Frutos

Identificador: SD-039.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 11 de agosto de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Ilustración de Frutos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Un convencionalismo espontáneo nos dibuja el fruto en la fantasía con la visión clásica que lo representa pendiente de la rama, meciéndose en ella con el balanceo de un suave vientecillo, disimulado por el follaje: mano del árbol que lo acaricia con efusiones de padre para el hijuelo en potencia.

Nuestra civilización de tipo robot no ha podido desvanecer en nuestro espíritu el antiguo mensaje, la hermosa palabra implícita que el fruto lleva en su dulce intención providente… ¡Qué lenguaje el suyo, en que se expresan para nuestra enseñanza tan altos y misteriosos respetos para los gérmenes vitales! ¡Qué alarde de exquisitez y solicitud significa la elaboración de ese estuche en que cada ente vegetal encierra amorosamente la promesa de lo que, en algún modo, lo ha de perpetuar, y que ha de prolongar la subsistencia del propio género! ¡Qué seductor halago sabe insinuar ese maravilloso cofrecillo de natura, para que, tentado el gusto por sus colores y aromas, haga saltar sus secretos resortes, y quede así, el leve tesoro de la semilla, en gozosa libertad, transida de presentimientos de un segundo, definitivo y fértil cautiverio en la entraña anhelosa de la tierra!...

Tal vez el pesimismo diga su palabra obscura y recuerde que por el consumo de un fruto hubo de quedar libre la indeseable semilla de los males. Pero la respuesta la dio ya, en voces de arrebatada certidumbre, la pluma agustiniana: “¡Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!” La dan los inmortales acentos de la Liturgia, el viernes santo: “¡Oh, Cruz fiel, el más noble de los árboles! ¡Ningún bosque dio otro igual en hoja ni en flor ni en fruto!”… Porque, “compadecido el Creador del engaño de nuestro primer padre, señaló otro árbol para reparar el daño del primero”, para que en su Fruto –pendiente, en la trágica madurez del Sacrificio- hallase la humana estirpe la Salud que originalmente le fue arrebatada por el fruto de perdición.

Y es que en la humana apariencia de ese Fruto divino, se escondía la Simiente, la poderosa virtud de la cual toda vida toma su principio y su fuerza. Por eso, después de permanecer sepulta en el seno de la tierra, surgió de ésta –al tercer día- como el tronco de un nuevo árbol: el de la Cristiandad, cuyas frondas habían de amparar al hombre dando cobijo a sus miserias y colmándolo –a su vez- con nuevos y múltiples frutos para saciar cada una de sus urgencias esenciales en el cuerpo y, sobre todo, en el espíritu. De ello da testimonio la Historia de nuestra civilización, que ha satisfecho las aspiraciones humanas en tanto que ha sido fiel al Tronco sobrenatural de que brotó, y las ha traicionado en cuanto ha aceptado las posteriores adherencias parásitas del neopaganismo que hoy la carcomen.

De modo que la nobleza del fruto es, por donde quiera que se advierta, eximia, vital en la más exacta acepción. Custodia de los gérmenes de vida, él mismo en vida se transforma y la da al incorporarse como alimento al viviente que lo consume. Pero ello, nada hay tan triste como el fruto que no es comido, que no se perpetúa por asimilación a la sustancia de otra vida superior; el fruto cuya corrupción llega a alcanzar a la simiente, en la que las posibilidades fecundas perecen en la asquerosa digestión de las gusaneras.

Hay en ello, no cabe duda, un singular arcano apasionante, que nos abisma ante la consideración del desigual destino de las cosas de un mismo género, llamadas al cumplimiento de un fin idéntico. Pero sobre esos abismos de tiniebla se sobrepone indeficiente y victorioso, ese otro vasto, oceánico abismo de luz en que los primeros se anegan en feliz naufragio: la certeza suprema del Orden universal, de la bondad fundamental del mundo, de la Bondad por esencia del Dueño de todas las cosas, que las dispone y coordina en procesos para nosotros inabarcables, de los que sólo nos ha revelado la meta última y general: la realización del bien por excelencia, el Bien moral.

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