Días de santo

Identificador: SD-033.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 3 de marzo de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Amigos se felicitan en un día de santo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Tal vez no pueda señalarse edad a los festejos que se celebran con motivo del nombre con que, desde el albor de la vida, se signa la personalidad de los hombres. Es creíble, sin embargo, que la antigüedad pagana no haya sabido de tales celebraciones. La costumbre debe derivarse, probablemente, de las conmemoraciones cristianas del santoral, como un complemento de ellas.

En efecto, la Iglesia, cada día del año, recuerda a un conjunto de personajes históricos que, por haber alcanzado las cimas de la virtud, son incluidas en el catálogo de los santos. Entre esas personalidades que en su tiempo escribieron las páginas de mayor excelsitud humana, el santoral destaca —por diversas razones— a uno o a varios principales.

Son estos últimos los que el uso de los países occidentales ha tomado en cuenta para dar su nombre, en la pila bautismal, a los nuevos cristianos. Hay en ello una suerte de acto jurídico sobrenatural por el que se establece un especialísimo vínculo entre el santo y el que asume su nombre; una especie de relación por la que aquél toma a su cargo el patrocinio de éste, que a su vez se obliga a una concienzuda imitación de las virtudes del que se asignó por santo patrono.

No puede dudarse que hay en la costumbre una gran sabiduría. Aun desde el punto de vista estrictamente humano, salta a la vista la sagacidad que revela el que se nos proponga un modelo seleccionado de entre los que la Historia registra como mejores, como quienes han dado las más grandes lecciones de carácter, de energía, de dominio de sí mismo, de amor a los semejantes, de realización de empresas las más arduas y extraordinarias que puedan acometerse. Bien mirado, es un sostenido estímulo para desarrollar en dimensiones insospechadas la propia personalidad, darle nervio, horizonte, metas determinadas y altísimas.

Ceguera suma habrá en quien —aun no siendo creyente— deje de ver la trascendencia social, el fecundo valor práctico que la ejemplaridad —concretada en forma viva en quienes fueron de carne y hueso como cada uno de nosotros— tiene para hacer la vida creadora, armoniosa y pacífica.

La piedad de nuestros mayores vio, además, ciertos delicados aspectos en el patrocinio de los santos. Hubo de entender que el santo del nombre de cada quien establecía con su patrocinado una amistad verdadera como ninguna otra. Por eso, se creyó, con mucho sentido común, que había de haber en ella, además de los elementos de respeto y acatamiento, mucho de cosa cordial, alegre y franca, a veces con sus ribetes de confianzuda si al caso venía.

De esta manera nació con fresca espontaneidad la tradición de los cristianos de estimar como propia la festividad conmemorativa de su santo, en virtud de que las alegrías de los amigos lo son de uno mismo. Así se habla con propiedad del “día de mi santo” y no simplemente de “mi día onomástico”. Esta última expresión implica una intolerable vaciedad; porque el solo nombre, si no va ligado a consideraciones superiores, a un cierto y señalado valor trascendente, no se ve claro por qué haya de ser motivo de liturgia social alguna.

De modo que de la fiesta del santo, hecha propia por razones de amistad, se extendió el júbilo y la algazara a los amigos del amigo del santo. De ahí se tomó pie para las felicitaciones que hasta hoy acostumbramos en tales fechas de regocijo. Con ello, la sociabilidad obtuvo impulso notable, y se continúa un factor de expansiones y obsequios que mantienen vivos los lazos espirituales, el cariño, la amabilidad de la convivencia.

Tal es el secreto de que los días del santo sigan teniendo entre nosotros todo su antiguo prestigio, su perfume de sinceridad: suscitando hermosos diálogos de corazón a corazón significado por el abrazo y el presente.

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