Este otoño

Identificador: DM-222.
Publicación original: Novedades, 3 de noviembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Filosofía y cultura.
Ilustración de Este otoño

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Estamos ya en pleno otoño. Comienza la ofensiva estacional de las tinieblas que alcanza su mayor intensidad en el solsticio de invierno, cuya noche es la más larga de todas las del año.

El otoño tiene sus prestigios y tradiciones específicos. Clásicamente, se consagra como la temporada de las cosechas, de los pastos abundantes, de la recolección de las frutas. Su símbolo es la caída de las hojas y la festejosa vendimia, al par.

Desde su antigüedad venerable y mediterránea, nuestra civilización se ha abismado en las hondas emociones emblemáticas de este doble signo otoñal. Y a partir del cristianismo, ha predominado en ella la vibración optimista, de trascendentes resonancias ultraterrenas. El alfombrarse campos y calzadas, de hojas secas, nos hace la melancólica evocación de la caducidad de lo temporal, que se cifra en la fragilidad suma de esas leves escamas vegetales que en esta temporada son juguete de todos los vientos. Pero más penetra en nuestro ánimo la alegre certeza de que el otoño “está comprometido con las uvas de octubre”: el fruto de la vid nos significa y entrega la ventura del ciclo cerrado, de la noble tarea cumplida que ha de pagar, con equidad afectuosa, el Dueño de la viña, dándonos tesoros que no roe la polilla ni pueden hurtar los ladrones, como advierte el Evangelio. Y aun ese mismo Señor de la viña nos ha dado promesa de participarnos –después de la pisa y el fermento- el vino generoso de la Bienaventuranza.

Ya puede venir, después, el rigor del invierno. El recuerdo de la otoñada y la persistencia de sus dones nos fortifican para la expectación de la primavera: abrigan el espíritu y hacen cálida en las venas la torrentera sanguínea.

Por eso también el otoño matiza nuestros amores y los unge de un no sé qué trascendente y solemne. Si la cósmica resurrección primaveral nos los proyecta a flor de piel, con traveseo bullicioso, teñidos con los vivos tonos de las flores abrileñas, buscando el espacio abierto de los prados verdegueantes; los aires otoñales, en cambio, como que nos vuelven el amor de las personas y las cosas a los santuarios interiores, nos lo saturan de exquisito olor a recato, a intimidad que recuerda la fragancia simbólica de los frutos semiescondidos en el follaje. Gustamos entonces de pasear nuestros afectos bajo la majestad boscosa de esas avenidas de álamos que tanto amó Bécquer, y los hacemos asomarse, aquí y allá –por entre las hojas que fueron “verdes y plateadas” y hoy visten la breve austeridad carmelitana de un hábito parduzco-, a un firmamento en que flotan infinitos átomos de áureas reverberaciones que nos anuncian, más que el ocaso del día, el del año…

Este 1952 que empieza a declinar nos hace también vivir el otoño de un aciago ciclo histórico. El choque de las armas y de los espíritus, hogaño, nos ha convertido en vendimiadores que no han cosechado sino uvas en agraz, con todo el áspero amargor del odio. No nos invade la esperanzada dulzura de los otoños idílicos de los tiempos buenos. Y no son sólo las marchitas hojas cíclicas las que tapizan nuestro mundo: son muchos de los árboles mismos de nuestra cultura multisecular los que yacen por los suelos, calcinados por el previo estío ardoroso de la metralla de la última guerra. No nos darán más su sombra amparadora ni sus frutos en sazón. Pero hay que creer que aun de esos árboles yacentes, de la dolorida tragedia de sus últimos frutos que no llegaron a saciar hambre alguna, habrá quedado la invencible fecundidad de muchas semillas cuya misma humildad y pequeñez las haya librado –en el refugio mínimo, elemental, de una grieta cualquiera- del rayo agostador de nuestros odios.

Y hay que creer que de esas semillas, en cuya levedad se encierra, virtualmente, el grandor del más gigantesco de los árboles, germinarán, en la inevitable primavera de la Historia, nuevas plantas de todas especies que otorgarán flores y frutos delicadísimos de la misma vieja, victoriosa cepa cristiana.

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