El cigarrillo
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 7 de octubre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Algún escritor contemporáneo refiere cómo una noche llegó a su gabinete de estudio, en plan de visiteo y charla, una aparición singular que resultó ser nada menos que el legendario inventor del alfabeto: Cadmo. Manifestó que la suprema curiosidad que le había inducido a tal visita era inquirir qué placeres hubiese inventado el hombre, desconocidos para la antigüedad clásica. Su interlocutor encontróse perplejo, sin hallar qué deleite humano difiriese substancialmente de lo que Cadmo pudo haber disfrutado en los tiempos heroicos de la Hélade. Rompió al fin el silencio, y abriendo su pitillera ofrecióle triunfalmente un cigarrillo.
En efecto, atributo de la modernidad es el uso del tabaco, por imitación —archisabida— de los aborígenes americanos. Y lo propiamente contemporáneo viene a ser el fumar cigarrillos. Las excusas y pretextos para justificar el hábito son múltiples y conocidas. La realidad es que nos acompaña casi a todas horas, salvo cuando el lugar o las personas exigen de nosotros una abstención reverencial o de cortesía.
Qué parte haya de cualidades objetivas en el tabaco y qué otra corresponda a nuestras autosugestiones individuales, arduo es precisarlo. Pero tal vez la porción mayor deba asignársele al trabajo de nuestro espíritu, que le atribuye inacabables y mágicos efectos, notoriamente encontrados entre sí. Viene a ser de esta guisa el cigarrillo una pequeña gran superstición —no tan grave ni de tan mal gusto como el espiritismo o la teosofía— que gravita sobre un mundo que sufre la superstición de haber superado todas las supersticiones. Es un amuleto al que, en resumidas cuentas, incorporamos los más contradictorios sortilegios, los hechizos más antagónicos.
En momentos de paz, el cigarrillo nos subraya la serenidad del lapso en el manso fluir azul de la columnilla humana: lo paladeamos en lentas, eufóricas bocanadas ensoñadoras. Si, por el contrario, los nervios nos han alterado el ánimo, nos proporciona en rápidas y repetidas aspiraciones un grato y fácil sedante que nos vuelve al ritmo normal.
Si en soledades andamos, presto a hacernos compañía, torna el soliloquio de nuestros pensamientos en diálogo cortés y obsequioso cuantas veces se lo requerimos. Si en charla con los amigos, surge de los paquetes como un contertulio más, elemento de sociabilidad que hace más viva y cordial la plática sabrosa.
Cuando en el cuerpo nos retoza una gran alegría, participamos de ella al pitillo confidente, y como que el gozo se nos aumenta entonces en dimensión e intensidad. Y si acerbas melancolías nos lancinan, el consuelo no tarda en aparecer desleído poéticamente en sus volutas aromáticas. Al acosarnos el hambre, la distraemos con filosofía eficaz consumiendo cigarrillo tras cigarrillo. Si la hemos satisfecho, éstos aparecen sin remedio asociados al voluptuoso amargor de un buen café, mezclando a los humeantes vapores de éste sus espirales… Y no hablemos de los cambios de temperatura: si hace frío, unas chupadas al cigarrillo nos galvanizan y vencemos fácilmente la baja temperatura; pero si el calor nos abochorna, el mismo diminuto talismán hace gala de inexplicables virtudes contrarias y nos refresca como la más deleitosa nieve de sabores. Fumar es, por otra parte, el más notable acierto de la elegancia y el buen tono en muchas circunstancias; en otras, la más insoportable exhibición de patanería y mal gusto.
Suelen los agentes vendedores y cuantos piden un favor, hacer el ofrecimiento de un cigarrillo que funja como llave abridora de nuestra benevolencia: muchas veces, la resistencia de nuestros reductos interiores les es más fácil de vencer porque conquistaron su acceso con el menudo obsequio inicial que abrió el portón exterior de las primeras reticencias. En las antesalas de las oficinas públicas y de los consultorios médicos, estos pequeños cilindros de tabaco empapelado desempeñan la benéfica función social de evitar los suicidios por impaciencia. Calman también el dolor de muelas o el de su extracción. Pero hay más: como los licores, inspiran al artista y habilitan de valor al burócrata que pide un aumento y al galán que expone sus motivos al futuro suegro.
Siempre y en todos lados el cigarrillo. No obstan las palizas de los padres a los fumadores precoces de trece años, ni el secuestro de que hacen objeto las señoras a las cajetillas del marido con el pretexto de que necesitan abono para las plantas del jardín. En lo general, el hábito es invencible. Y muchas veces adquiere rango de casticismo: no hay nada más sabrosamente típico que ver a un ranchero norteño liar un cigarrillo con una hoja clásica de maíz y sostenerlo apretadamente entre el índice y el pulgar. Qué más; la misma gente de iglesia adopta su uso: hermano lego conocimos que disculpaba su afición porque el cigarrillo le recordaba sus postrimerías: la ceniza, la muerte: los sabores diversos, el juicio, por el que formaba de cada marca; el fuego, el del infierno; la gloria, residía en la delicia de cada una de las bocanadas…

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