El Cristiano en la Encrucijada

Identificador: DM-120.
Publicación original: Novedades, 27 de noviembre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cristianismo social, Occidente, comunismo y decisiones políticas.
Ilustración de El Cristiano en la Encrucijada

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ante el amago comunista, se oye ahora –casi tanto como durante los años de la segunda guerra mundial- el ritornelo de la urgencia de agruparse para la defensa de la civilización cristiana. Bien está ello. Como debió estarlo en los tiempos en que Stalin no era descrito como perseguidor del cristianismo y la libertad, sino, de acuerdo con más de un corresponsal norteamericano, como “un anciano y bondadoso caballero universitario”.

Sin embargo, el cristiano está obligado –hoy más que nunca- a salvar cuidadosamente la falacia de los grandes confusionismos en boga. Y lo está, porque a eso lo apremia el deber de conservar con nitidez rigurosa el sagrado depósito de los valores sobrenaturales de que es portador, que espiritualmente lo especifican, que, en suma, le hacen ser lo que es y le dan significado a su existencia: no sólo en lo ultraterreno, sino en el mundo y en la Historia.

De ahí cuán necesario resulta delinear, con probidad cartográfica, el mapa verdadero de la actual encrucijada ideológica y política. ¿Puede, con sensatez, satisfacer al cristiano el aserto de que en esta encrucijada sólo se ofrecen a su opción dos únicos caminos, sin salvedades de ninguna especie? ¿Hasta qué punto es válida la disyuntiva “Oriente u Occidente”, identificada con la que dice: “Comunismo o Cristianismo”? Si en los años de decisión es cuando más que en otros importa saber a qué decidirse, fuerza es el plantear correctamente las cosas, y empezar por negar esa identidad cerrada, absoluta, sin distingos, que se nos propone.

Porque lo cierto –y hay que hacer aquí el mayor énfasis- es que “el sistema actual de vida y de valores de Occidente APENAS CONSERVA UN PÁLIDO REFLEJO DE AQUEL ORDEN ANTIGUO EN EL CUAL EL CRISTIANO ADVERTÍA UNA ESTRUCTURA ADECUADA A SU VOCACIÓN TRASCENDENTE. POR ELLO LA VIDA ES DIFÍCIL HOY PARA QUIEN QUIERE VIVIR PRÁCTICAMENTE SU FE; PORQUE TODA LA REALIDAD QUE LO CIRCUNDA, SE HALLA ORGANIZADA COMO PARA ENTORPECER SU PROPÓSITO”.

Si lo anterior –como resulta obvio- declara una situación objetiva, y no puede controvertirse con sinceridad, desde luego se infiere el evidente corolario: al cristiano importa la salvación de Occidente por Occidente mismo, sólo en cuanto éste puede entrañar supervivencias cristianas o coyunturas de restauración social cristiana; y desde un punto de vista subordinado, táctico, le interesa también como una realidad –no tan vigorosa como suele creérsele, pero sí estimable- de mera materialidad defensiva contra el inminente asalto comunista; esto es, en cuanto significa la oportunidad de un respiro, y habida cuenta de los inmensos peligros de “aburguesamiento” que van aparejados a ciertas pausas históricas que los cristianos superficiales o blandengues gustan de asimilar a la paz, según alecciona una antiquísima experiencia.

Ver y decir que las cosas son de otro modo, es negarse a las más abultadas evidencias, o “camuflar”, en el caos conceptual de este lapso, la quiebra de nuestra fidelidad a los grandes principios que hemos tremolado como rectores de nuestro ser y conducta. El mapa exacto de esta encrucijada histórica registra, no dos, sino tres caminos posibles.

Esto no lleva a que se pueda ignorar, en Méjico, nuestra vecindad inmediata a uno de los centros de la, al parecer, inevitable contienda. Ello, deseándolo o no, puede imponernos forzosas injerencias, y no por cierto en pro del comunismo, enemigo con el que cualquier colaboración se ha vuelto moralmente imposible. Pero si en no lejana fecha se negaba la licitud del cerrado dilema “comunismo o fascismo”, con mayor fuerza aún habrá que impugnar ahora lo inescapable del novísimo, rígido dualismo, entre cuyos polos se nos quiere imponer la opción. Porque, si “el mal por excelencia, amenazador y brutal, sin relación posible, ni componenda alguna, ha de ser para nosotros, los cristianos, el que encierra el comunismo “con su odio ciego a lo que más amamos”, “esto no quiere decir QUE ES LÍCITO O DECOROSO IR APRESURADAMENTE A GOLPEAR A LAS PUERTAS DE QUIENES ALENTARON Y ALIENTAN LAS CAUSAS DE ESTOS EFECTOS QUE HOY NOS ATERRAN”.

Ya lo manifiesta una de las más firmes voces, de las que –en todas partes del mundo que, otrora, sí pudo llamarse cristiano- alzan noble insurgencia en contra de la inflexibilidad de la equívoca disyuntiva de hogaño: “SI ALGO SE PUEDE AFIRMAR SIN TEMOR A ERRAR, PORQUE LOS HECHOS EN EL PASADO HAN SIDO HARTO ELOCUENTES, ES QUE TODO INTENTO DE VIDA CRISTIANA QUE TRASPASE LOS LÍMITES DE LA VIDA INDIVIDUAL Y ASPIRE A CONFORMAR LO SOCIAL, SERÁ CONSIDERADO COMO ENEMIGO POR AMBOS BANDOS EN LUCHA”.

Hay que decirlo lealmente: ¿es de esperarse una rectificación de esta hostilidad suicida al cristianismo social, por parte de un Occidente hipotéticamente victorioso, al que dos terribles sangrías bélicas no han logrado hacerle aprender la lección del retorno necesario a aquello único que puede detener su innegable desvitalización?

Esa es la duda que mata o resfría cualquier entusiasmo de colaboración, y acentúa el patetismo espiritual de la hora. Y no se puede poner en duda el derecho a expresarla.

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