En el bosque

Identificador: SD-079.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 18 de abril de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Ilustración de En el bosque

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Año con año crece, al par de la población capitalina, la afluencia de paseantes al bosque centenario y tradicional de Chapultepec. Mayormente en estos hermosos días primaverales que invitan a ocupar los ocios racionados –que aun nos permite el trajín de la gran ciudad- en la amenidad de sus frondas o en la hoy, por desgracia, nada pulcras linfas de su breve lago.

No hay, tal vez, capitalino de nacimiento o de residencia, al que no vincule a este sitio de constantes prestigios históricos, alguna atadura cariciosa y poética de uno o más episodios de la propia y personal historia. Ese irrompible eslabón espiritual, hace que tornemos, con mayor o menor frecuencia, y con fervor de enamorados transidos de dolor de ausencia, a uno, dos o tres parajes dilectos de los múltiples con que Chapultepec puede regalar al visitante.

Ya es el lago, imán de las náuticas aficiones infantiles en que la quilla de la barquichuela rayó el agua con el azoro de nuestros primeros años, cuando abríamos los ojos y el alma al asombro de la vida. O bien, el castillo de hondas reminiscencias virreinales e imperiales en el que el trance épico de los Niños Héroes revivió en el relato que ponía en los labios paternos un temblor emocionado, y en el propio espíritu clavaba un puñal de exaltación patriótica.

Puede ser el rincón nemoroso y romántico en el cual, un día, una dulce figura amada recibió el homenaje de nuestra pleitesía, y nos hizo escuchar, en respuesta, el casto juramento del amor que supo mantenerse firme y hacer buena su inefable promesa al correr del tiempo. O será el rústico y escondido sitial que dio asiento a las nobles avideces intelectuales de la mocedad, cuando comenzábamos a afrontar, con briosa decisión, los enigmas que desde la más lejana antigüedad se ha planteado todo hombre digno del rango de su especie: Dios, el cosmos, el alma, la vida y la muerte dialogaron ahí con nosotros al través de páginas clásicas o modernas, a la luz del relámpago esclarecedor de las intuiciones juveniles que advenían, en ráfagas inesperadas y gozosas, a la mitad de abstrusas meditaciones en que nuestra fiebre de sabiduría realizaba atléticos ejercicios mentales.

Fuere uno u otro el recuerdo, a todos juntos, Chapultepec tiene para el metropolitano una viva voz amiga, un abrazo amparador y confortante en la ramazón heráldica de sus ahuehuetes; abrazo que le resarce de las heridas frecuentes que le infiere su gran ciudad. Ahí entona el ánimo, readquiere señoría, y, en algún sitio recóndito y de maravilla, hace el hallazgo, cien veces renovado, de la perdida gema de la esperanza.

Qué mucho, pues, que el retorno a Chapultepec sea siempre dulcedumbre y risas, saludable inquietud por mezclarse, deportivamente, entre la algarabía de la muchachada que convierte al bosque en su feudo mañanero; o, tal vez, grata solicitación para quien busca su “querencia” cabe al ahora abandonado y seco surtidor quijotesco, bajo el dosel abovedado de árboles ingentes, subyugado por los churriguerescos alardes del heno que pende de las ramas, y en espera del caer del día, remozando, mientras tanto, ensueños, proyectos, ambiciones…

Cuántas veces, un misterioso influjo cósmico –Dios, al través del mensaje franciscano de las creaturas- ha rehecho ahí la gallardía de un espíritu; ha desvanecido el dolor de un quebranto; iluminando las sombras congojosas de una perplejidad. Por eso, en tanto que México sea México, Chapultepec, será fibra entrañable de la Tradición colectiva y de la tradición personal. Y en él irá asociada siempre la palpitación hazañosa y solemne de la Historia de la mano con la jacarandosa expansión de nuevas y nuevas chiquillerías; con las añoranzas sentimentales de los enamorados; con la esperanzada ilusión de las maternidades jóvenes que montan la guardia de su tesoro entre una y otra puntada del tejido que ocupa las manos aunque no el corazón, que ronda avizor en torno de un leve cochecillo de infante.

De una u otra manera, Chapultepec nos da, siempre, una impalpable y sedeña caricia de la Suave Patria.

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