Eso del Diablo…

Identificador: DM-104.
Publicación original: Novedades, 24 de julio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: ángeles, demonio, teología y crítica al materialismo.
Ilustración de Eso del Diablo…

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El “mundo moderno”, ese gigantesco apostatar de sus raíces culturales que ha gangrenado a Occidente y lo tiene ahora –inútil y poco varonil fuera negarlo- en grave riesgo de quiebra histórica; el mundo moderno, decimos, en su irremediable pedantería que hasta el fin ha de acompañarlo, se obstina en impugnar todo lo que rebase sus viejos convencionalismos materialistas. Por ello se sigue dando el lujo de negar, a rajatabla, cuanto afirme realidades que escapen a las pruebas de laboratorio; sean estas realidades meras fuerzas, hechos o fenómenos superiores a la naturaleza visible, o entes substantivos que a aquéllos expliquen y den sentido.

Pero no basta dogmatizar que no existe determinado género de realidades para eliminarlas positivamente. Si el mundo moderno ha sentido predilección por cierta casta de negaciones estúpidas e ineficaces, lo objetivo es que hay personas jurídicas que existen, como la Iglesia, a pesar de que nuestros ordenamientos legales la ignoran como sujeto de derechos; como el Municipio o el Gremio, a los que el liberalismo clásico negó la personalidad. De análoga manera, “está” la realidad física –en el lato sentido filosófico del vocablo- de personas que, aunque invisibles, no le piden permiso al Código Civil para ser; ni sienten la necesidad de apoyarse en un artículo 115 constitucional para permanecer en la existencia, y para actuar en ingente y varia muchedumbre de operaciones concretas a través de las cuales se manifiesta el poderío de su rica e inenarrable vitalidad.

Lo que acabamos de decir nos lleva, sin escalas, a la consideración del mundo angélico. No hace mucho, Vasconcelos expresaba: “Es un hecho que la vida no está condicionada a formas limitadas. Si se puede existir como bacteria o reptil, ¿por qué ha de ser absurdo concebir salamandras? La más avanzada configuración de la existencia terrestre, el hombre, ¿por qué no ha de transformarse mediante un proceso electromagnético que lo haga invulnerable a las temperaturas y a las distancias? ¿Por qué suponer que todo ha de ser como el metal, que se estira y se encoge, según las leyes del calor? ¿Qué tienen que ver las leyes del calor con el sentimiento? ¿Y por qué han de ser limitados el ser y la existencia a la estrecha zona de los 4 grados bajo cero y los cien de la combustión que marcan el límite de resistencia de las criaturas terrestres?... Al contrario, parece indicado pensar que es infinito el número de posibilidades contenidas en el ancho Universo a juzgar por las maravillas que contemplamos aquí en la Tierra… ¿Por qué dudar que Aquél que pobló la tierra no sea capaz de llenar el vacío aparente del fuego y los espacios que nos parecen inertes, con seres de conciencia más adelantada que la nuestra, precisamente porque no dependen de las contingencias de la materia?”

Quitando, por supuesto, cualquier engañoso sabor evolucionista a la voz “adelantada” que emplea Vasconcelos, lo que de él acabamos de transcribir es una robusta sugerencia de posibilidades, que da al traste con cualquier romo escepticismo, a priori, acerca de la realidad y existencia –entre otras cosas- de esos a quienes hemos convenido en llamar “ángeles”. Con ideas más o menos netas o confusas, todos los pueblos han sabido de ellos, y no se les puso en duda hasta que la superstición cientificista los negó. Espíritus puros; seres de conciencia, de rango natural superior al nuestro; con mayor razón, por eso, sujetos de responsabilidad moral, como enseña la Teología católica, los ángeles, quiérase o no, forman parte de la realidad. Ahí están, con toda su formidable entidad operante. Con su entendimiento sutilísimo, que penetra las esencias de las cosas, y sus relaciones, sin la fatiga del sendero montaraz y a las veces resbaladizo del raciocinio, antes con el vuelo directo de la intuición –podemos decir que simultánea- de los principios y sus consecuencias. Con su voluntad potentísima y sin desmayos, descargada del lastre de nuestra pesada fisiología; pero voluntad que, puntualmente, como la humana, es susceptible de las pasiones –nobles o perversas- propias del espíritu. Capaces, por ello, de virtud y de pecado.

Son, viven y obran. Y ese su ser, vivir y operar no es, por cierto, de los capítulos menos interesantes que se ofrecen a nuestro conocimiento. Todo lo contrario. Pocas cosas hay que puedan apasionar más a la inteligencia, cuando ésta no ha mutilado voluntariamente sus horizontes. Y lo que por la Revelación se sabe o se puede inferir acerca del drama de los ángeles, enaniza a Esquilo y a Eurípides, y sólo es superado en trágica intensidad por el drama total de la especie humana. Ello porque Dios quiso tomar en éste el papel abismal de Su Encarnación y el tremendo de nuestra cruenta Redención.

Todo esto nos ha venido a los puntos de la pluma por la lectura del diáfano, fluido volumen de un “gran señor de la Teología”, don Uldarico Urrutia, S.J.: “El Diablo.- Su naturaleza, su poder y su intervención en el mundo”, recién publicado por la Editorial “Buena Prensa” de Méjico. Constituye un estupendo resumen divulgatorio de las constancias doctrinales e históricas de la innumerable fracción del mundo angélico –y singularmente de su rector, Luzbel- que incurrió en el que es, por antonomasia, el pecado del espíritu: la soberbia, que le atrajo el rayo de la reprobación.

“Eso del Diablo…” suscita compasivas sonrisas en el mundo moderno y en los cristianos que ignoran u olvidan la palabra de Cristo: “Para esto vino el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (Juan III, 8). Pero desconocer “eso del Diablo” vale tanto como ignorar el recóndito porqué de muchas intimidades de cada hombre, y el subterráneo motor de acontecimientos que da, en gran parte, contenido a la Historia.

Y es que hay que convenir en que el Diablo, “padre de la mentira”, ha tenido increíble buen éxito con la más reciente: la noticia de su muerte. Por cierto que ese buen éxito comienza a desvanecerse ante los signos de los tiempos, en los que cada vez se descara más el duelo de violencias elementales entre el Bien y el Mal.

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