Entre las patas de los caballos
Publicación original: Novedades, 8 de diciembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Tal vez la más limpia, heroica y hazañosa de las epopeyas mejicanas sea la que escribió el pueblo en defensa de sus más entrañables esencias durante el trienio 1926-1929, cuando el furor persecutorio se situó francamente en el terreno de la vesania en su intento de borrar de Méjico hasta el recuerdo mismo del nombre cristiano.
Evocarla, y grabar a fuego su memoria ejemplar en el espíritu de las nuevas generaciones, tarea es de subidos quilates patrióticos. Romper también aquí la conspiración del silencio con que las fuerzas obscuras quieren hacer caer en el olvido nuestros supremos valores históricos.
Ello lo cumple a maravilla la sobria, contenida emoción de este volumen, del cual acabamos de volver la última de sus páginas –con tinta de las prensas de JUS-, y en cuyo título su autor, Luis Rivero del Val, ha logrado una fuerte y certera expresividad epigráfica. “Entre las patas de los caballos”, es el exacto rubro que cuadra a este “Diario de un Cristero”, porque declara admirablemente el carácter que asumió la lucha que en aquellos años se entabló entre un pueblo pacífico e inerme y la desbocada brutalidad arrasadora de una tiranía de pezuña a la que era preciso –sin hipérbole- poner freno.
Con la cristalina objetividad de un verdadero “diario”, escrito cuando los sucesos son de hoy, de ayer o antier, o a lo sumo de hace unos meses: sin el énfasis dramatizador que suele ser la tentación del que, distante de los acontecimientos, escribe unas memorias, este relato asume su tremenda intensidad literaria de la calidad misma de los hechos que refiere, y que en su época lancinaron de tragedia y de horror, o estremecieron de esperanza, la médula de la Patria. ¿Para qué elevar el tono de voz, para qué cargar la tinta con que se escribe cuando la estatura del drama y la desnudez de los heroísmos y perversidades que lo integran son tales que, por sí solos, sin subrayados literarios aprisionan con su fuerza al espíritu?
Pinta la narración el comienzo y desarrollo de la epopeya cristera, con las tropelías neronianas que la motivaron y las que siguieron atizando su sagrado fuego libertario a lo largo de tres años espantosos, todo ello visto a través de una recia juventud forjada en la fragua benemérita de aquel glorioso Grupo “acejotaemero” capitalino, el “Daniel O’Conell”, cuyos miembros hicieron Historia tan en grande que no es posible apagar la llama de heroicidad que en Méjico encendieron.
Notables son las evocaciones que hacen atisbar lo que fue ese ejemplo de organización patriótica en que la resistencia popular se encuadró oficialmente bajo la designación de Liga Defensora de la Libertad Religiosa, y cuya disciplina, eficacia y espíritu seguramente no han sido igualados entre nosotros. Asimismo, el recuerdo de los innumerables alzamientos –totalmente inconexos entre sí, en un principio- con los que el pueblo mejicano, atrozmente martirizado física y moralmente, hubo de erguirse –asombrando a propios y extraños-, sin más armas que las del Derecho pisoteado, ante “las patas de los caballos” armipotentes. Y la limpieza, moralmente unánime, con que en ciudades y en campos de batalla se hizo ondear la bandera liberadora. Y el paulatino, firme adiestramiento en organización castrense que fueron logrando, entre reveses y triunfos, los más de veinte mil ciudadanos que llegaron a formar en los cuadros patrióticos de la Guardia Nacional cristera, armados casi exclusivamente con las dotaciones que se iban arrebatando al enemigo en combate o en sorpresas.
Este panorama bélico es visto sobre todo en la región alteña y colimense en la que el protagonista actúa a raíz de que el implacable acecho policíaco en la capital lo obliga “a irse al cerro”, hasta el momento en que el estupor de unos “arreglos” con la cabeza oficial de la persecución corta a aquel movimiento las alas, en ese instante victoriosamente ascensionales. Y se adivina, más que se dice, la gigante amargura de lo que siguió: aquella entrega de armas por parte de espíritus indomables, que todo lo habían dado a la causa de la Patria y de la Religión, cuyo triunfo esencial vislumbraban en no muy lejano horizonte, pero a los que ahora abatía la más inexplicable y extraña de las derrotas.
Entonces, por esta incomprensible derrota, “regresan los cruzados de Cristo con las cicatrices de sus heridas, y en el alma mortal tristeza, como nunca se padeció durante los largos años de brega. Son los entusiastas de ayer, los que no regatearon al hacer las cosas que creyeron dan sentido a la vida. Otros duermen bajo tierra, o se calcinan sus huesos al sol. Los que viven volverían a lanzarse; son de los idealistas a quienes no vence el sufrimiento, ni entienden de modus vivendi”.
¡Cuántos de éstos últimos, rendidas las armas, fueron abatidos por las balas de una “amnistía” sin honor, que a las protestas por tales asesinatos sabía responder con sentencia que Heliogábalo pudo haber rubricado:
“-¡Pos quién les manda! ¡Pa qué se meten entre las patas de los caballos!”.

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