Gajos de la epopeya VIII. Gonzalo Guerrero
Publicación original: Novedades, Sección Editorial, 1 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Un desdichado simbolismo es el que vive en Gonzalo Guerrero, el compañero de naufragio de Jerónimo de Aguilar. Cuando éste se entera del arribo de Cortés a Cozumel, presto se encamina a darle a su compatriota la buena nueva de la posibilidad inmediata de ser rescatados de la barbarie para la civilización. Incluso por ello llega con retraso al punto en el que las cartas le anuncian que le espera el navío salvador al mando de Ordaz. Es de ponderarse su decepción ante la respuesta increíble de Guerrero. En la desnuda simplicidad de la relación de Bernal Díaz no deja de adivinarse el drama psicológico del desertor de la cultura occidental, el hondo y desalentado patetismo de todas las culpables defecciones.
“Hermano Aguilar: yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; íos vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mi desque me vean esos españoles ir desta manera! E ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis desas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra. Y ansimismo la india mujer... del Gonzalo habló al Aguilar en su lengua, muy enojada, y le dijo: “Mira con qué viendo este esclavo a llamar a mi marido; íos vos y no curéis de más pláticas”. Y el Aguilar tornó a hablar al Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir…”
¡No puede pintarse más breve y más fiel el drama íntimo de muchos modernos traidores a su fe y a su civilización! Entre los nuevos partidarios de ideologías torpes y sanguinolentas, han florecido los Gonzalos Guerreros a quienes tienen por caciques y capitanes”. Que no se resignan a ser menos soldados de la buena causa, por no renunciar a sus cómodos aunque despreciables cacicazgos y capitanías. A los que ata un equivocado amor de familia, tan fuera de tino que no para mientes en que su deserción priva a su mujer e hijos del mejor de todos los dones: una existencia digna, limpia, enaltecida por el ejercicio de las mejores virtudes colectivas que registra la Historia: iluminada por las más alentadoras esperanzas temporales y ultraterrenas.
No dejan éstos de saber, en el fondo de su conciencia, lo mismo que sabía de sí Gonzalo Guerrero: el descenso de su nivel humano, la degradación de sus vidas y personas en medio de su menguada prosperidad dentro del ambiente del canibalismo ideológico y político: “Tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera…!” Les ha faltado, casi siempre, esa suprema, viril valentía de contrición del Hijo Pródigo.
Muy poco se vuelve a saber del singular destino del infeliz Guerrero. Vivió lo bastante para extremar su traición hasta el grado de oponerse a la espada de los caballeros —de la cual había renegado—, cuando sus tajos iban abriendo brecha a la cruz de los frailes en la espesura de la selva material y espiritual del sureste aborigen. Podémoslo imaginar acaudillando la resistencia a esos avances; replegándose sin remedio ante sus verdaderos hermanos; internándose con su tribu de adopción más adentro en el laberinto sin salida de las grandes extensiones de árboles y bejucos; hundiéndose más y más en una pantanosa tembladera del espíritu.
Pero, tal vez, antes de hundirse definitivamente en la trampa de la manigua, la columnilla de humo de un campamento cristiano le haya atraído invenciblemente hasta el borde mismo de un claro del bosque. Desde lo alto de una rama, sus ojos se habrán posado, nostálgicos, sobre el brillo glorioso de yelmos y armaduras. Y dos lágrimas habrán rodado por sus mejillas labradas al pensar que sus hijos lucirían más “bonicos” y gallardos revestidos de coraza milanesa y llevando al cinto la patente de hidalguía de un acero toledano…

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