Diálogo — De las nubes (I)
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 8 de febrero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
-No hay duda de que las nubes tienen el secreto de la inquietud y la movilidad, de las mudanzas sin término. Gloriosa inquietud la suya, que quiere pastorear en todos los paisajes. Envidiable mutabilidad la que les fue otorgada, y que les hace agotar todos los moldes de la geometría. Siempre fueron para mí el símbolo de la aventura y de la renovación –concluyó el viejo poeta, loado por la fama, y que, más de una vez, conoció los provenzales favores de Clemencia Isaura.
El joven estudiante de filosofía repuso:
-Hay en ellas una belleza indudable. Nos dan la fascinación sin tregua de sus transformaciones. Tienen, si se me permite la analogía, ese doble imán de los escaparates de las grandes tiendas, cuando la vista va de uno en otro: la seguridad de los múltiples hallazgos, y la incertidumbre de lo que en concreto se ha de hallar en su coruscante y riquísimo muestrario. El hechizo de las nubes radica, en muy buena parte, en el don que nos hacen de lo imprevisto… Y, sin embargo, también el ojo llega a cansarse de esos avatares sin término; de ese no poder bajar los párpados por unos instantes, sin que, al otra vez levantarlos, aquel borde argentado del “cirrus” que un punto cautivó el espíritu, se haya tornado cenizo; o sin que el rotundo y enmelenado perfil leonino de aquel “cúmulus” se haya alongado súbitamente, hasta fingir un tentáculo o una colosal serpiente mitológica…
-Esa es, cabalmente su expresión alegórica y triunfal de la perenne juventud. Lo que contradice lo extático. La repugnancia esencial a la fijeza plástica que sólo nos entrega, monótonamente, una sola manifestación de la hermosura… Les doy la razón a las nubes, como se la doy a los artífices de la relojería que a los grandes relojes de pared gustan de proveerlos de una diversa expresión melódica, para cada hora del día; detesto los vulgares relojes que repiten siempre una nota única, que jamás varía en intensidad ni en escala. Participan de la mediocridad de los números cardinales en el: Lenguaje: “uno, dos, tres…” ¡Cuánto mayor rango y elegancia subjetiva hay, en cambio, en los ordinales: “primero, segundo, tercero”! ¡Estos suponen ya todo un mundo sugestivo de relaciones con los antecedentes y los subsecuentes!
-Bella es, en efecto, la variedad, que nos remoza el alma. Poderoso, el atractivo de la sucesión de las cosas, que da al cosmos tonalidades, contrastes y transmutaciones que le imprimen el ensalmo de lo maravilloso. Gallarda, también, la magia del renuevo y de la juventud… Pero todo ello tiene la fragilidad ontológica de lo accidental y de lo relativo. Pues, ¿qué sería de lo vario, sin el soporte de lo uno? ¿Cómo sería hermosa la sucesión, sin un principio que la explique y la articule, y sin un término al cual referirse como meta de perfección?... ¿Cómo sería hermosa la sucesión, sin un principio que la explique y la articule, y sin un término al cual referirse como meta de perfección?... ¿Cómo serían bellas las bellezas que se mudan incesantemente, si todas no se dieran cita en el recinto de la Belleza esencial, que es una sola, y que a todas ellas viste de prestado con galas que son como partículas o mejor aún: como destellos de sí misma? Y el primor del renuevo, ¿dónde hallará más elegante marco, dónde más la armonía de línea y color de sus pétalos, sino inserto fielmente en el tallo que lo engendró, con el que forma un todo completo?... La sugerencia de juventud de las nubes, es engañosa. Más bien nos dan la tornadiza visión de la infancia: juguete del viento del impulso irrazonado. El cambio excesivo, la inquietud sin mesura son no otra cosa que expresión de lo pueril. La verdadera juventud es una fuerza creciente, y por ello progresiva, sí; pero que tiene por norte la majestuosa plenitud del vigor de la madurez.
Hubo un silencio de meditación apasionada.
La estrella de la tarde se asomó por un breve claro de las nubes, y reanudó, una vez más, su misterioso titilar.

Comentarios
Publicar un comentario