El Papa y la Prensa II

Identificador: DM-101.
Publicación original: Novedades, 3 de julio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: prensa, opinión pública, propaganda y deber de veracidad.
Ilustración de El Papa y la Prensa II

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Sigamos la glosa de la alocución del Papa al III Congreso Internacional de Prensa Católica, en la que afirma con todas sus letras que la prensa debe servir, reflejándola, a la opinión pública, y no precisamente “forjarla”. Hay que insistir en que, con desoladora frecuencia, el periódico –diario o revista- persiste en constituirse, en cierto modo, en amo en lugar de servidor. En manejador de hombres-instrumentos, en vez de instrumento idóneo de expresión de hombres con opinión que no por colectiva, debe dejar de ser espontánea y consciente. En tales casos, aunque, por supuesto, siempre afirme lo contrario, en lugar de manifestar, concretar y aun educar la opinión pública a la medida de los fines que en cada coyuntura se persiguen. No importa que esos fines, en ocasiones, puedan incluso ser respetables. Para servir buenas finalidades no hay derecho a torcer la naturaleza de las cosas, y no es legítimo hacer servir a éstas para el logro de otras metas que no les sean propias. La función social de la prensa –repetimos con el Pontífice- no es de suyo “forjar” sino manifestar y dar cauce a una verdadera opinión pública.

Pero es que muchas veces no entiende, no quiere entender que su papel es el de una delicada y exquisita caja de resonancia de un instrumento que debe ser pulsado “desde fuera”, por manos diestras que a su vez sepan puntualizar, fijar, concretar la melodía que un público quiere oír por razón de que expresa algo muy personal y propio, a un tiempo que a todos común. Dijérase que cierto periodismo no quiere conformarse con el papel del romancero y del cantar de gesta, manifestación espontánea de estados de espíritu colectivos, porque le parece demasiado pobre y anónimo. Quiere ser, a toda costa, un “mester de clerecía suigéneris: hinchado de dogmatismo en sus afirmaciones y negaciones, hidrópico de vanidosa soberbia pseudocientífica o erudita, a cuyas voces la turba debe responder siempre con el “¡amén! que se debe a los oráculos.

Y es que, asimismo, por otra parte, va siendo cada día más difícil encontrar esos diestros pulsadores del instrumento que exprese la opinión pública. Esos que saben constituirse, como pide Pío XII, en “un eco natural, una resonancia común, más o menos espontánea, de hechos y de circunstancias en el espíritu y en el juicio de quienes se sienten responsables y estrechamente ligados al destino de su comunidad”. En lugar de quienes sienten esa solidaridad de destino en la patria, los que suelen tener mayor coyuntura para pulsar las cuerdas de la prensa son aquellos que no han de expresar más que su personal y casi siempre menguada inspiración. Entre otras cosas porque, como agrega el discurso pontificio, “el hombre moderno gusta de las actitudes independientes y desenvueltas”. Nada más que lo grave resulta que semejantes actitudes “no son, muy a menudo, otra cosa que una fachada tras de la cual se amparan pobres seres vacíos, cobardes, sin energía para desenmascarar la mentira, sin fortaleza espiritual para resistir la violencia de quienes se muestran hábiles para poner en movimiento todos los resortes de la técnica moderna, todo el arte refinado de la persuasión. A FIN DE DESPOJARLOS DE SU LIBERTAD DE PENSAMIENTO, haciéndolos semejantes a esos frágiles “juncos agitados por el viento” de que habla el Evangelio de San Mateo.

Y he aquí, lector, en estas últimas palabras del Papa, el fidelísimo retrato de más de un escritor virulento o desenfadado, cuyas “genialidades”, cuyas “originalidades” y desplantes no son más que un valor entendido en nuestro medio periodístico. Toda esa hojarasca de independencia y osadía no viene a ser más que el “camouflage” de su triste servidumbre a las diversas oligarquías del momento.

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