Domingo de Ramos
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 21 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Para el cristianismo blandengue y acomodaticio de que ahora adolecemos, bueno es –vívida, enérgicamente- el admonitorio significado de la entrada de Jesús en Jerusalén, a lomos de un asno. Porque estamos enfermos de versiones dulzonas muelles e inaceptables del espíritu evangélico. Ahora queremos un Evangelio que no nos eche en cara nuestras bellaquerías, nuestros viejos hábitos de maldad. Y no podemos alterar el texto del Evangelio de Cristo. Ya, entre otros, el protestantismo –mutilador convenenciero- fracasó en el intento. Nos hemos echado entonces a la fácil pendiente de las interpretaciones favorables a nuestro regalo, a nuestras concupiscencias. Porque tenemos un horror mujeril a cuanto signifique ascender por la áspera cuesta de lo ascético. Porque tenemos miedo al rudo atletismo del espíritu que nos exige –antes que otra cosa- el vencimiento de nosotros mismos. Por eso hay tanto miedo –en muchos pueblos y en muchos individuos- de devolver los frutos del despojo; de rendir cuentas de la sangre que se ha derramado culpablemente; de deshacer la calumnia con que en la Historia y en la vida diaria se enloda al enemigo; miedo, en fin, de renunciar a muchas sucias torpezas personales y colectivas.
Hemos comenzado, en consecuencia, por pretender desfigurar la fisonomía misma del personaje central del Evangelio. Y hemos querido ver en Cristo sólo aquello que –con torcidas exégesis- pueda hacernos esperar que no se descargue sobre nosotros el golpe de la justicia que rige el mundo moral. Sólo nos es grato parar mientes en la mansedumbre de Cristo y en su misericordia. Y, por cierto, no para imitarlas y ponerlas a nuestra vez en ejercicio con nuestros semejantes; sino para engañarnos con la seguridad temeraria de un perdón absurdo por cuanto no recaería sobre el arrepentimiento. No nos gusta, en cambio, advertir la otra faceta del carácter de Cristo. La que nos impone, para alcanzar el perdón, la penitencia y la renunciación al mal.
Querríamos que a la mujer adúltera se le hubiera perdonado, y dicho únicamente: “Vete”. No damos ya oídos al final de la sentencia: “… y no peques más”. Ni queremos pasar los ojos por el texto que encierra aquel tremendo y memorable anatema:”El que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en Mí, más le valiera que le ataran al cuello una piedra de molino, y le arrojaran al mar”. Ni recordar tampoco la insólita dureza de las palabras del Señor: “¡Hipócritas, sepulcros blanqueados, raza de víboras!...” Todo eso es demasiado para el afeminamiento de la época.
Por eso nos place ver en la entrada triunfal del Domingo de Ramos una luz suave, como de égloga. Y si somos sinceros hemos de confesarnos que casi siempre soslayamos la mirada para no ver la severa silueta del Maestro arrojando, al otro día, del Templo, a latigazos, a los mercaderes. La verdad es que –como declara Papini- los asnos sin domar daban ocasión a los hebreos para peculiares parangones: “El hombre es mentecato y temerario de corazón –dice Saofar Naomatita a Job-, y nace semejante a un potro de asno salvaje”. Y Daniel cuenta que cuando Nabucodonosor, en expiación de sus tiranías, “fue arrojado de entre los hombres, su corazón descendió hasta semejar el de los animales, y su morada fue con los asnos salvajes”.
“Jesús –concluye Papini- ha pedido expresamente un asno sin domar, en el cual no haya montado nunca nadie; semejante, en suma, al asno salvaje. Porque en aquel día la bestia por Él escogida no representa simbólicamente la humildad del caballo, más bien al pueblo judío, que será domado por Cristo”.
Esa es la gran lección del Domingo de Ramos para nuestro mundo –bestia salvaje y cimarrona; a todo intento de doma, rebelde-: aceptar el freno que lo domestica. Reconocer el señorío –suave y vigoroso, a un tiempo- del Único que pueda enaltecerlo con el freno necesario de la civilización que se finca en el dominio del hombre sobre el mal.

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