Esta Nochebuena…

Identificador: DM-177.
Publicación original: Novedades, 24 de diciembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Política y sociedad.
Ilustración de Esta Nochebuena…

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hoy, como hace un año, como desde hace un lustro, los ojos que no han estado ciegos, que nunca han desconocido las grandes realidades elementales que se disputan el señorío del mundo, siguen atalayando el horizonte de la Historia inminente e inevitable.

Vendrá el diluvio de fuego, otra vez. Más cruel. Más vasto. Más diabólicamente destructor de cuerpos y espíritus. En ese diluvio, el Maligno apostará, a un mismo tiempo, a dos cartas rivales. Querrá, con esa estratagema de viejo jugador, asegurar de todos modos su ganancia en contra de la Tercera Carta que él no ignora, que no puede ignorar: “lo que queda en el mundo de la vieja Cristiandad”.

Tras de los dos naipes del Enemigo acechan, igualmente, grandes pájaros de muerte: pterodáctilos prehistóricos, redivivos en el horror de su carnívora voracidad insaciable; y esos otros reptiles de andar de oruga, cuyo pesado vientre oprime la tierra, que no aprendieron el arte del vuelo pero que también vomitan fuego mortífero por los cuatro costados; y sobre todo, acecha la chispa del rayo nucleario presta a escaparse de la diestra estulta de Prometeos sin grandeza.

Tras la carta de la vieja Cristiandad, no queda más que –todavía- la espada del cruzado, o, acaso, el arcabuz de los tercios de Flandes… Y sin embargo, el Maligno aún teme. Recela, sobre todo, de la vieja espada. De su temple infrangible. De sus destellos de Verdad; él, que es el padre de la tiniebla y la Mentira. Tiene miedo de su forma de Cruz.

o-o-o o-o-o o-o-o

Hoy nace otra vez, en mitad del frío de esta noche histórica, el Gran Inerme. Y su llanto de recién nacido queda en el aire, vibrando hasta en la ínfima y más distante molécula del cosmos, penetrando hasta en la intimidad de los átomos…

¿Por qué se estremece el átomo, que hoy es nuncio poderoso de satánicos designios, al sonido de ese lenguaje de la debilidad que habla en el llanto del Niño? ¿No es que reconoce la Voz que al apagarse en el postrero estertor de un Moribundo sobre una Cruz, hizo de esta Cruz la paradójica espada de su victoria; la Gran Voz que los siglos no pueden apagar aunque en ello se empeñe la algarabía de todos los furores del infierno?

Nosotros –pecadores de los que, al menos, no niegan su pecado- seguimos atentos a esa suprema Voz de la Cruz, que se anticipa en el llorar del Pesebre. Sabemos cuál es la indefectible victoria final que en él se promete. Sabemos que después del abismo de misterio del Llanto del Dios Niño, viene el esplendor inefable de su Sonrisa vencedora que en esta noche impar hace más vivo el fulgor de las estrellas. Sabemos que no de otra suerte, después de dejarse vulnerar en la Cruz, volverá a reflorecer en la transfiguración inmarcesible de la Resurrección.

Lo sabemos. Y por ello, la zozobra de nuestro pecado cede ante la esperanza de la Misericordia. Y estamos ciertos de que pasará esta angustia histórica que ha puesto en las almas de los hombres “el príncipe de este mundo”; el Gran Rebelde; el pterodáctilo del largo pico voraz, de las alas membranosas armadas de crueles garras; la Serpiente Antigua que oprime la tierra queriendo aplastar toda espiga y toda flor. Estamos ciertos de que no podrá el rayo nucleario de nefando Prometeo contra el filo inmaterial de la espada del Arcángel.

De igual modo que esta Nochebuena nada puede en nuestro corazón el rictus malévolo del Odio que acecha, contra el victorioso dulzor de cielo de la Sonrisa del Amor que va a nacer.

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