El hidalgo
Publicación original: Novedades, 19 de noviembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las crueles realidades de hogaño, con sus terribles lecciones en la política, en la guerra, en la economía, han hecho forzoso caer en la cuenta de ineficacia social del tipo de hombre en que fructificó una modernidad materialista y utilitaria, hombre ayuno de los soportes de las virtudes tradicionales. Y hemos llegado a concluir que ese tipo de hombre no es siquiera una regresión, sino una corrupción, una degeneración de la misma naturaleza y del rango de la especie. Y en esta encrucijada dramática de la Historia, cuantos tienen inteligencia crítica, o, al menos, eso que podríamos llamar “sensación” de lo futuro, vuelven los ojos esperanzados a ese otro tipo humano en el que encarna y sublímase lo mejor de los ideales caballerescos: EL HIDALGO.
Porque si –como lo es, en efecto- nuestro mundo está enfermo de falta de espiritualidad, nada más lógico y sensato que pedir auxilio al que, antes y sobre todo, vive del espíritu y de las cosas a él ajenas. El hidalgo es una vivencia de valores del espíritu. Y primero que nada, de los más altos de entre éstos: los valores morales, que tienen un fecundo quehacer en esas cosas llamadas virtudes, cuya misma raíz lingüística lleva implícita la idea de fuerza. Y de ordinario es la fuerza –conviene no darlo nunca al olvido- manifestación de salud que es puntualmente lo que falta a nuestro mundo enfermo.
Fuerza, Fuerza moral. O sea, de la voluntad, Fuerza, pues, del espíritu. Eso es el hidalgo.
Este –producto de la fuerza creadora de nuestra Estirpe- es un “hijo dalgo”, un hijo de algo. “Algo” —aclaran las Partidas— “quiere tanto decir en España, como bien; por eso los llamaron fijosdalgo que muestra tanto como fijos de bien”. Hijos de bien. Hijos de buenos. De buenos padres, pero sobre todo de buenos hechos. Porque el sentido nobiliario de la hidalguía antes se finca en las buenas acciones que en la buena cuna. La buena casta, lo bien nacido no engendra privilegios sino deberes. Ya lo declaraba la sentencia de antaño: “Nobleza obliga”. O lo que igual cosa significa; el noble linaje atribuye obligaciones. El que no las cumple, se “deshidalga”; el que las realiza, se mantiene y perfecciona en su auténtica hidalguía, en su nobleza, que identidad hay entre ésta y la virtud.
Por eso Fernando del Pulgar, el de las célebres loas a los “Claros Varones” de Castilla, responde al que inquiere qué tratamiento ha de darle: “Sabed, señor, que me llaman Fernando e me llamaban Fernando e llamarán Fernando, e si me dan el maestrazgo de Santiago también Fernando: porque de aquel título e honra me quiero arrear que ninguno pueda quitar e también porque tengo creído que NINGÚN TÍTULO PONE VIRTUD A QUIEN NO LA TIENE DE SUYO”. Y por eso, en el antiguo “Victorial”, al que no hacía obras dignas de su estado y progenitores se le llamaba “hijo de ninguno”.
Las “buenas obras” son, así, lo que hace al hidalgo esencial. Y ellas brotan, como de limpia fontana, del hombre interior. Del amor al bien. De las virtudes que son necesarias para traducirlo en hechos. Y, antes que nada, en hechos que tienen por origen al valor, que es a su vez hijo de la fortaleza. Valor para domar y enjaezar las propias malas tendencias; valor para encararse a la malignidad ajena, a la adversa fortuna, a las demasías de los poderosos, a la seducción del pecado, a los peligros de la guerra o a los aun tal vez más riesgosos peligros de la falsa paz. De ahí el talante exterior que es nota de la condición hidalga: el señorío, que supone primero el de sí propio; dignidad, presencia de ánimo, y –como sagazmente apunta García Valdecasas, inspirador de estos renglones- “sosiego”, del que sólo es capaz “una gran energía en potencia”, “plenitud lograda y armoniosa de dos virtudes: la fortaleza y la templanza”.
Ello es, ni más ni menos, lo que hoy necesitamos: valor que se manifiesta en sosiego –energía gobernada-. Valor para que el hombre dé a las cosas sus nombres verdaderos, a estas cosas que hoy trastornan al mundo y lo amagan de muerte: liberalismo y comunismo. Valor para superarlas tremolando un ideal superior e inigualable: la Cristiandad. Y hacerlo, por cierto, no con espíritu de deporte, “con la actitud, por lo tanto, de quien justamente ‘no se juega nada esencial’”; sino con la íntima actitud del hidalgo: con ánimo alegre, sí, pero con gravedad de milicia que se juega la vida al triunfo de una causa. Con pundonor de “buenas obras”, pues es claro que para el combate de veras –tan distante de la futilidad deportiva- importa “más que la fuerza o la ferocidad”- “hombres que hayan naturalmente en sí vergüenza… que la vergüenza veda al caballero que huya de la batalla”.
Sí, de la batalla de la Historia, en la que todos debemos poner mano.

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