El Papa y la Prensa I

Identificador: DM-100.
Publicación original: Novedades, 26 de junio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Pío XII, prensa, opinión pública y responsabilidad informativa.
Ilustración de El Papa y la Prensa I

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Con motivo del último congreso internacional de prensa católica, el Osservatore Romano publicó el discurso que el Pontífice no pudo decir de viva voz a los congresistas, por hallarse a la sazón indispuesto. De la enjundiosa alocución requeriríase un comentario extenso y minucioso, porque, como todo documento pontificio, en cada frase brinda una riquísima veta de invaluables reflexiones teóricas y prácticas. Ello nos resulta imposible, pero sí queremos destacar que la médula de este discurso subraya el papel que la prensa debe desempeñar como servidora de la opinión pública, más bien que como “forjadora” de la misma.

Está claro que semejante idea viene a chocar, abiertamente, con el prurito muy extendido entre muchos capitanes de empresas periodísticas y colaboradores suyos, que han dado en la flor de creer que el instrumento de difusión puesto en sus manos tiene como misión y derecho obvios el de “crear” el criterio colectivo respecto de hombres, acaecimientos o problemas de público interés. Vienen a chocar más aún las consideraciones papales con tal ilegítima creencia, cuando ésta tiene por origen el propósito deliberado de deformar a sabiendas la opinión pública, de desviar de los cánones de la verdad el juicio de los lectores, con objeto de servir, así, finalidades inconfesables, ya propias, ya de las oligarquías políticas y dinerarias a las cuales, por desgracia, acontécele servir.

Por otra parte, el Papa hace singular énfasis en la necesidad de que exista, y se manifieste, además, la opinión pública. Esta es, nos dice, “la prerrogativa de toda sociedad normal, compuesta de hombres que, conscientes de su conducta personal y social, se hallan íntimamente vinculados en la comunidad de que forman parte. Es, en último término, el eco natural, la resonancia común y más o menos espontánea, de los acontecimientos y de la situación actual del espíritu y juicio de los hombres de esa sociedad”.

Porque si los que tienen los altos comandos de la prensa y de las agencias noticiosas adulteran la verdad de los acontecimientos; cuando los callan o los inventan; cuando prohijan la propaganda de ideas no sólo extrañas sino contrarias a las normas del buen juicio en materias morales, políticas, jurídicas y sociales, y ello de una manera sistemática y contumaz, ¿cómo esperar que en esta posguerra haya deveras una opinión pública que merezca tal nombre, que se ajuste a esa exigencia que señala el Pontífice: ser expresión de una sociedad de “hombres conscientes de su conducta personal y social”? Podemos decir que dicha circunstancia es una de las principales explicaciones del hecho de que, con infortunada frecuencia, “lo que hoy se llama opinión pública, no tiene de ésta más que el nombre, nombre vacío de sentido, algo así como un vago rumor, una impresión facticia y superficial”.

Ello es lógico, ya que, habida cuenta del nefando desconcierto de todo linaje provocado por las dos guerras mundiales, el terrible desorden de ideas que priva entre las multitudes contemporáneas ha sido originado, en altísimo porcentaje, precisamente por el influjo de idéntico o peor desorden mental dentro de los medios que el mundo moderno supone cultos y dignos de ser escuchados. Son, ni más ni menos, los ideólogos que en tales medios –diz que rectores del pensamiento actual- se desenvuelven, quienes, por desventura, han podido hacerse escuchar en demasía por medio del colosal amplificador de la voz que es el diario o la revista. Y de ahí la tragedia espiritual del mundo de hogaño, porque, según lo advierte el Evangelio, un ciego no puede guiar a otro ciego. Ello da la razón al Papa: difícilmente se encontrarán, hoy día, países en los que exista algo que –en toda su anchura y profundidad- acredite el nobilísimo dictado de opinión pública.

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