El gran experimento irreligioso

Identificador: DM-210.
Publicación original: Novedades, 25 de agosto de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura; Política y sociedad.
La gran ciudad industrial y la figura del hombre

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El recorte periodístico remitido por nuestro estimable lector de Zacatecas, asume mayor interés cuando se muestra resonador —mediocre, pero sintomático— de algo que, desleído y tácito cuando menos, vive en el espíritu del mundo que se obstina en llamarse “moderno”. Se trata del supersticioso mesianismo, según el cual hay que estar seguros del advenimiento más o menos próximo de una etapa histórica en que el milagroso poderío de la técnica, aunado a las virtudes meramente naturales del hombre, será suficiente para asegurarnos una existencia en que se colmarían todas nuestras posibilidades de dicha.

A veces, como en el recorte de marras, esa superstición hace expresa su irreligiosidad, su pretensión de erigir al hombre en razón, fin y medida de sí mismo y de sus actos.

Lo cierto es que —las propias palabras de tal recorte lo declaran—, desde hace ya largo rato, se está realizando el experimento de lograr una bienaventuranza terrenal fincada en las solas potencialidades naturales del hombre. Se viene haciendo, por lo menos, desde el punto mismo en que la Revolución francesa inciensa y adora a la diosa Razón personificada —por un tenebroso acierto— en una mujerzuela. Y este experimento continúa, sin diferencias substantivas, a uno y otro lado de la Cortina de Hierro. Ateísmo descarado rige a la “civilización” soviética. Ateísmo hipócrita, pero igualmente operante, se sobrepone a los restos de cristiandad de Occidente, y le da a éste su actual anémica coloración laica, no obstante ciertas menciones oficiales del nombre de Dios que son demagogia oportunista y no invocación de Algo que se juzgue verdadero, vivo y a la vez vitalizador.

Pío XII lo ha señalado con exactitud: hoy día, “la gran miseria del orden social estriba en que ese orden no es profundamente cristiano NI REALMENTE HUMANO, sino únicamente técnico y económico”.

A medida que avanza su proceso, los resultados de este experimento están cada vez más a la vista. ¿Para qué dar argumentos contra la supuesta edad de oro laica, si los hechos hablan por sí solos?

Para nadie es ahora un secreto que el hombre moderno, que ha querido atenerse a sus solas fuerzas, que ha querido prescindir de todo aliento religioso, se está despeñando por el abismo de infelicidad, de angustiada incertidumbre que signa a nuestros tiempos. Abismo real, de objetivos vislumbres apocalípticos, de cuya tremenda realidad no son sino débil reflejo, balbuceo que no alcanza a expresar toda su siniestra medida, determinadas manifestaciones del arte o de la literatura contemporáneos. Todo el portento de la técnica por cierto no está convirtiendo al hombre en aquello que nos profetizaban: un ser semijupiterino que, al apretar en su diestra la inmensurable energía de la naturaleza, convertiría al planeta en un verdadero paraíso terrenal para uso de individuos numéricamente controlados y eugenésicamente seleccionados.

Por el contrario -¿quién osaría negarlo de buena fe?-, se han vuelto más lancinantes y extremas las miserias físicas y psicológicas de la especie; más pavorosa y desoladora su indigencia moral; más irritantes e injustas las desigualdades sociales, precisamente ahí donde ha sido más aguda la superstición mesiánica de la edad de oro laica o francamente atea: ahí donde más ha privado ese vago pero siempre irreligioso sentido naturalista del progreso, según el cual, “en el mundo moderno los hombres siempre están levantando sus cabezas y marchando hacia el futuro, aunque no tengan la menor idea de lo que creen que es o podría significar el futuro”.

La verdad, la descarnada y humillante verdad que abate nuestra soberbia de Prometeos sin grandeza, es que “el único futuro hacia el cual parece que caminamos, de hecho positivo, está preñado de mayores y más terribles guerras, guerras bien planeadas para hacer saltar nuestras enhiestas cabezas de encima de nuestros cuadrados hombros”.

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