Diez de mayo
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, el pie de la transcripción consigna el 11 de abril de 1948; el nombre del archivo, el 9 de mayo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad; Universidad y educación.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En otros países, en los que ha sufrido gran detrimento la médula cristiana de la sociedad, la fiesta de las madres —nueva, de algunas décadas— se ha contaminado, por desgracia, de no sé qué aire insoportable en que se adivina un intento de resurrección de retrógrados, paganos cultos a las fuerzas de la naturaleza.
En México, las campañas publicitarias y el apoyo oficial han logrado la difundida celebración de la novísima fiesta. Pero, venturosamente, nuestra arraigada sensibilidad católica le ha infundido —en términos generales— una intención noble, de rasgos francamente espiritualistas. Ello ocurre, más que en los festejos públicos, en la hogareña intimidad, en el santuario de la familia mexicana en que sigue ardiendo la lumbre entrañable y esencial de la Patria, con su perfil insobornable y genuino.
En nuestros hogares, en los que puede advertirse la pulsación de la ilustre sangre tradicional e hidalga que por nuestras venas corre, así como el influjo aún decisivo de muchas generaciones mexicanas que vivieron no para la materia sino para el espíritu; en las dulces expansiones de padres e hijos, el diez de mayo ha tomado un sesgo muy diferente al que adopta en otras latitudes. Nada de paganas exaltaciones para la sola circunstancia de la corpórea fecundidad. Quédese ello para quienes han perdido o amenguado, culpablemente, la visión enaltecida y transfigurada de las fuerzas vitales. Para quienes no echan de ver en las maravillosas virtualidades de la naturaleza la transverberación del espíritu, la presencia de inmanentes finalidades superiores, el soplo de la Gracia de Dios sobre las frentes ungidas por la doble y perfecta maternidad no sólo de los cuerpos, sí que también de las almas de los hijos que se han sabido modelar en el prolongado, fatigoso proceso de la educación.
Por eso es que nadie ha podido evitar que, aquí, en este día, los hijos, en creciente muchedumbre, revistan la fecha de un espontáneo y cordial sentido religioso. Innumerables son los que fincan el mejor y más digno obsequio a su madre en concurrir al templo para la plegaria fervorosa o para la devota recepción de los sacramentos. Hay mucha lógica en ello, porque en México no es la madre, verbi gratia, una matrona romana, sino —en plano extraordinariamente superior— antes que otra cosa, una dama cristiana. Esa dignidad sin paralelo en la Historia, de la mujer cristiana; el efluvio exquisito de la celeste espiritualidad de la madre católica; la gravedad del continente; la delicadeza ingénita en el recato; la paz de la mirada columbina; el hispánico señorío de las maneras; la mexicanísima e inefable, indulgente suavidad; la heroica y total entrega al bien terrestre y ultraterreno de los hijos, nimbaban a nuestras madres con una aureola angélica y sobrenatural que pide, como el más propio homenaje, el asociar su fiesta a la excelsitud de los más trascendentes actos de la Religión que es semilla y motor de todas esas virtudes y excelencias.
Y ya que así hablamos, ocasión propicia es ésta para hacer un recuerdo fervoroso de los principios de la fijación de este perfil moral de las madres mexicanas. Un ilustre historiador ha precisado el tiempo en que ello ocurrió: al empezar el último tercio del siglo dieciséis, cuando florecía en Nueva España la segunda generación criolla. Las mujeres de dicha generación vinieron a obtener los frutos de una favorable serie de concausas históricas. La primera, el saneamiento general de las costumbres, gracias a medidas varias, entre las que merece singular mención la represión de la bigamia, que era frecuente hasta entonces en los inmigrantes peninsulares que en España dejaban a la esposa, y —mar de por medio—, tomaban otra mujer en estas tierras. Igualmente, el venturoso cuidado que en esa época se tuvo en evitar la impresión, venta y lectura en México de los malhadados libros de caballerías, la afición a los cuales era lo que podríamos llamar —con un símil muy gráfico— el “paquinismo” de entonces; medida con la cual se salvó el peligro de que la ilustración de las mujeres se desviara por cauces tan cretinos como desmoralizadores. Otro tanto hay que decir de las magníficas instituciones de enseñanza —ejemplo egregio: el famoso Colegio de Niñas— que al par de la instrucción que impartían supieron modelar —exquisitamente— las almas en flor de las doncellas que, a los pocos años, iban a constituirse en esposas de los jóvenes criollos y de los españoles que aquí hacían fortuna y fundaban su familia.
Dotadas, pues en esos años, las criollas novohispanas de una muy apreciable formación intelectual y de una estupenda formación moral, al convertirse en reinas de sus propios hogares, dieron la pauta que habían de seguir con fidelidad ejemplar todas las generaciones femeninas que se han sucedido en el curso de nuestro desarrollo colectivo. He aquí la raíz histórica de ese arquetipo universal de la madre, que es la madre mexicana. La que encarna, con milagroso vigor, aquel ideal de la “mujer fuerte” de que habla la Escritura. De ella puede decirse, con verdad, que es
“Flor que recuerda simbólica
Algo a Isabel la Católica
Y algo a la Guadalupana…”

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