El verdadero sordo no oye pero compone

Identificador: DM-179.
Publicación original: Novedades, 14 de enero de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad, Prensa y medios.
Ilustración de El verdadero sordo no oye pero compone

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ante la imposibilidad de la defensa de sus posiciones, el apologista del liberalismo mejicano ha tenido la más infortunada de sus salidas. Y ello no por falta de talento intrínseco y preparación, sino por el absurdo partidarista de querer defender lo indefendible.

Lo que a sus últimos escritos da perfil y título es la aseveración –desesperada evasiva que quiere ser habilidosa- de que no hemos contestado los argumentos con que ha querido justificar las primeras agresiones liberales en contra de los valores religiosos patrios. Nos acusa, en suma, de que nos hemos hecho los sordos.

El lector que ha seguido esta controversia en todos sus episodios sabe muy bien que lo anterior es descaradamente falso. Esta última salida del colega tiene, pues, la utilidad de poner en evidencia quién es el que verdaderamente se hace el sordo, y cómo, además, el referido colega se hace el mudo al ignorar –cómoda, pero inelegantemente- nuestra argumentación relacionada en forma expresa y directa con las materias de substantivo interés de que aquí se ha tratado; argumentación que él califica de “detalles nimios” en los que no puede seguirnos para no cometer –dice- nuestros mismos dislates.

O sea, que el sambenito de la sordera corresponde de pleno derecho a nuestro antagonista; pero para evitar que se le eche de ver, se apresura a endosárnoslo a nosotros para curarse en salud. En el plano dialéctico, esto equivale a la vieja estratagema del asaltante que, con el fin de despistar a los posibles perseguidores, es el primero en dar voces desaforadas de alarma gritando: “¡Al ladrón!, ¡al ladrón!”

La consecuencia práctica es obvia: ¿qué interés puede haber en prolongar un debate cuando una de las partes ha determinado ya que no dará respuesta a los argumentos y pruebas del contrario en orden a los puntos medulares controvertidos, y desenfadadamente declara a unos y otras meros “detalles nimios”?

Sin embargo, séanos permitida la libertad de considerar –con la brevedad posible, y sin literaturas- las últimas referencias hechas por nuestro antagonista:

Puesto ya en el camino de tacharnos de sordera para disimular la auténtica suya, se da el lujo de atribuirnos “declaraciones de susceptibilidad herida”, siendo lo curioso del caso que expresamente hemos dicho que nada nos alteran el ánimo ni nos encrespan el humor sus repetidas destemplanzas y biliosos desahogos, y que de ello hacemos punto omiso porque al lector no interesa. ¿Quién es el que incurre, otra vez, en falta de oído? ¿No es cosa de recordar aquí, ante esta notoria flaqueza de audición, que “el sordo no oye pero compone”?

A continuación nos achaca el incurrir en el vicio de razonamiento denominado “petición de principio”, que consiste en dar por cierto lo que se trata de probar. Nuevamente, el verdadero sordo de esta polémica no oye pero compone a su libérrimo y arbitrario sabor. Para no dejar duda de su aserto, nos cita textualmente. Sólo que –digámoslo en el castellano neto que, según se infiere de sus propias palabras, le es difícil usar sin ofensiva intención-, lo hace, como el que empieza el Credo por Poncio Pilato, es decir, truncando lo que cita según su conveniencia. He aquí cómo reprodujo nuestras palabras:

“Pero volviendo a entrar en materia, tiene razón, muchísima razón nuestro impugnador cuando dice en el rubro de sus últimos artículos que, en esta cuestión del Patronato, “Méjico fue la víctima”. Sólo que cabe preguntar: ¿y quién fue el victimario?”. A punto y seguido el propio colega se dio a sí mismo esta triunfante contestación: “Queda fuera de toda duda que lo fue el liberalismo…”

Hasta aquí alcanzó únicamente a oír el escaso oído del apologista liberal. De lo que seguía, no le llegó ni el rumor siquiera: “… a menos de que el espíritu de partido nos ponga una venda en los ojos. PERO ANALICEMOS LO QUE EN CONTRA DE ELLO SE NOS ARGUYE”

Estas últimas palabras claramente expresan que, en ese momento, esta discusión tenía un buen rato de estarse manteniendo. Que ya había corrido tinta sobre el tema en cantidad suficiente para dejar establecido que en Méjico hubo una originaria agresión del liberalismo, de la cual Méjico fue la víctima, y que, a mayor abundamiento, íbamos a demostrar –como enseguida hicimos- que lo que se nos había contrargumentado no invalidaba las pruebas ya por nosotros aducidas al respecto. Nuestra tesis no estaba por demostrarse, sino que estaba en aquel punto probada de sobra. ¿En dónde está, pues, la petición de principio?... No, estimado colega. No es leal separar una frase de su contexto, y menos aún mutilarla de aquello que indica puntualmente su liga con él.

Asegura también nuestro contradictor que olvidamos precisar qué principio vulneraba la constitución de 1824 al atribuir gratuitamente al Estado el derecho de Patronato. Otra vez, el verdadero sordo no oye pero compone. No oyó nuestra redoblada insistencia en el principio incontestable de la respectiva soberanía de los poderes temporal y espiritual, cada uno en su esfera. Tampoco oyó nuestro insistente subrayar que el Patronato constituye una delegación al Estado de atribuciones que originariamente corresponden a la Iglesia, atribuciones que malamente aquél se puede arrogar mediante una declaración unilateral de voluntad.

Lo que, en cambio, en este punto quiso componer la sordera del colega constituye una confusión del espíritu patriótico con el espíritu totalitario y de adoración al Estado, tan característica, por lo demás del ideario liberal. Porque la soberanía de una entidad política jamás puede ser absoluta, como implícitamente se sostiene al decir que negar a nuestra Patria –léase, más bien: al Estado liberal- la facultad del Patronato eclesiástico, equivale a negarle “su derecho a ser independiente”. La soberanía de tipo absolutista, sin fronteras internas o externas, ya no teológica, sino filosófica y jurídicamente es inadmisible, y sólo grata a los liberticidas. El reivindicarla a favor del Estado del país propio, no es patriotismo, sino, escuetamente, totalitarismo.

Nuestro próximo artículo concluirá la demostración de que el colega no ha podido poner una pica de Flandes.

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