Fertilizar la raíz civilizadora
Publicación original: Novedades, 27 de abril de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Universidad y educación.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El que quiere el fruto debe querer el árbol y las raíces del árbol. Se trata ahora de salvar nuestra civilización cristiana, insístese. No sólo de salvarla, habría que puntualizar, sino de reintegrarla a su autenticidad plena, y, además, acrecentarla, desarrollarla en la medida que ello depende de cada uno de nosotros. No conformarse con la mera actitud negativa de defensa, sino completarla con el designio positivo de hacer florecer en nuevos logros las virtualidades de esta civilización que, al fin, vuelve a reconocer que en sus orígenes y en lo que aún mantiene de valioso es cristiana. Hacerla fructificar en dones de convivencia que superen a los del pasado por muy ilustres que éstos hayan sido. No pensarla ni por un momento ni en ningún aspecto como algo redondo y acabado, sino como lo que debe ser: un dinamismo en múltiple y perenne tensión creadora.
Ahora bien, en el propio interior de ella, ambos propósitos, salvarla y llevarla a plenitud, tienen por condición para cumplirse el que la raíz misma se salvaguarde y vigorice en esa su doble función de sostén a la vez que de sustento de nuestro árbol cultural. Y lo curioso es que hemos llegado al extremo de que no es tan redundante como en estricta lógica sería, recordar que tal raíz no es otra cosa que la religión que a nuestra civilización da nombre porque de hecho la originó y le insufló su espíritu. Y menos redundante aún resulta hacer advertir o recordar que la hizo nacer y la mantuvo por siglos no en virtud de que la religión fuese objeto de una especie de aceptación meramente académica y especulativa, sino al través de renovadas y concretas vivencias que la actualizaban en la actividad de individuos y pueblos en el transcurso de la Historia. Es decir, lo que hizo nuestra civilización en cuanto cristiana fue la religión vivida en sus diversas facetas y reflejos a lo social.
Esto es singularmente verdadero por lo que a México atañe, que es lo que de manera más inmediata debe importarnos. En pocos pueblos como en el nuestro es tan obvio que -con todo y las humanas imperfecciones- de la religión vivida brotaron como de limpia fontana las aguas del caudal histórico, las formas sociales, y la “cosmovisión”, como hoy se dice con neologismo certero.
Pero lo cierto es que a México, a los mexicanos, es necesaria, como al resto del mundo cristiano y específicamente católico, una más intensa y cabal vivencia de la religión, lo que equivale a decir que está urgiendo tonificar la raíz misma de la cultura que se quiere salvar de riesgos supremos. El asunto, pues, aun desde un punto de vista temporal y terrestre, es de una seriedad suma.
El problema que con ello se plantea empieza por presentarse en una descarnada realidad primera; además de que –a despecho de nuestro nombre cristiano- mucho de lo que constituye el ambiente social de hogaño tiene un letal influjo paganizante, existe un insuficiente conocimiento de lo religioso en vastas muchedumbres. Ello trae aparejado, a veces, incluso verdaderas alteraciones prácticas de la religión, y siempre lleva implícito en cierta medida un principio de anemia y raquitismo de la vida religiosa popular, cuando menos en algunos de sus aspectos que son tan importantes que sólo de su realización más intensa y armónica puede obtenerse esa robusta y operante unidad que la religión debe ser en cada individuo y en cada cristiandad concreta; tanto por lo que mira a su íntima esencia sobrenatural como en sus ineludibles resonancias temporales.
Estas consideraciones nos las ha traído a los puntos de la pluma cierta conversación en la que se nos subrayaban determinadas y objetivas deficiencias de nuestro medio religioso. ¿No es positivo –se nos ha dicho en ella- que a partir de la instrucción catequística en la niñez la mayor parte de los católicos mexicanos tiene, en proporción a lo que la mayoría de edad pide y a lo que la coyuntura histórica apremia, relativamente pocas oportunidades de adquirir un conocimiento más adecuado y profundo del credo, de la moral y del culto? ¿Cómo pedirles, entonces, con justicia, un mayor rendimiento en el plano de lo espiritual y una mayor sindéresis e influjo de lo religioso en su conducta ante lo específicamente temporal?
Claro está –se nos ha agregado– que el problema es anchuroso y muy complejo. Y no poco contribuyen a mantenerlo en pie factores como la escasez de clero que sufre la Iglesia mexicana o la hostilidad, en ocasiones, del dato geográfico. Sin embargo, otrora, aun este género de obstáculos ha sido maravillosamente superado. Incluso en gran medida lo sigue siendo ahora de manera ejemplar, ignorada y heroica. Pero, verbi gratia, para hablar sólo de lo de la metrópoli y otras ciudades importantes del país, ¿no es cierto que el esfuerzo de instruir religiosamente a los más amplios sectores del pueblo tiene su principal eficacia durante el tiempo cuaresmal, y que son relativamente escasas el resto del año las alocuciones de carácter sagrado?
No queriendo pecar de atrevimiento, se nos apuntaba, sin embargo: ¿por qué, entre otras asequibles medidas, no es aprovechada la ocasión que durante todo el año brinda la nutrida asistencia dominical a los templos para decir en todos ellos ya no sermones extensos sino instrucciones brevísimas, de cinco a diez minutos para no cansar a los tibios, en las que según la diversa oportunidad o necesidad de cada lugar se expongan a los mexicanos cosas elementales que deben saber o recordar con frecuencia en lo que mira a la doctrina que profesan, a la moral que debe regir su conducta pública y privada, al espíritu que debe vivificar su plegaria y su culto y el uso de los sacramentos materias todas que mejor sabidas serían más integralmente vividas?
En el substrato generoso de nuestro pueblo –finalizaba nuestro interlocutor- este esfuerzo modesto, pero sostenido obtendría, estamos seguros, una admirable respuesta que trascendería con magnitud insospechada en nuestra tónica social y aun en nuestro futuro histórico al acrecentarse así el esplendor visible del orden cristiano.

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