de distancia, de la diabólica sagacidad de Fernando VII, quien, aun desde el sepulcro, valiéndose de su obsequioso aliado vaticano, logró una vez más que los mejicanos luchasen unos contra otros. Y por ese camino, a poco andar, en nuestras escuelas primarias se enseñará que el mismo Calles no fue intensamente odiado por el pueblo a causa de sus sangrientos desafueros sino al revés: que fue amado hasta el delirio por su valerosa decisión de enfrentarse a una minoría díscola y transgresora de los mandatos constitucionales.

Sólo que esa será, también, historia para uso de delfines.

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