Diálogo — De las nubes (II)

Identificador: SD-070.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 15 de febrero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Ilustración de Diálogo — De las nubes (II)

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El viejo poeta y el novel filósofo, acabaron de subir la rústica escalinata. Se acodaron en el pretil del mirador, en la extasiada visión de la noche, ahora ya en pleno señorío del panorama. Las nubes huían hacia un rincón del firmamento. Sólo dejaban, aquí y allá, uno que otro vellón o flojel traspasado por la mansa luz cenital de la “inconstante luna”.

Quebró el silencio la voz –juvenil- de la “Sophia”:

-El sentido de esta escalinata no es el jadeo victorioso en cada peldaño en que la gravedad es vencida. Su sentido se lo da al mirador al que da acceso. La indefinida progresión es un dislate. Se justifica por el término a que lleva: por el reposo del fin, que no es necesariamente lo inoperante, sino que bien puede ser la suma actividad de lo más noble… Descansan ahora nuestros músculos del esfuerzo de la ascensión. Pero nuestras potencias superiores disfrutan, en cambio –en un rapto complejo, pero único- del éxtasis del paisaje: están en un descanso activo.

-Luego, ¿ha de ser más excelente el reposo que la movilidad? ¿Lo siempre repetido, que lo nunca idéntico a sí mismo? ¿No es ello desconocer la ley íntima del universo, desde hace millones de años en una perenne transmutación? Bien lo dijo el efesio Heráclito, en su memorable ejemplo: nadie se baña dos veces en el mismo río, porque la segunda se hace en otras aguas que no son ya la de la primera ablución.

-Ese es el viejo error relativista. Y no se da cuenta de que el principio de la relatividad es también relativo. Porque la verdad es que lo relativo supone, en última instancia, lo Absoluto. Por otra parte, Heráclito no se dio cuenta de que al río no lo hacen sólo las aguas, sí que también el cauce, el cual sigue siendo substancialmente el mismo… Pero hay que ir más lejos, porque todas éstas no son sino analogías que nos brinda un mundo de relatividades que no agota toda la realidad de lo existente. Fuera de éste hay otros mundos, en otros planos de existencia. Pitágoras tuvo de ello la felicidad de un atisbo sublime, cuando, ahincando en la escuela de la variada orquestación de las cosas de este mundo, su oído pudo comprobar la gozosa sinfonización de todas las notas de cada uno de los seres en una sola Nota inefable, que asumía en sí, y hacía una única excelencia acústica la belleza fragmentaria y en dispersión de todas ellas. Platón, por su parte, supo salir de la caverna en que los pobres presos no ven más que las sombras que en su fondo proyectan los seres verdaderos: supo remontarse al cielo filosófico de los Arquetipos, de los Paradigmas, de cuya plenitud de bien y belleza sólo son sombras fugitivas e inestables las cosas que hoy son, y mañana ya no… Y las Ideas o Paradigmas platónicos, son “inmóviles y bienaventurados”…

-La ausencia de movimiento y sucesión, es la ausencia de tiempo. Es la ausencia de vida… Es la Nada…

-No forzosamente. Puede ser ello la Eternidad. Aparente paradoja: en la línea que quisiera describir gráficamente los grados del ser y de la vida, debería anotarse en ambos extremos la ausencia de tiempo. En el extremo de la Nada, por carencia del ser, y por tanto, de vida. En el de la Eternidad, por plenitud de Ser, y, por ende, de Vida. En medio, estaría, sí, lo que respecta a este mundo que vemos: el ser y la vida, pero deficientes, que, en su intento de acercarse a la plenitud, cambian, se mueven en múltiples ensayos con los que de ella quieren tomar posesión. Las cosas de nuestro mundo se mueven precisamente porque algo les falta, y esas mudanzas son, ni más ni menos, lo que llamamos Tiempo. Nadie alarga la mano, nadie se mueve, sino una función de lo que carece. En la Eternidad no hay movimiento, no hay tiempo en consecuencia porque nada falta a la plenitud de existencia y de vida… Dios, que es eterno, no se mueve. Sería, entonces, imperfecto. Porque el movimiento es el tránsito de lo que la Filosofía “potencia pasiva”, o sea, indigencia, pobreza, a la riqueza del acto. Y Dios, plenamente rico de Vida y de Ser, no es sino un solo y único Acto, que cifra y aúna todas las excelencias posibles. ¿Para qué habría, pues, de moverse, si todo lo tiene? Su augusta inmovilidad no es la de la suma carencia, y negación, que es la Nada, sino la de la suma posesión de todo lo que tiene signo positivo… ¿Para qué decir muchas, si El es una sola y definitiva Palabra de hermosura y de verdad?...

“Por eso, ante la fugacidad de las nubes –pasto quimérico de la fantasía-, mejor me abrazo al paisaje, que, con su relativa inmovilidad, enciende mi inteligencia con un reflejo de esa Verdad inmutable que es Dios”.

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