El Camino de Méjico

Identificador: DM-129.
Publicación original: Novedades, 5 de febrero de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: San Felipe de Jesús, misión, martirio y vocación de México.
Ilustración de El Camino de Méjico

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Fastos nacionales como el de hoy, en que recordamos al primer mejicano canonizado, son singularmente propicios para las consideraciones medulares.

San Felipe de Jesús –esforzado empeño evangelizador que culmina con el martirio en Nagasaki- es guión verdadero de la ruta de Méjico. Esta ruta, este camino real, ancho y definido, no puede ser otro que el de la catolicidad militante y misionera. Nacimos como nación bajo el signo de la Cruz y de la Espada, y ello decidió lo substantivo de nuestro carácter y nuestra vocación en la Historia.

Claro que se puede ser infiel a una vocación: nada más que entonces se frustra la existencia de una persona o de un pueblo. Se es grande, se realiza uno a sí mismo, sólo en cuanto se es fiel a la vocación pese a los obstáculos –a veces formidables- internos o externos al sujeto.

La vocación, como su etimología declara, no es otra cosa que un llamado, que hay que saber escuchar, primero, y obsequiar, después. Es el llamado de la Voluntad supraterrena que gobierna el acaecer histórico, a un individuo, a una familia, a una corporación, a una ciudad, a un pueblo, a una raza, a un tipo de civilización, a un continente o al género humano en su totalidad, para que, por peculiares vías y maneras, colaboren en la realización del orden y de los fines queridos por esa Voluntad a la que no se puede discutir lícitamente la facultad de imperio.

Cuando un hombre o un pueblo conocen lo que de ellos pide Dios en la vida o en la Historia, ese hombre o ese pueblo comienza a ser salvo. Y lo es plenamente cuando da lo que le es pedido.

A México, lo que ahora se le reclama es, esencialmente, lo mismo de siempre: la fidelidad a la Cruz y a la Espada.

Esto vale tanto como decir: la fidelidad al sentido apostólico del Bien, que, como enseñan los teólogos, es de suyo difusivo, que quiere que todos participen de él –no sólo una minoría de “escogidos” y “predestinados”-; y la fidelidad al sentido combatiente del propio Bien, que, aunque se duela de la condición de los malos, sabe de todas maneras odiar y dar batalla al Mal.

San Felipe de Jesús supo legarnos la lección de esa fidelidad, en su manifestación más incontrovertible: el testimonio de la propia sangre. Su vocación misional, que constituye asimismo una a manera de milicia en contra del mal, era tan auténtica que entregó la vida por ella. Y pudo hacerlo, entre otras razones, porque primero la conoció, con iluminada certidumbre.

Hoy día, eso es lo que nos cumple a nosotros, también. Estar primero ciertos de que no es -¡qué duda cabe!- la hoz y el martillo ni las barras y las estrellas precisamente lo que signa nuestro destino, sino la Cruz y la Espada –que subrayan el nobilísimo sentido del águila devoradora del reptil maligno-; nuestras propias y autónomas esencias nacionales, la mejicanidad, en suma, quien tiene que decirnos qué hacer en la presente coyuntura del mundo, de supremo peligro. Que sólo nuestra peculiar vocación, que se articula a maravilla con los intereses generales y superiores de la humanidad, puede pedirnos una u otra conducta, indicarnos la ruta verdadera, aun anticipando claramente los riesgos, o, tal vez, incluso las repugnancias circunstanciales que ella pueda traer aparejados. Pero el deber, una vez conocido con certeza, es siempre menos duro, y los sacrificios que por él se hacen, más gloriosos.

¿Cuál será el deber de Méjico frente al gran debate ideológico y de intereses que hoy ensombrece al planeta?... Candente interrogación, a la que las incidencias del duelo han ido dando y seguirán dando respuestas concretas. Pero éstas se encuentran de antemano contenidas en la gran respuesta general que da nuestra vocación en la Historia: otorgar testimonio de la Verdad. De la verdad de la Cruz.

Hacerlo, es afirmarnos a nosotros mismos; seguir las mismas veredas y caminos que abrieron los Antonio de Mendoza, los Luis de Velasco, los Motolinía, los Vasco de Quiroga o los Fray Margil de Jesús o el propio San Felipe que hoy recordamos. De esa suerte, ayudaremos de veras a preparar los caminos de una nueva Historia –que algún día ha de ser-, y en la que sea nuestro mensaje, el mensaje común a todos los pueblos de nuestra Estirpe, de hermandad universal y convivencia pacífica, el que sea escuchado: en vez del pobre mensaje de los materialismos hoy en pugna, materialismos que -más duro y elemental, uno; más halagador y confortable, el otro- de prevalecer cualquiera de ellos, en solitaria prepotencia, podrían tal vez frustrar nuestro destino, malograr nuestro quehacer histórico y aun nuestra alma nacional.

El testimonio de San Felipe de Jesús nos marca el verdadero camino. Y con este testimonio, es hora de recordar lo de Cortés, el primer mejicano por el espíritu: “Sigamos la Cruz; que, si tenemos fe, con esta señal venceremos”…

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