El cilindrero
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 29 de julio de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Caso ejemplar de persistencia, el tipo del cilindrero. En desigual pugna con radios y sinfonolas, su antigua popularidad como callejero vendedor de música a poco costo no se ha perdido del todo. Aun podemos ver su silueta, símbolo de urbanos nomadiscos, que en actitud de tameme agobiado por el peso del añoso instrumento deambula por calles, ya céntricas, ya arrabaleras, haciendo estaciones aquí y allá para lanzar al aire alguna “laresca” tonada en boga o –fiel a su más genuina tradición- la cadencia de algún vals añorante.
Antaño, constituía una de las más típicas figuras de la ciudad. Iniciaba sus cotidianas excursiones cuando la melancolía del atardecer informaba el alma citadina de una quieta dulcedumbre, de una imprecisa y suave poesía con la que rimaba a maravilla la vibración un tanto tristona del “cilindro”. Y era de verse la aglomeración de la chiquillería y de las mujeres en el patio maloliente de la vieja vecindad. Por un rato, la pobreza del lugar desaparecía, esfuminada en el ensalmo musical de alguno de esos aires sencillos que, rezumando esencias mexicanísimas, decían al pueblo de sus propias querellas y sentires. Eran los tiempos en que el mínimo cobre de a centavo tenía la hoy increíble magia de poder comprar un número de esas populares audiciones.
De ahí, el cilindrero solía dirigirse a alguna de las pulquerías del rumbo. Apostado a la entrada del expendio, al compás del manubrio gastado por un uso de origen casi inmemorial, más centavos caían en la pobre escarcela del manipulador, al par que los compases románticos del vals provinciano despertaban las tristezas latentes de algún borrachito que exigía, una y otra vez, que le repitiesen “Viva mi desgracia” o “Dios nunca muere”. A veces, el concierto tenía en estos casos intermedios más o menos largos, imprescindibles para que el ejecutante aumentara también la habitual parroquia de la pulquería y se repusiese un poco de sus fatigas de “virtuoso” con algunos tragos de confortante “neutle”. Y podía terminar la audición en el mareo de una borrachera general “sobre las olas” del vals de Juventino Rosas, entre malsonantes expresiones de afecto cruzadas entre los clientes asiduos y el cilindrero que había redondeado la humilde francachela con versiones increíbles de Strauss o Franz Lehar, o con las más reconocibles de “La borrachita”, “Un viejo amor”, “La pajarera” o “La Adelita”.
Siempre el autóctono organillero era acogido con simpatía y con ingenuo entusiasmo. Hasta en las esquinas de las primitivas zonas residenciales su éxito era seguro y alborozada la bienvenida que le daba la servidumbre femenina, que en esta o aquella cadencia prendía el emocionado recuerdo del “juan” que un día desapareció del marco de la vida de una fámula por los azares bélicos; o el de aquel caporal moreno, fuerte y bigotudo que hízole el requerimiento de amores, en la plaza del pueblo, una tarde de Sábado de Gloria, pero que quien el padre ceñudo y celoso dióse maña para alejarla enviando a la moza hasta la capital “pa servirle al patrón” de otros tiempos… Y cuántas veces, la misma “señora de la casa” no desdeñaba hacer el encargo a la criada de confianza para que, mediante diez o quince centavos, el “cilindro” “bisase” tres o cuatro canciones de esas que, gustosamente, en su espíritu de hondas y convencidas nostalgias porfirianas, ponían “una íntima tristeza reaccionaria”.
Al paso de los años, sigue el perfil del cilindrero destacándose en el torbellino de las aglomeraciones céntricas, a la vera de restaurantes y cantinas, amenizando el comer y el beber de los capitalinos, venciendo con harta frecuencia, en pugnas desaforadas, la coincidencia musical (?) de la estridente sinfonola, ganando todavía el favor y la preferencia de las gentes. Y en las colonias, no se diga: porque –como afirma Cabral, recordando a Bécquer- mientras exista una criada, habrá cilindreros.

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