El Fiasco de Corea
Publicación original: Novedades, 11 de diciembre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Corea, Mac Arthur, racismo, estrategia y derrota militar.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Recordamos que en septiembre de 1945, el presidente de la empresa editora del “Dallas Morning News” envió a ese periódico tejano la descripción de la rendición nipona a bordo del acorazado “Missouri”. El relato es algo de lo más repugnante que hemos leído, por su ausencia de caballerosidad con los vencidos, por su chabacanería y por su estrepitoso espíritu racista. Al aludir a los delegados japoneses, recurría a expresiones como las de “raza inferior”, “chimpancés”, “míseros”, “pigmeos”, etcétera. Se agregaba que ninguno de ellos tenía “la apariencia del medio hombre, siquiera”. “Si esta es la flor del Imperio japonés –ironizábase- que Dios tenga piedad de las yerbas del jardín”. “Casi no había un americano, un inglés, un australiano o un neozelandés, que no sobresaliera casi toda la cabeza sobre aquellos representantes de aquella raza inferior”. Mac Arthur, añadíase, “hermoso como un águila, ágil como un atleta universitario, nos hizo enorgullecer de ser norteamericanos”.
Este criterio de magnitud física y de caracteres somáticos para juzgar de superioridades e inferioridades humanas, dijérase que presidió la equivocada decisión que ha conducido a Mac Arthur a un gravísimo desastre a manos de pigmeos y chimpancés en todo análogos a los que acudieron hace cinco años, en calidad de derrotados, al puente del “Missouri”. ¿Qué dirá –o pensará, al menos- de ello, el presidente del “Dallas Morning News”?
Por su parte, Mac Arthur no debió ignorar, si no los versos sí la filosofía que se encierra en aquello de que, en ocasiones,
“… creen los más duchos,
contra los que son más locos,
que en vez de los pocos muchos
valen más los muchos pocos”.
Además, él mismo nos dice ahora que el ejército bolchevique chino es “una fuerza terrestre moderna en el sentido exacto de la palabra, y capaz de ser comparada con la de cualquiera otra nación”. Lo cual, si se es lógico, tiene que incluir las virtudes militares, que son un dato fundamentalmente humano y que echa por tierra prejuicios racistas como los del tejano “Dallas Morning News”.
No queremos seguir una conducta como la que estamos censurando, y hacer también leña del árbol caído. Sin embargo, y en vista de lo ocurrido en Corea, resulta sobrado difícil no recordar y subrayar la desagradable y crónica teatralidad del comandante de las fuerzas de la ONU que parece hecha de propósito para halagar al “público grueso” norteamericano, pero que no tiene nada de seria, y que resulta a todas luces fuera de lugar cuando se ocupan puestos de tan grandes responsabilidades como los que el general yanqui ha venido desempeñando desde la guerra anterior. Resulta peligrosa, además, aunque la teatralidad quiera disfrazarse de esa modestia y sencillez de héroe de películas del Oeste que se nos muestra en los noticiarios cinematográficos. No se puede jugar impunemente con la pérdida de prestigio bélico, ni con las reacciones populares. Los soldados del Tío Samuel no celebrarán la Navidad en sus hogares –tal les había prometido su jefe, con bombo y platillos-: eso es lo que queda en la memoria de todo el mundo, y, como un residuo amargo, en la psicología colectiva en los Estados Unidos. Y nadie podrá olvidar fácilmente quién es el directo responsable –aunque sólo sea el aparente- de tan cruel desengaño.
Es de justicia el énfasis en que no se puede hacer, propiamente, responsable a Mac Arthur del ataque chino, sino de su éxito ocasional. Lo primero, lo afirman o insinúan clásicos círculos espantadizos y timoratos de la diplomacia o de la prensa occidental. Ese asalto, con o sin la ofensiva norteamericana que determinó ocasionalmente el victorioso contrataque comunista, de todas suertes se hubiera producido, y en plazo no muy largo. Más aún, es sabido que la opinión de Mac Arthur coincidió, a su tiempo, con la de quienes pensaban con toda sensatez que debía haberse evitado la total conquista de China por Mao Tse Tung y su excelente ejército soviético. O sea, no se habrían dado los antecedentes mediatos del desastre de hoy, si se hubiese seguido oportunamente su parecer. Su error de última hora parece haberse originado en una ineficacia de sus servicios de inteligencia, los que –hasta donde puede colegirse de los despachos cablegráficos- informaron, antes de la ofensiva yanqui, de una retirada china y de la falta de concentraciones chinas importantes cerca de la ribera opuesta del fronterizo río Yalú. Al parecer, el departamento norteamericano de defensa, a cargo del general Marshall, no tuvo mucha fe en este reporte, y expresó que “era preciso ocupar posiciones fuertes contra una ofensiva roja”, opinión que fue desechada por el comandante aliado, quien ordenó el ataque –acompañado del desafortunado anuncio de celebración navideña en el hogar- que se convirtió en una catastrófica celada cuando los chinos salieron de sus escondites, amagando la retaguardia y arrollando el frente del ejército de la ONU. Se dice que Marshall quedó particularmente quejoso de la excesiva independencia manifestada por Mac Arthur.
En suma, éste, que, en términos generales, ha sido más cuerdo que los círculos políticos de los asustadizos, en los pareceres sobre las grandes líneas de defensa anticomunista en Asia y el Pacífico, se dejó llevar al desastre –en muchos queda esta impresión- por un espíritu de suficiencia que le ha hecho antipático aun entre sectores de sus connacionales y entre gran número de los que no lo son. Conocida es la circunstancia de que por ello se le ha motejado de “procónsul del Japón”. Y se antoja ahora una salida de pie de banco, desde el punto de vista militar, y un tanto lacrimosa si se recuerdan sus habituales teatralidades, la excusa de que “esta es otra guerra”. No hay tal. Conforme a sus propias antiguas previsiones, acerca de lo que podría esperarse de la existencia de una China totalmente roja, esta no es más que otra campaña de una misma guerra.
De todas maneras, hay que concluir sin ambages que es mucho más valioso Mac Arthur, pese a todos los defectos que puedan señalársele, que la pléyade temerosa e insensata de apaciguadores que coléricamente censuran el revés sufrido. Y la actitud que asumen, y sus argumentos, hacen más desairado el espectáculo que políticamente ofrece el Occidente en esta hora.
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