Elogios que matan

Identificador: DM-149.
Publicación original: Novedades, 25 de junio de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Política y sociedad, Prensa y medios.
Ilustración de Elogios que matan

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En conocido semanario capitalino, un estimable literato español –a quien juzgamos hombre de buenas intenciones- ha publicado dos artículos evocadores del Papa León XIII, en ocasión del sexagésimo aniversario de la “Rerum Novarum”, encíclica del mismo pontífice que ha podido ser con justicia llamada la Carta Magna del Trabajo.

Hay que lamentar que la intención laudatoria de ambos escritos se vea grandemente frustrada. Numerosos datos y juicios inexactos, las imprecisiones, las contradicciones obvias, pueden dar pie a más de un criterio equivocado sobre la persona de León XIII, sobre lo que realmente es la Iglesia, y sobre la firmeza de posiciones doctrinales del Catolicismo.

Puntualicemos, espigando en el primero de estos artículos: “La época social de León XIII”.

Desde luego, en él se comienza por asentar que la encíclica que se recuerda fue “una iniciación práctica del ‘socialismo cristiano’”. La afirmación resulta estrafalaria. La “Rerum Novarum”, como cualquier documento o enseñanza pontificia, nunca puede considerarse como expositora de un imposible “socialismo cristiano”. El socialismo –cuya rama más extremosa y congruente es la comunista-, por sus orígenes históricos, por sus bases filosóficas y por sus metas políticas es radicalmente anticristiano. No sólo, sino que constituye la etapa más avanzada de una conjura internacional que ha minado las bases cristianas de los países de Occidente.

El socialismo es, de suyo, ateo y totalitario. Su dialéctica y su actividad contra la injusticia del liberalismo son pretextos –ya sobradamente desenmascarados- para la entronización de una mayor y más irremediable injusticia, puesto que la esclavitud de los trabajadores asume perfiles más siniestros e inevitables cuando el patrón único viene a ser el Estado socialista con sus inmensas posibilidades de coerción.

¿Cómo, por consiguiente, podría alguna vez ser cristiano el socialismo; o cómo podría el cristianismo volverse socialista, sin dejar de ser uno u otro lo que son?

Por otra parte, más adelante se nos dice que “León XIII abrió una era de lucha por el pan de cada día paralela a la de las conquistas sociales del liberalismo (subrayamos nosotros), sin mengua de la ortodoxia, de la fe, ni de la pérdida de las prerrogativas católicas”.

Francamente, esto de “las prerrogativas católicas” es una de las varias imprecisiones indescifrables en los artículos que motivan nuestro comento. Pero lo que interesa es que la médula de lo transcrito viene a ser contradictorio a lo que antes se afirmaba. Si –como nadie ignora- liberalismo y socialismo son antagonistas en sus concepciones económicas y sociales, ¿de qué manera podría resultar León XIII proclamando un “socialismo cristiano” al mismo tiempo que abre una lucha “paralela a la de las conquistas sociales del liberalismo?”… ¿Qué conquistas fueron éstas, si, puntualmente, el liberalismo significa, entre otras cosas, injusticia social, libertinaje económico en el que el más débil es víctima del fuerte, y ley Chapellier que desconoce el derecho de asociación de los trabajadores?

Poco después se añade, muy en serio, que León XIII “intentó, con la encíclica “Rerum Novarum”, librar a la Iglesia, en los problemas sociales, del estancamiento sostenido por las monarquías y los planteles de dictadores”.

Lo cierto es que la circunstancia de que muchos católicos y aun eclesiásticos hayan estado ayunos del sentido social del catolicismo, no quiere decir que la Iglesia misma estuviera estancada en estas materias. La Iglesia siempre ha predicado idéntica doctrina, desde hace veinte siglos. Las encíclicas sociales de los papas de los últimos tiempos no significan la adopción de nuevas posiciones doctrinales por parte de la Iglesia, sino que ésta, ante la agudización de la injusticia social, ante el disimulo o complicidad de algunos de los suyos, o de su falta de congruencia para aplicar en lo social las máximas constantes del cristianismo que dicen profesar, viene a decir: lo que siempre he predicado en orden a la justicia y al amor para con el prójimo, debe entenderse de tal y tal manera en sus aspectos sociales.

Son, pues, las encíclicas sociales, un desarrollo y una precisión, adecuados a específicos problemas que en nuestra hora se han agravado, de principios anteriores y siempre por ella mantenidos. ¿Cómo hablar de “estancamiento” en quien siempre amonestó a los ricos recordándoles el deber de practicar –en todos sus aspectos- la justicia para con los pobres, y que incluso ha condenado desde un principio el espíritu de lucro desmedido y voraz, insistiendo en que Jesucristo llamó bienaventurados a los pobres de espíritu, a los que tienen su corazón despegado de las riquezas?

¿Cómo incurrir también, en ese otro desafuero contra la verdad y la lógica de decir que los católicos franceses, en tiempos de León XIII “se daban las manos, en lo social, con los descendientes de la Commune”? Inaceptable enormidad la de parangonar el reconocimiento que el Catolicismo Social hace del derecho y aun deber del Estado para intervenir dentro de ciertos límites en la economía, para asegurar justicia en las relaciones de patronos y trabajadores mediante leyes e instituciones eficaces, con la estatolatría comunista, la huelga revolucionaria y el espíritu de terrorismo y subversión social de la “Commune”.

¿Y qué decir de la peregrina afirmación de que en el Méjico de don Porfirio “se arrebataba a los indígenas, de manos de sus patronos explotadores…, con un sentido social liberador”?

¿Y qué de ese insinuar como precursores de la “Rerum Novarum” a cosas como los libros “Trabajo”, de Zolá, “Los Miserables”, de Víctor Hugo, o el “Nazarín” de Pérez Galdós? Semejantes pretendidas precursorías llegan a lo risible.

¿Y qué pensar acerca de que “La bandera de la encíclica “Rerum Novarum” vuelve a ser abrazada por los católicos de todo el mundo, como la única asociación ortodoxa a las corrientes universales de libertad”?... ¿Cuándo ha dejado el movimiento católico social de estar abrazado a la bandera de la encíclica liberadora? ¿De qué manera podrían los católicos ser católicos en lo social, o, nada más, católicos, sin estar adheridos a las enseñanzas pontificias en tal materia?

Hemos de subrayar otros graves lunares que afean y desvirtúan esta que quiso ser laudanza del Papa de los obreros.

Hay elogios que matan.

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