¿Fascismo o decoro?

Identificador: DM-234.
Publicación original: Novedades, 2 de febrero de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de ¿Fascismo o decoro?

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El discurso del nuevo primer mandatario norteamericano durante la transmisión de poderes en Washington, incluyó esta solemne invocación a la Providencia: “Danos la fuerza para discernir claramente entre el bien y el mal, y permite que todos nuestros actos y nuestras palabras sean normados por el bien”.

Con toda sinceridad creemos de urgencia que Eisenhower debe recomendar a su secretario de Estado, Dulles, que insista, diariamente y para su propia persona, en esa plegaria. Quizá por ese piadoso camino llegaría a no persistir en palabras tan poco conformes con la verdad –que en última instancia se identifica con el bien- como con la sagacidad diplomática, cuando se entrega al gusto de los adjetivos que se estiman malsonantes y designa “fascistas” a los movimientos iberoamericanos que abogan por la revisión del espíritu de nuestras relaciones con los Estados Unidos, a título de legítima tutela de nuestros intereses y no movidos por pasiones xenófobas.

Porque es el caso que Dulles ha vuelto a la carga en contra de la propaganda antiyanqui sostenida en Hispanoamérica por los comunistas y por las fuerzas que reincide en llamar fascistas. Nuestro último artículo, comentando sus primeras declaraciones –substancialmente idénticas- sobre el mismo asunto, hacía ver la injusticia notoria de negar a los demás el derecho a tener una actitud de dignidad semejante a la asumida por Eisenhower en el discurso ya mencionado, cuando declaró sin ambages que, ante el amago mundial soviético, su gobierno repudiaba, desde el primer momento, cualquier política que significase el trueque de la dignidad por la seguridad, y que en todo caso había que convencerse de que es menos pesada la mochila del soldado que lo son las cadenas del esclavo.

Al reiterar el secretario Dulles que las corrientes fascistas tienen su centro de irradiación en Argentina, y que se han extendido a otros países sudamericanos, no se necesita ser adivino para reconocer en ello su desagrado por la enfática voluntad del régimen peronista y de los movimientos de opinión que últimamente han triunfado en Bolivia, Chile y el Ecuador, públicamente manifiesta en el sentido de sendas afirmaciones de soberanía política y de independencia económica. Pero, ¿es que se debe llamar a eso fascismo, o, a secas, anhelo de justicia internacional?

¿Y qué, no es la misma substancia de dignidad de las frases eisenhowerianas la que parejamente campea, por ejemplo, en esas del presidente chileno Ibáñez –que pueden tenerse por características de la nueva actitud iberoamericana- cuando indica que a su país interesan las buenas relaciones con todos los demás y singularmente con Norteamérica, sólo que advirtiendo que será “muy difícil, por no decir imposible, mantener una actitud cordial y amistosa con aquellas potencias que creen que Chile, por ser país pequeño, debe renunciar a sus derechos y a su soberanía para someterse a su influencia y conducción en los grandes asuntos internacionales”, y agregando que asimismo no será fácil “sustentar buenas relaciones con los Estados Unidos si su política no comienza a ser amistosa hacia mi gobierno, que es el gobierno legítimo del pueblo”?... ¿No es esto, insistimos, sino preferir también tajantemente la dignidad personal y nacional sobre cualesquiera otras consideraciones?... ¿Por qué lo que en unos es digna firmeza en la defensa de la libertad ha de juzgarse en los otros expresión de hostil xenofobia?

Por otra parte, no es ocioso volver a llamar la atención sobre el hecho de que los aludidos movimientos de reivindicación del decoro hispanoamericano ante los Estados Unidos se caracterizan por tremolar la bandera de la justicia social. Lograr ésta es puntualmente la mejor receta para frenar, en lo humano, el desarrollo del virus bolchevique. Refiriéndose a su país lo acaba de subrayar el doctor Paz, embajador platense en Washington, como implícita respuesta al lenguaje de Dulles. ¿No resultan, así, deseables estos vientos de renovación política iberoamericana, y no concurren indirecta pero eficazmente a quitar a Mr. Dulles preocupaciones sobre las posibilidades que pueda tener el comunismo en este continente?

Reiteremos que atacar, como lo hace el secretario de Estado yanqui, esta renovación política de nuestros países, va en contra de la promesa de Eisenhower de respetar “la identidad de cada nación”, y milita contra la verdadera conveniencia de los Estados Unidos, porque, recordando lo dicho por el general Ibáñez a propósito de la hostilidad declarada por cierta prensa del país vecino en su contra, ello aumenta el recelo y el sentimiento antinorteamericano que se extiende peligrosamente en toda Hispanoamérica.

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