El maestro

Identificador: SD-013.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 13 de mayo de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Universidad y educación.
Ilustración de El maestro

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Título a todas luces honroso es este con el que el género humano ha nombrado a los más altos de entre sus benefactores, tratando así de principiar a pagar una deuda que nunca se agota.

Y no ha sido la propaganda, ni el mito, ni tampoco el falso interés de los que en ello tienen algo qué ganar, lo que ha centrado el plebiscito unánime de los hombres; sino que ha sido más bien una virtud y su empeñoso ejercicio lo que ha hecho decir a una generación, con ecos que se repiten para siempre: “¡Este es un maestro!”

En efecto; hay un modo especial de ser en ciertos hombres que se han impuesto a sí mismos la misión de pasar a los demás hombres, con tino y sin medida, la verdad; modo de ser prudente, desprendido de sí hasta el entregamiento total, conocedor de lo que hay de bueno y de malo en la humanidad, que está hablando con grandes voces de sonora convicción de una hondura de virtud que se pierde en el vértigo de la santidad. Y como toda santidad –que por definición es vida plena de intocada fecundidad- el modo de ser de esos hombres es la grave y movida integridad existencial de un libro, de una palabra y de una mesa de madera tosca, que se define solemnemente sobre las inquietas cabezas en constante interrogación de los alumnos.

Virtud y ejercicio inacabado de esa virtud. He ahí al maestro. Ciencia a flor de labio y modelador de bondad en las almas.

Y así lo entendieron griegos, romanos y pueblos medioevales cuando pusieron a los pies de sus mejores –Sócrates, Cicerón, Tomás de Aquino…- la respetuosa veneración que solía ser el título de maestro. Y de tal veneración derivaron la gloria de saber llevar con dignidad la difícil calidad de discípulos. Y discípulos y maestros escribieron en la frente del género humano la cultura.

Pero el arquetipo de todo maestro es la figura de Aquel que se agiganta a la distancia de veinte siglos. La figura que tiene los relieves enérgicos del único amanecer –el cristiano- que ha puesto luces de salvación en los ojos de los hombres cansados de mirar la noche. Cristo es, por definición, el Maestro. Y su enseñanza, que nos llega desde el río, el lago y los montes que son columna vertebral de la Biblia, tiene en estas angustiosas oscuridades de hoy la alegre novedad de la palabra necesaria que en sí misma es salud.

O O O

En el huerto donde se sacan a cosechar las almas blancas de los que no saben porque en ellas nada se ha escrito –niños y adultos- el maestro va escribiendo con estilo imperecedero. Maestro de los que sacan adelante su existencia en el ruido moderno de una fábrica y en la milenaria rajadura de un surco; maestro de los que apartan con manos débiles el azoro infantil de sus pocos años para mirar gozosamente el descubrimiento de un mundo que será de ellos.

Maestros que hacen de su vida una fragua en donde, a golpes de martillo, se forja el alma de una estirpe.

Niños y hombres. Recuerdos que son una lágrima agradecida para el viejo maestro de la escuela cuya espalda encorvada se grabó para siempre entre las cosas íntimas que han marcado la ruta hacia el destino personal.

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