El bosque

Identificador: SD-051.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 13 de julio de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Política y sociedad.
Ilustración de El bosque

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Es éste uno de los hechos geográficos que más han ligado al hombre, con lazos afectivos y utilitarios, a la naturaleza. Frutos y caza, abrigo espontáneo, han sido dones que pródigamente le ha ofrendado el bosque, así como material para sus edificaciones y para elaborar multitud de objetos para usos prácticos u ornamentales. En la soledad nemorosa, tuvo siempre la tierra como un ademán materno y consolador para las tristezas humanas; una aula propicia en la que presentar a la meditación del sabio las grandes verdades acerca de Dios, el mundo y el hombre; un escenario, el más maravillosamente dispuesto, para el deliquio poético y las dulces expansiones del corazón. Por eso, la sociedad del bosque y el hombre asume el carácter de un vínculo en que el cosmos y el alma se enraizan, dijérase que con afán mutuo, en una recíproca y misteriosa comunicación de fuerzas.

Malo cuando esa fecunda amistad se trueca en antagonismo. Cuando el duelo se entabla entre los que, en buena ley, deben ser consocios en la empresa superior de dar cumplimiento a los fines de la creación.

A veces, las hostilidades se rompen por obra del bosque. La selva, la jungla, la manigua de las regiones tórridas opone una barrera, que quiere ser infranqueable, a la legítima expansión del hombre. En el bosque se aprietan, entonces, los árboles; y la fantástica insoportable proliferación de bejucos, fieras y toda suerte de bichos malignos, las miasmas de los pantanos celebran una obscura alianza para alejar a toda costa cualquier humano vestigio. Cuando ello no les es completamente posible, tratan de vengarse tolerando sólo la precariamente humana presencia de grupos a los que impiden salir del estado tribal. Si la selva ecuatorial los tolera, se desquita degradándolos deshumanizándolos, dirigiéndolos, sorbiéndoles por una especie de ósmosis las savias del alma.

Sin embargo, ha de alumbrar el día en que el empuje de la verdadera civilización, con una técnica formidable, sí, pero al servicio de los aún más formidables valores supremos de la vida, logre someter a su señorío la gigantesca, poderosa extensión del bosque tropical. En el fondo, esa victoria ha de ser –como todos los grandes triunfos de la Historia- más del espíritu que de la técnica. Porque el perfil siniestro que se ha atribuido a la selva, es, bien miradas las cosas, injusto por excesivo. En realidad, no se convierte verdaderamente en “La Vorágine” de José Eustasio Rivera sino cuando el hombre abandona el asidero inconmovible de Dios; cuando el alma, para no extraviarse en el dédalo, cree poder pasarse sin el hilo de Ariadna de los grandes ideales religiosos. Pero es que ello también puede ocurrir –de hecho, ocurre- en la “vorágine” de la gran urbe sin contenidos espirituales.

Otras veces, es el hombre el que pretende acabar con el bosque. Le declara, unilateralmente, la guerra. Lleva entonces, en su misma artera agresión, el castigo. México en proceso acelerado, un triste ejemplo del suicidio del hombre al aniquilar el bosque. Nuestra incontenible desforestación es uno de los más directos y eficaces agentes de la pobreza nacional. Los montes ahora desnudos, están viniendo a ser como el símbolo trágico de la política que ha hecho posible la extinción del arbolado mexicano: mondas calaveras telúricas, signo de muerte, advertencia solemne de que hay que rectificar, premiosamente, nuestro derrotero histórico si queremos de veras supervivir. De que hay que acogerse, como a un guión indicador de salud, a esa figura venerable que, en plena ancianidad y hasta su muerte, combatió con brío por los fueros del árbol, del cual fue el apóstol por antonomasia: el infatigable e ilustre ingeniero De Quevedo, que da a la honrada reflexión el revelador hecho de haber sustentado esas ideas llamadas despectivamente “conservadoras”…

¿No da qué pensar la coincidencia, en él, de tales ideas con el anhelo de defensa del árbol?... ¿Y la frecuente coincidencia, por otra parte, en quienes criminalmente negocian con la tala, de las nombradas “ideologías” con el odio al árbol?... Pocos contrastes entre hombres de México, pueden hablar como éste con mayor elocuencia de qué cosa es lo que puede salvar a la Patria.

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