El Indiano

Identificador: DM-109.
Publicación original: Novedades, 4 de septiembre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: emigración española, educación, trabajo y perseverancia.
Ilustración de El Indiano

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El secreto de su éxito y su lección.

“Acaba de bajar del avión. Le conoceréis inmediatamente entre el grupo de viajeros que sale de Barajas. Es ese tipo más bien alto, fuerte; del Norte de España. Lo conoceréis muchas veces por el traje: por el color y el paño… Traerá, probablemente, un traje claro y de un paño fino. Y casi siempre, un traje que no le asienta bien, como si sobrara tela. No es la culpa del sastre. Es que ese cuerpo del indiano está muchas veces estropeado por el trabajo físico. Y es una gloria para él. Es que esas espaldas, prematuramente encorvadas, por donde resbala en pliegues la chaqueta, han tenido que transportar en su juventud muchos sacos de azúcar en Cuba o muchas cajas de ultramarinos en aquella tienda en donde empezó a trabajar de muchacho. Y hoy que es millonario no puede arreglar el sastre lo que estropeó el trabajo. Pero gloriosamente… Lleva la epopeya de su vida marcada en su carne”.

“Marchó ayer; era un rapaz.

Catorce años, y tenía

manzana ardiente la faz…

Hoy vuelve con plata fría

sobre un otoño en agraz.

………………………………

“Al marchar, un corazón

roto en penas e ilusión

le cantó: “Adiós, Ramonín…”

Hoy le dice su pueblín

dándole a aquella canción

el consonante del fin:

“Bienvenido, Don Ramón”

…………………………….

“Y para el mundo es su vida

sólo esto: “Se fue y volvió.”

Y hay una flor que se olvida,

y una epopeya escondida

y una nostalgia perdida

que traigo en mis versos yo”.

Así lo presenta ese poeta afortunado que hay en el padre Ramón Cue Romano, S.J., en un libro que ha de correr venturosamente de una mano a otra, lo mismo en España que en América: “El Indiano, Embajador de España”. Ahora que, en verdad, nosotros, en América, en Méjico, solemos pensar mucho menos en el retorno de “el español” a su tierra originaria: retorno casi siempre provisorio y con vuelta acá a muy poco andar, porque sus raíces las anuda en definitiva a la tierra americana. Pero aquí, lo mismo que allá, lo vivo y presente es la realidad aleccionadora de lo que pudo su ilusionada tenacidad. Y el testimonio que en su vida da de ese credo –común a la Estirpe- que afirma la confianza en el hombre, su posibilidad de alcanzar lo mejor en cualquier orden, aunque sus orígenes y sus comienzos sean pequeños y humildes como un grano de mostaza.

¡Cómo no recordar aquí la acertada exégesis de Ramiro de Maeztu sobre el éxito que suele coronar y cumplir los gloriosos esfuerzos del “indiano”! Se ha observado con frecuencia que la fortuna suele otorgar mayormente sus favores al emigrante español aldeano, que al culto. ¿Será sólo porque el primero, por campesino, está más habituado a las privaciones –a veces increíbles- exigidas por los primeros años de su carrera hacia el triunfo en la vida?... No es sólo eso. Es que suele proceder de provincias y de clase social en que el influjo de los falsos valores del mundo moderno ha sido menor que en otras de España. Al emigrante ibero campesino de las provincias norteñas –Galicia, Asturias, la Montaña, las Vascongadas…- no le alcanzó, apenas en poco o en nada, la educación a la actual usanza, que suele formar carne de burocracia estatal o privada. Fecundó, en cambio, en él, la semilla de los principios que hicieron la grandeza de la España tradicional histórica. Porque, aclara Maeztu, “una buena educación debe enseñar, sobre todo, a sufrir, como lo enseñaba la de nuestros hidalgos del Siglo XVI, con sus diez o doce horas diarias de latín en los primeros años, a las que seguían otras tantas de ejercicio de las armas, en los años de juventud. Entonces no era frecuente que los palurdos prosperasen más que los hidalgos, ni que realizaran más proezas que éstos. Al contrario, la epopeya española en América es obra casi exclusiva de los hidalgos y de los misioneros, que eran también hombres educados…”

Y es que –sigue puntualizando el propio Maeztu- las provincias del Norte de España “no son países sin cultura. No lo serían, aunque no se cuidaran, como lo hacen, de la enseñanza popular, ni aunque fueran totalmente analfabetos, porque la Iglesia, las costumbres y el refranero popular se bastarían para mantener un tipo de civilización muy superior al que producen, por punto general, las escuelas laicas y la prensa barata”.

He ahí el recóndito porqué de la buena ventura del indiano. Ese refranero popular, esas costumbres tradicionales, esa Iglesia, que todos a una han confluido –durante siglos- en métodos educativos que persiguen no tanto el desplegar ante el escolar un enciclopédico panorama de cultura, cuanto en “obtener de cada hombre el rendimiento máximo”; en estimular las posibilidades de creación que hay en la persona humana, ese vencimiento de sí propio y del ambiente circundante que hacen de cada hombre un positivo triunfador, porque –en el peor de los casos- alcanza al menos las metas esenciales de la vida; esas metas que tantas veces los más ilustrados, pero menos “hombres”, son incapaces de cumplir por falta de agallas o por sobra de una falsa tabla de valores.

Bien miradas las cosas, esa Iglesia, esas viejas costumbres, ese refranero que medularmente forjan al indiano para el éxito, son lo de la poética alusión del principio:

“…una flor que se olvida,

y una epopeya escondida

y una nostalgia perdida…”

Recordar, sacar a luz y reencontrar. No es todo, pero sí es el comienzo, el punto de partida para las nuevas creaciones que la Historia inminente nos exige a los pueblos hispánicos ante la quiebra de los falsos valores. He ahí la gran lección del indiano.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.