Fuera de combate
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 18 de enero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Una trepidante oleada de asombro e incredulidad sacude al corro de estudiantes de milicia cuando Roberto se pone, otra vez, en pie. Porque la alegre y enérgica muchachada espectadora, y “Ursus” el primero, saben lo que significa un golpe de los puños de éste, aplicado con toda la fuerza demoledora de que es capaz su excepcional constitución, hecha toda de nudos de tejido muscular; más bien dijérase que es un solo músculo: total y gigante. En verdad, el sobrenombre, “Ursus”, es un admirable acierto de síntesis y nomenclatura… No es fácil explicar cómo un físico saludable, sí, pero común y corriente como el de Roberto, se haya podido rehacer de manera tan rápida, después de caer por tierra, rodando como un palo de boliche en el momento aparatoso de la chuza.
El propio “Ursus” da un paso atrás, ante la impensada presencia de una fuerza desconocida que nada tiene que ver con el vigor del músculo. Se siente presa de un súbito desaliento mortal: ¿qué cosa hay en su oponente, que lo hace inmune al más tremendo de sus golpes?
Lo que nadie sabe es la dolorosa borrasca interior del que acaba de recibir el impacto formidable. Primero, ocurre como una dislocación del cosmos: como si sus ejes y goznes se hubiesen desencajado brutalmente y todos los objetos animados e inanimados se confundiesen en la insensata mescolanza de un torbellino que va a precipitar las cosas, otra vez, en el Caos de la cosmogonía. Es una sucesión de formas, colores y luces tan absurdos y repelentes como el peor de los logros de una fantasía surrealista… Después, ese estallido de bomba atómica en la pobre Hiroshima del cerebro, que deja sólo en pie, a manera de tenaces armazones de concreto, alguno que otro centro nervioso que lenta, penosamente, recomienza a funcionar…
Y de todas aquellas ruinas psicofisiológicas queda, inconmovible, en lo más escondido del ser, el propósito esencial y batallador que le ha llevado a aceptar el reto trivial de “Ursus”: “¡Nunca darse por vencido!...” Es como el mote de un escudo heráldico, vivido por todas las generaciones de su linaje, en el que nunca se dio ningún cobarde…Como en una milagrosa resurrección, los fragmentos se vuelven a integrar en las construcciones derruídas hasta hace un momento. Ya no hay ruinas: La ciudad interior se yergue, otra vez intacta. Todas las celdillas y potencias reanudan su trabajo con una febril celeridad.
Roberto no siente el labio roto, sangrante. Ni la monstruosa inflamación del ojo tumefacto. Todo él se ha convertido en una sola y formidable dinamia del espíritu. Su ser se concentra en ese nudo de energía que no puede ponderarse físicamente: una decisión; el acto de la voluntad solicitada invenciblemente por un maravilloso polo magnético: “¡Nunca
darse por vencido!”
Y sigue entonces el pugilato inmisericorde, en el traspatio apartado de la mirada de los superiores.
“¡Paren el pleito!”, gritan los que quieren evitar un bárbaro sacrificio en el que el chivo expiatorio tiene que ser, forzosamente, Roberto. Pero ya no es tiempo. Se ha vuelto la cara de la moneda, y “Ursus” tambalea su ingente mole ante un ataque inverosímil, que se desata en ráfagas de vendaval. Su antagonista desarrolla, con maestría de esteta, un juego de pies y un cabeceo que parecen cosa de magia adivinatoria, y que hacen dar en el viento todos los inútiles disparos del coloso. Y los contesta, en lances de esa suprema valentía del pugilato que es la lucha en corto y los cambios de golpes, con una precisión implacable.
La geometría de los movimientos de Roberto asume una extraordinaria belleza dinámica. Pero eso es lo de menos. Todos advierten, en el curso inesperado de la acción, algo que es más, muchísimo más que la simple y banal expresión de un buen espíritu deportivo. En esta valentía avasalladora, trabaja, propiamente, un corazón militar, un espíritu de soldado en batalla.
En tal espejo se ven todos estos juveniles aspirantes a las glorias castrenses, que han tomado como meta no el ser deportistas, sino el ser soldados… Y sienten un hálito de ideal caballeresco que ennoblece la material barbarie del encuentro, y lo hace apasionante y épico.
Al fin, “Ursus”, caído, hace una señal de derrota. En realidad, su pobre espíritu es el vencido: lo fue desde el momento mismo en que su adversario se levantó, al parecer indemne, del golpe en que el gigante puso toda su segura esperanza de triunfo. Esta ha sido más bien una lucha de corazones. La victoria es del cadete con corazón de soldado, sobre el cadete con corazón de deportista.
“Ursus”, está fuera de combate.
Por la tarde, durante la clase de historia militar, el catedrático –el querido y glorioso coronel Ortega: “Orteguita”, por cariño- termina el curso con su voz cálida y vibrante, que tiene dejos de clarín:
“El soldado auténtico no mira los lances de la vida con espíritu de deporte, con la actitud –en consecuencia- de quien no se juega nada esencial. Sino con la íntima actitud del hidalgo: con ánimo alegre, sí, pero con gravedad de milicia que se juega la vida al triunfo de una causa. Con pundonor. Porque para el combate de veras –tan distante de la futilidad deportiva- importa lo que decía un capitán de los Reyes Católicos: “más que la fuerza o ferocidad, hombres que hayan naturalmente en sí vergüenza… Que la vergüenza veda al caballero que huya de la batalla”.

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