Gajos de la epopeya XIV. Cortés y los frailes
Publicación original: Novedades, Sección Editorial, 12 de abril de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El guerrero que asombró al mundo con la más increíble de las conquistas, iba después a hacer culminar su grandeza fundando una Patria. Como padre de la nacionalidad mexicana, uno de los grandes toques maestros de su obra iba a ser el recibimiento de los doce primeros frailes franciscanos, solicitados por Cortés al Superior general de la Orden. Si durante los trances épicos tuvo en más que al oro la defensa de la Fe verdadera, y el constituirse campeón de la cultura más ilustre de los siglos, iba a confirmar el carácter básicamente misional de su actividad prodigiosa haciendo una patente, simbólica y memorable expresión de la pleitesía que las armas rendían a la virtud dentro de esa civilización que comenzaba a injertar en Anáhuac. Ello fue en 1524, tres años después de la toma de Tenochtitlán.
Ya a los de Tlaxcala y a los meshica había anunciado que, después de sus guerreros, vendrían otros hombres muy más mejores que ellos, a confirmar y aclarar las prédicas que, “oportuna e inoportunamente”, solían hacer los conquistadores a los indios sobre la creencia y la moral cristianas. Ese anuncio se cumplió, puntualmente, con la llegada a Veracruz de Fray Martín de Valencia y sus doce humanas florecillas de Asís. Desde Veracruz hasta México, por encargo de don Hernando, de todas las poblaciones acudieron las gentes a recibir a los varones de Dios a toque de campanas y en procesiones provistas de cirios; regalándoles y aposentándoles lo mejor que era dable en cada sitio.
Pero en las goteras de la reedificada México, es Cortés mismo quien sale a su encuentro, en compañía de todos los principales capitanes españoles, de Cuauhtémoc y los demás señores y caciques indígenas. He aquí la escena que había de imprimir carácter indeleble en el alma colectiva de México: que había de signarla con ese peculiar respeto con que entre nosotros, hasta la fecha, se sigue viendo al sacerdote, en razón de su excelsa dignidad de heraldo y ministro de Dios:
Apeándose de la montura, Cortés se arrodilló frente al raído sayal de Fray Martín de Valencia, besólo humildemente, y dio a los frailes la bienvenida descubriéndose respetuosamente la cabeza. Otro tanto hicieron los demás españoles del séquito, lo mismo que los señores indígenas. Y atestigua Bernal: “Desque el Guatemuz y los demás caciques vieron ir a Cortés de rodillas y besarle las manos, espantáronse de gran manera, y como vieron a los frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevar caballo, sino a pie y muy amarillos y ver a Cortés, que le tenían por ídolo o cosa como sus dioses, ansí arrodillado delante dellos, desde entonces tomaron ejemplo todos los indios, que cuando agora vienen religiosos les hacen aquellos rescibimientos y acatos… y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenía la gorra en la mano quitada y en todo les tenía gran acato”.
No anduvo desacertado el cronista aborigen de Tlaxcala cuando calificó este ejemplar rasgo cortesiano como propio de héroe. He aquí al que, desafiando a todo un pueblo en armas, por propia mano destruyó al maléfico Huichilobos, ahora de hinojos ante unos “motolinía” pobres como mendigos. Ello, afirma el aún maravillado tlaxcalteca, “fue documento para que con mayor fervor los naturales de esta tierra viniesen a la conversión de nuestra santa fe”. Y el arzobispo Lorenzana había de expresarse de esta humildad del cruzado ante los santos franciscanos —frutos en sazón de aquella espléndida reforma eclesiástica que realizó el inmenso Cardenal Cisneros— como de un hecho que le parecía “más propio de un misionero apostólico que de un soldado”. En esa sola actitud de Cortés, vibraba implícita, una oración al Dios por quien había luchado con insuperable gallardía, para alcanzar de Él la bendición sobre los empeños fundacionales de que había de nacer México. Fue tan eficaz esa plegaria ejemplo, que Gonzalo de Illescas da testimonio de que desde “entonces se comenzaron a bautizar los indios a gran prisa”.
La aquiescencia de Dios, su “placet” al hecho del nacimiento de la nación mexicana, iba a los pocos años a manifestarse en plenitud con la aparición milagrosa del Tepeyac y la portentosa conversión de los indios en grandes muchedumbres. La Virgen de Guadalupe fue —y sigue siendo— “la aprobación divina de las esencias de México”.
Por eso, “México es lo que en el Siglo XVI hicieron las Espadas del Imperio y las Rosas del Milagro”.

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