El Ángel y la torta

Identificador: SD-054.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 3 de agosto de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Ilustración de El Ángel y la torta

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No le satisfizo a Carlos aquella novela policíaca. Cierto que el ladrón y el detective derrochaban ingenio; pero ambos eran como dos máquinas sin corazón que cumplían mecánicamente la función convencional asignada a cada uno por el autor. No tenía cabida en ellos el miedo, la compasión, el valor, la ira o cualquier otro sentimiento. No eran más que dos “robots”, encargado el uno de plantear problemas de lógica al otro, que a su vez tenía el deber de resolverlos con la mayor frialdad posible, hasta el triunfo final de esa justicia incolora y sin alma de casi todas las narraciones del género. Aburrióle, pues, el relato sin calor humano; cerró el libro, y apagó la veladora.

Lo que ignoraba Carlos es que su diablo tentador era tan diablo que de la lectura fastidiosa sabía hacer el preámbulo psicológico de una tentación, sin que, al parecer, la vigilancia del Ángel guardián se hubiese percatado a tiempo de la artimaña… (En realidad, el ángel respetaba demasiado su oficio, y era él quien había afinado el sentido crítico de su protegido; pero éste se dejó llevar tontamente por la inercia de la lectura).

¡Era tan fácil salir silenciosamente, atravesar el patio de la casa de apartamientos, y llegar por aquel tubo y aquellas cornisas hasta la ventana de enfrente –abierta de par en par, invitando a saltar sobre su alféizar., introducirse a la habitación y llegar hasta la ya conocida vitrina para alcanzar la valiosa figurilla de Sévres, orgullo del modesto coleccionista que era el excelente señor López!... Este no sufriría más que un regular berrinche, pero ningún quebranto en su bien saneada hacienda de burócrata riquillo. El, en cambio, ¡qué buena cantidad de dólares –doscientos, lo menos- sacaríale a su incauto amigo yanqui, que súbitamente se había obsesionado con poseer alguna reliquia del Emperador Maximiliano!... Con esos dolaritos, daríase unas magníficas vacaciones acapulqueñas, muy quitado de la pena, desquitando las largas semanas de aburrimiento oficinesco.

Su madre, entregada al sueño en la pieza vecina, nada sentiría. La “privada” en absoluta quietud, sin que se viese luz en ninguna ventana, estaba de lo más propicia. El cielo, obscurecido por denso nublado.

Fue entonces que el diablo tentador esbozó, bajo el fino bigotillo, una sonrisa irónica, mirando de reojo al ángel guardián que parecía adoptar la serenidad fingida de quien tiene la certeza de la derrota y no quiere dar a entenderlo. (El diablo era un diablo de aspecto displicente y amistoso, sin gestos chocantes ni ademanes perversos. Lucía la innocua estridencia de una corbata a la moda. Su mirada era inteligente y parecía repetir a Carlos, con el tono de un buen camarada “Anda, hombre, después será tarde…!” Y el ángel era un ángel que aunque se obstinaba en llevar la innegable prestancia de sus antiguas vestiduras talares con orla dorada –está comprobado que los ángeles no han entrado a la moda-, no tenía el aire de femenina timidez que en mala hora le habían atribuído en la estampa que amparaba la cabecera de la cama de Carlos. Por el contrario, tenía el continente sobrio, varonil y resuelto de un patricio de los buenos tiempos de Roma. Su rostro se iluminaba de sagacidad, energía y decisión; sólo que ahora parecía un buen demagogo que espera el momento oportuno de hablar…)

La derrota angélica parecía consumada. Carlos descendía por el tubo y las cornisas, con la figurilla de Sévres en uno de los vastos bolsillos del saco. Sus pies tocaron el suelo. Con el desenfado de un buen lector de cuentos policíacos, antes de atravesar el patio, de retorno a su casa, extrajo del otro bolsillo un botín de muy distinguido género: la apetitosa torta compuesta que la gula del señor López había amablemente olvidado sobre su mesa de trabajo. Halagole el olfato un delicioso olor de “guacamole”, chile en vinagre y cebolla picada… Se dispuso a hincar el diente y a dar el primer paso de regreso.

Se oyó un ruido sigiloso, por el lado de la conserjería, Carlos se estremeció, mientras la torta caía de sus manos. Dio tres pasos, iniciando una huída casi imposible.

Fue en ese único instante que el ángel habló, imprevistamente, consumando una jugada maestra que el diablo ya no pudo desbaratar. El ángel no hizo más que poner en juego un automatismo psicofisiológico, repitiendo la dulce y vieja frase de todas las madres cristianas a sus hijos: “El pan es don de Dios –solía decir también la madre de Carlos-cuando caiga al suelo, no lo dejes ahí: levántalo y bésalo”.

En una milésima de segundo, Carlos sintió que un olvidado hábito de infancia había movido súbitamente, con poder invencible, los resortes de su psicología, sin aun dar lugar al titubeo. Volvió sobre sus pasos, sin pensar en los riesgos del retroceso, cediendo al automatismo que acababa de revivir en su espíritu, y se inclinó para recoger del polvo el pan bendito de Dios… Sonó un disparo y el golpe seco del plomo en la pared. ¡Le hubiera perforado la cabeza, de no haberse encorvado a tiempo para alzar la torta! Así lo entendió Carlos, mirando el impacto, a la luz de la luna recién salida tras una nube. Y como algo sabía de teologías “¡Diablo “malora!” –pensó-, ¿tú ya sabías que el conserje andaba en ronda vigilante y que la luna iba a salir! Querías mi muerte, pero a diablo, diablo y medio”… Y se dejó caer pesadamente sobre el quicio en sombras de la puerta del señor López…

El conserje cayó en el lazo. Acudió a la carrera; vió el cuerpo exánime e inerme, se inclinó sobre él… y un golpe corto, de gran técnica pugilística, lo puso fuera de combate sin haber siquiera podido observar el rostro del asaltante. Levantóse Carlos rápidamente, y entró a su casa con pasos de terciopelo cuando el vecindario alarmado empezaba a encender las luces.

Nadie supo el secreto de la aventura. Pero a los dos días el señor López recibió de manos de un muchacho mensajero, la figurilla de Sévres y una carta escrita a máquina con perfecta fraseología Ollendorf:

“La torta que olvidó la otra noche tenía demasiado picante; pero tengo un Ángel Custodio formidable. Siempre me aseguraron que era un ángel de primera”.

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