Fantasía

Identificador: SD-042.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 6 de octubre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Fe y vida religiosa.
El estudio de un artista y la imaginación creadora

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Los partidarios y los enemigos de la facultad imaginativa, con harta frecuencia han enturbiado el debate acerca de su provecho o malignidad.

Hay quienes, con ceñuda sentencia, no ven en la imaginación más que una trampa que en nuestra arquitectura psicológica hace dificultoso e incorrecto el funcionamiento de las potencias superiores: tienen, sin tregua, a flor de labio, la fórmula con que Santa Teresa declaró ser la imaginación “la loca de la casa”. A la inversa, el romanticismo desmelenado del ochocientos, fiel a su consigna subversora, exaltó hasta la extravagancia los elementos inferiores de la psiquis; entre ellos, lo imaginario, como idóneo y fastuoso cortejo escénico de los delirios sentimentales, meollo y quintaesencia de lo romántico.

En la vida y en el arte, ambas posturas excesivas desnaturalizan al hombre y le llevan a ahogarse en naufragios contradictorios. En la vida, la estrangulación inmisericorde y sistemática de lo imaginativo acaba por ceñirla y ligarla hasta la tiesura; obstruye uno de los cauces preciosos por lo que el espíritu debe verterse, gozosamente; ciega un manantial en que, muchas veces, es salutífero que se bañen las realizaciones de la razón y la voluntad. Por el contrario, una vida con exclusivo alimento de fantasmagorías viene a parar en el irrealismo; en el injusto desengaño del cosmos, que se mira demasiado lejano de las absurdas quimeras soñadas; finalmente, en la abulia inoperante.

A su vez, el arte se resiente de la desmesurada primacía de la imaginación. Por ejemplo; aquellas interminables tiradas descriptivas de la literatura romántica —que hoy nos es imposible soportar— constituyen protuberancias patológicas, verdaderas elefantiasis en la anatomía de las producciones engendradas por esa corriente estética. Pero, yendo al otro extremo, ¿se puede siquiera concebir como posible cualquier arte en que la fantasía no desempeñe una función de donaire y color, principalísima y gallarda? ¿Puédese afirmar que, sin imaginación creadora, no se da, jamás lo artístico?

En este, como en otros problemas, el sereno equilibrio del juicio resuelve las aparentes antinomias. La plenitud de una existencia o de una obra de belleza se defrauda si las facultades príncipes —entendimiento y voluntad— abdican de su función rectora; porque la existencia se desorbitará y la tarea artística concluirá”. A la vez, una y otra se negarán a sí propias ingentes virtualidades si no aprenden a infundirse en el limo fecundo de esa imaginación constructiva que ya hemos designado con el término preciso de fantasía.

La clara razón de ello estriba en la extraordinaria fuerza motora que las representaciones imaginarias tienen. Cuando la Mitología elaboró la representación fantástica del hombre alado, combinando en Ícaro, por vía de adición, las alas del ave con el cuerpo humano, depositó la semilla fértil cuyo último fruto son los aviones cohetes; he aquí una visión netamente imaginativa poniendo en movimiento a múltiples ingenios, hasta lograr el dominio del aire. Y cada vez que el forjador de hermosura se decide a emprender sus excelsas faenas, ¿qué otra cosa le mueve, si no la enamorada contemplación del modelo previo construido por el artificio de su fantasía; esa causa ejemplar que la Filosofía perenne nombra con un dejo del arrobo platónico ante el mundo de las Ideas, de los Arquetipos?

Desde el punto de vista de algunos temas de la más pura metafísica —verbi gratia, los sutiles, abstrusos del tiempo y el espacio; de la naturaleza de Dios—; o desde el mirador supremo de la Moral, de la realización de lo Bueno, bien haya, la expresión teresiana que nos previene contra la locura desgobernada de los desvaríos y “fantasmas” de la imaginación. Pero su intención y alcance no llega de ningún modo a argumentar contra el uso de otro tan gran santo como fue Iñigo de Loyola, en la maestría psicológica de sus célebres Ejercicios Espirituales, supo sacar el mejor partido a los dones de lo imaginativo poniéndolos en púgil, militante gimnasia al servicio del más alto ideal. Todo el mundo sabe cómo, en el pórtico de cada una de esas clásicas meditaciones, a guisa de preámbulo de las subidas consideraciones intelectuales, de los encendidos afectos del corazón y del esforzado heroísmo de los propósitos ascéticos, San Ignacio hace trabajar la imaginación creadora obligándola a asociar vigorosamente elementos materiales de representación en alguna escena viva que sirve de fácil escala para ascender a lo más alto y substantivo.

Bien entendió, asimismo, el genio de Dante, la fecundidad de la fantasía cuando con ella exornó —en soberano acierto— la médula teológica de la Commedia en que pusieron mano cielo y tierra. ¡De él puede decirse, en grado sumo, que, armoniosamente, “pensando como filósofo, habló como poeta”!.

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