Grandes sabios e intelectuales «de medio pelo»
Publicación original: Novedades, 18 de agosto de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
A breve y amable epístola, un lector zacatecano adjunta cierto recorte periodístico cuya materia nos sugiere comentar.
Llamamos desde luego la atención de nuestro correspondiente sobre la pobre calidad, así de concepto como de expresión, del artículo “de fondo” que se contiene en el recorte. Fiel reflejo de una mentalidad que en determinados medios privó hace cincuenta, sesenta u ochenta años, ese escrito no hace más que poner en juego el equipo de frases hechas de que se revestían entonces las fobias anticlericales.
Anacronismo casi delicioso, por evocador, la persistencia de esa ingenua retórica fin de siglo. Su efluvio porfiriano rinde el acre testimonio –muy rezagado- de los que López Velarde, con certera brevedad de poeta, definió como “jacobinos de época terciaria”. Por ello puede afirmarse que no alcanza categoría digna del comentario directo, sino, a lo más, del comento lateral o de incidencia.
No obstante ello, para obsequiar de alguna manera al benévolo lector –a quien, desde aquí, damos las gracias con un cordial apretón de manos-, nos referiremos a la resobada inepcia que opone la ciencia a la fe. Para tal intento, podríamos repetir –con mayor o menor fortuna en la síntesis- las reflexiones tradicionales, los argumentos de buen sentido, los de índole filosófica, histórica y aun científica en el sentido estricto de la palabra, que pulverizaron para siempre, desde hace ya largo rato, la gratuita suposición de que la ciencia niega a la fe.
Es mucho más breve –y tiene la fuerza persuasiva de lo vital- ceñirse modestamente a recordar no éste o aquél argumento, sino sencillamente un hecho, una realidad escueta: el alto índice estadístico de hombres de ciencia que, nada más durante el lapso en que gozó de fortuna el mito del antagonismo entre ciencia y creencia religiosa, la centuria decimonona, fueron creyentes de las ideas fundamentales del cristianismo.
La estadística no está por hacerse. Eymieu tuvo la paciencia de catalogar los grandes nombres vinculados a la ciencia del siglo diecinueve (“La Part des Croyantes dans les progrès de la Science au XIXe. Siècle”). Su investigación se condensa en un nada pequeño volumen del que hay excelente versión castellana, editada en Méjico por JUS en 1949. Estos grandes nombres no se refieren más que a lo que el vulgo intelectual –con un concepto que, por exclusivista, mutila el saber en su verdadera integridad- considera como ciencia, esto es, las ciencias exactas y las ciencias naturales, así de observación como experimentales, o sea, respectivamente, las que sólo prevén los fenómenos naturales, y las que los prevén y, además, en mayor o menor medida, los dominan y encauzan para los fines humanos.
La encuesta de Eymieu abarca provincias científicas como las Matemáticas, la Astronomía, la Física y la Química –ciencias exactas-; y la Geología, la Paleontología, la Biología, la Botánica, la Zoología, la Anatomía y la Medicina –ciencias naturales-. Y se refiere a ellas en sus diversos capítulos o secciones.
En todas, pasa revista en primer término a los iniciadores, que fundan nuevas disciplinas científicas, que realizan los grandes descubrimientos o marcan las nuevas orientaciones. Después, a los continuadores, a los grandes obreros de la investigación que desarrollaron las ciencias prolongando poderosamente el camino señalado por los iniciadores.
El resultado resumido de las pesquisas de Eymieu es éste:
De 432 sabios prominentes considerados, hay 34 de ideas religiosas desconocidas; 15 son indiferentes o agnósticos; 16 se distinguen por ateos y los 367 que quedan –aproximadamente el 85%- son creyentes. Tal es el hecho bruto, que habla por sí solo.
Ante la elocuencia estadística de este hecho, y ante la pertinacia insolvente de oponer la ciencia a la fe en algunos intelectuales de medio pelo –eco tardío de caducos estribillos-, lo mejor es recordar la sentencia de Cauchy, que fue gran revolucionador de las matemáticas y a la vez católico ferviente: “Un poco de ciencia, nos aleja de Dios. Mucha ciencia nos vuelve a traer a Él”.
O bien, darse cuenta de lo que nos dice un destacado investigador de Física: “Todos los que han visitado las montañas conocen esa niebla que a menudo reposa sobre la región media de los Alpes, y que se coloca entre la llanura clara y las cimas inundadas de luz. El gran error es quedarse a media cuesta y sacar la conclusión de que, puesto que ha habido que subir para llegar a la región obscura, la niebla ocupa la cumbre del universo”.
Eymieu mismo observa que “la religión parece cosa llana a los sencillos y a los genios: a los sencillos que, no viendo las dificultades van a la conclusión por una intuición de su buen sentido y un impulso de su corazón; a los genios, que ven las dificultades y las dominan, que se ciernen más alto que la región de las nubes. Es en la región intermedia donde están las nubes”, concluye. En esa región intermedia de la ramplonería del “medio pelo” intelectual, subrayamos nosotros.
Aludiremos por separado a ese otro tema mucho más actual y digno de comentario: la esperanza mesiánica en una especie de edad de oro laica, fincada sólo en el progreso técnico y en la bondad nativa del hombre.

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