Hallazgos
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 1 de diciembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No cabe duda de que el mundo es para el hombre una inagotable casa de sorpresas. Hemos vuelto a meditar en ello, porque hemos sido testigos del rapto admirativo de un bebé que por vez primera contemplaba la hermosura de un árbol frondoso, y de la jacarandosa alegría de un chiquillo al encontrar una moneda en el arroyo.
Sí, la alegría del mundo es, en gran parte, la alegría de los hallazgos.
Claro que, infortunadamente, el hallazgo muchas veces se refiere a lo dañino, a la fealdad, al error. En ese caso, el Cosmos tal vez aparezca, ante la reflexión unilateral del pesimismo, como la odiosa caja del mito de Pandora, que, una vez abierta, deja salir de sí toda suerte de males. Pero la recta sabiduría sabe que, en su esencia, hay en el conjunto de lo creado una bondad fundamental, una sonrisa invencible que es trasunto de aquella sonrisa que se adivina en el texto del Génesis que declara cómo, al echar Dios una mirada a la obra de sus manos, halló que todo era bueno.
Por eso, plácenos hoy divagar por los gratos senderos de los hallazgos buenos y luminosos. Porque, ¿no es verdad que esta categoría de hallazgos es una de las fuerzas que con mayor dulzura enjoyan la vida, le prestan novedad y gracia, y al romper la monotonía de lo reiterado y cuotidiano nos abren una ventana por la que atisbar la admirable y renovada juventud del universo?
Pues aun cuando el hallazgo tiene por objeto a lo que, poseído una vez hubo de perderse, como que se enciende en el ánimo una luz fresca y mañanera que baña en una nueva mocedad al objeto que habiéndose extraviado, se recobra. Bien lo subrayan, con sencillez conmovedora, las páginas evangélicas de la dracma y de la oveja, sucesivamente perdidas y halladas.
Y el alborozo proporcionado por los hallazgos menudos e intrascendentes, sube en intensidad y altura cuando se trata de los grandes hallazgos logrados en las horas de excepción por el hombre. Ninguna palabra ha podido todavía expresar de modo perfecto la admiración de los grandes descubrimientos. No es dable poner cabalmente lo que haya sido el pasmo del individuo prehistórico que encendió el primer fuego. O la alegría indecible del Almirante, al ver quebrarse la marítima uniformidad del horizonte con el litoral isleño de la primera tierra americana. Aun la genial inspiración de Homero nos parece hasta cierto punto frustránea en su intento de pintar la emoción de Odiseo ante el hallazgo de la hermosura soberana de Nausicaa.
Pero no es sólo el cosmos material el que guarda la maravillada dicha de los hallazgos. Con ser estupenda la inacabable colección de las entidades físicas que alimentan nuestros asombros, a medida que caen bajo la acción de los sentidos, no está en ellos la sorpresa mejor. Los investigadores, por ejemplo, al aplicar las propiedades de la materia, alcanzan una alegría superior y singularísima al dar cima a los inventos, palabra que viene a ser, puntualmente, sinónima de hallazgos.
Y forzoso es, todavía, ir más lejos. Porque es aún más intenso, vibrante, el gozo del hallazgo, cuando éste ocurre en el campo estricto del espíritu. Y así, tórnase inefable cuando el entendimiento —merced a la lumbre del genio, que ya indaga, lo cierto, o ya adoctrina con ello a los demás—, a la vuelta de un recodo silogístico, da de manos a boca con la sobrecogedora excelsitud de alguna gran verdad, digamos de las ciencias reinas: la Filosofía, que inquiere las causas primeras de todo lo que es, y la Teología, que nos abisma en el asombro del Ser por esencia. No hay palabras que pudiesen ponderar el placer intelectivo, verbi gratia, los sofistas y Aristóteles al ir descubriendo las leyes del raciocinio: o el de Tomás de Aquino ante el hallazgo realizado por su poderosa inteligencia al obtener esos anonadadores vislumbres de lo que es la vida íntima de Dios, y que consigna en su tratado sobre la Trinidad…
¿Y qué decir de los hallazgos —los más subidos y excelentes de todos— que nos deparan el mundo moral y el sobrenatural? Cuando en el transcurso de la propia vida, o en ese gran relato de la vida de la humanidad que es la Historia, hacemos el hallazgo de los grandes caracteres, de los heroísmos, de la exquisitez de los sentimientos y de las virtudes, ¿no es verdad que el pasmo y el gozo rebasan toda medida de posible expresión?... Al llegar a este punto en la ascendente escala de los hallazgos, es cuando el alma, antes de enmudecer ante el Supremo Hallazgo del Amor inaudito de Dios, lanza la misma exclamación que hizo gritar a Pascal: Todos los mundos, con todas las maravillas que encierran, no valen lo que un solo pensamiento del hombre. ¡Y todos los mundos, con todas sus maravillas, y todos los pensamientos que hayan concebido todas las inteligencias, no valen lo que el mínimo movimiento de caridad!

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