Hacia la unidad iberoamericana

Identificador: DM-236.
Publicación original: Novedades, 16 de febrero de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de Hacia la unidad iberoamericana

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Santiago de Chile, que hace ya más de un siglo fue, antes que Méjico, escenario de las actividades con que Joel R. Poinsett contribuyó tan eficazmente a la división de los hispanoamericanos, se ha convertido ahora en uno de los centros más ostensibles de rectificación de una política que dispersó la dinamia de nuestros pueblos. Nada puede ser más alentador para todos aquellos que a lo largo y lo ancho de Iberoamérica han sabido esperar, contra toda esperanza, una revisión de esa roma, suicida actitud de diáspora que nos dejó a merced de influjos extraños y aun adversos a nuestros verdaderos intereses.

Son, por ejemplo, muy expresivas las recientes declaraciones del primer mandatario chileno, que recogen con perspicacia el clamor de unidad que hoy día, con voces cada vez más altas y claras, se escucha en nuestra América. Cobra ello especial significado si se atiende a la proximidad de la anunciada entrevista de los ejecutivos chileno y argentino, diálogo del que, entre otras cosas, se esperan importantes acuerdos económicos de grande y recíproca utilidad para los países hermanos que ambos representan.

El presidente Ibáñez, empleando un substantivo de largo alcance, se ha referido a que las naciones que integran la “comunidad” iberoamericana, “pueden llegar un día a cimentar sus relaciones con beneficios tangibles de todo orden”. Beneficios materiales, en primer término: “la idea de vincular el destino de nuestros pueblos al través de relaciones más estrechas, de intercambios económicos o de trueque de productos, es factible de realizarse, pues todo depende de la buena voluntad de sus gobiernos y de su capacidad para sobreponerse a los intereses creados, porque los pueblos, de por sí, sienten su ánimo dispuesto a fortalecer la gran hermandad latinoamericana”.

Mucha verdad en pocas palabras. El poinsetismo no pudo destruir la invencible unidad de nuestro espíritu. Pero al exacerbar insidiosamente los localismos nacionales, al deformar o echar un velo de olvido –al menos parcial- sobre el pasado de que todos éramos herederos, nos obscureció la visión de las metas históricas comunes, lo que contribuyó a desintegrar la unidad de nuestro esfuerzo. Nuestro problema inmediato, ahora, es específicamente político. Si núcleos selectos, cada vez más numerosos, desde hace tiempo han logrado el reencuentro de la verdad hispanoamericana, y si esta verdad que nunca estuvo ausente del espíritu popular se está tornando, a paso relativamente acelerado, en algo lúcido y consciente además de vivido, toca ahora a los gobiernos ser sus fieles administradores. Sagaces, prudentes, realistas, pero decididamente leales con el mandato histórico que nos apremia otra vez a congregarnos en tareas comunitarias.

Antes que nada, y de urgencia, en lo económico, que es el ineludible soporte físico que puede hacer decisivo el peso de nuestro espíritu en el mundo. Hace algunos meses llamábamos la atención sobre las posibilidades del bloque económico iberoamericano, y hacíamos comentario somero sobre el inteligente análisis general del economista Héctor Bernardo de los obstáculos externos e internos que para su integración podrían preverse, así como de los medios de que -según el mismo especialista- se puede echar mano para superar dichos escollos y hacer viable la coordinación de nuestras economías. Desde luego que ese análisis es susceptible de afinarse o rectificarse en alguno de sus capítulos; pero lo hace valioso el estar ayuno de optimismos visionarios y asentado en consideraciones de maciza objetividad. Ello robustece la convicción de que es rigurosamente posible que Iberoamérica llegue a constituir una poderosa alianza económica de insospechadas resonancias, benéficas para sí propia y para el resto del mundo.

Bien lo señala en sus declaraciones el general Ibáñez: “De la hermandad y comprensión entre nuestros pueblos pueden salir las más grandes líneas de una política continental que propicie la interrelación de las economías nacionales, para un mejor aprovechamiento de nuestras riquezas mineras y agrícolas, y de nuestro potencial industrial”. En otras palabras, hay que acometer desde luego la empresa de liberarnos de esta artificial inferioridad económica, derivada de nuestra condición básica de exportadores de materias primas e importadores de mercadería industrializada, hecho éste, por cierto, que todavía se nos quiere presentar como una especie de fatalidad, de “destino manifiesto”.

Si a esta interestructuración en lo económico de Iberoamérica se le anima –en todos los ámbitos de nuestra geografía- del soplo vital de una política seria y renovadora, que lleve implícito “un nuevo estilo de convivencia”, que supere las dos plataformas ideológicas que, por un momento, se han atribuido en exclusiva la voz en el debate mundial, no cabe duda, como arriba decimos y corroboran las autorizadas palabras que comentamos, de que ello podría ser la base de “una concepción política realista, con proyecciones incalculables en el futuro de la vida internacional”.

En efecto, sólo así, con vigorosa autonomía económica y la fuerza moral de una conducta interior fincada en los valores del solidarismo cristiano, sería eficazmente escuchado el mensaje de hermandad ecuménica con que nuestra América ha de dar fe de su presencia en el mundo.

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