Día de Muertos
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 2 de noviembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Este día de difuntos, en los pueblos y en las gentes que saben seguir viviendo de certezas teológicas, asume un radioso fulgor de eternidad, de vida plena y sin término. Es por ello que no pretenden dar la espalda a la idea de la muerte, antes se le recuerda en fasto singular. Claro que ello no equivale a ignorar que la muerte lleva aparejado un riesgo, que es el riesgo decisivo del destino ultraterreno; pero no se ve la muerte como un acabamiento del ser, sino como un tránsito forzoso que puede llevarnos, si hemos sabido vivir la vida, si hemos sabido usar con decoro del gran don que con ella nos fue dado, al cumplimiento de nuestra excelsa, final vocación.
Este enraizado convencimiento de la pervivencia después del tiempo, es, puede ello asegurarse, uno de los datos elementales de los juicios humanos. Livingstone, el gran viajero, pudo comprobar con mirada directa: “Cualquiera que sea la degradación de algunos pueblos salvajes –afirma-, hay dos cosas que no es necesario enseñarles: la existencia de Dios y la inmortalidad del alma”.
No deja de ser curioso y aleccionador el eco de esta voz de la razón, en un antiquísimo documento egipcíaco, el milenario “Libro de los muertos”, que en su esencial capítulo 125 declara el destino de los obradores del bien, al llegar a juicio ante el rey del más allá, Osiris: “No he cometido dice el compareciente, para justificarse ante el tribunal de la deidad –iniquidad respecto de los hombres…, no soy chismoso ni detractor…, no he hecho pasar hambre a nadie…, no he matado ni mandado matar…, no soy adúltero…, no he pesado sobre la palanca de la balanza, ni falseado su aguja, ni he quitado la leche de la boca del niño…; he contentado a los dioses con lo que ellos aprueban, he dado pan al hambriento, agua al sediento, vestidos al que estaba desnudo, barca al que no la tenía, he hecho ofrendas a los dioses y larguezas funerarias a los bienaventurados (los muertos)”. Después de esta relación, pésase el corazón del difunto en la balanza de la verdad, y si el asistente del tribunal confirma que “no se ha encontrado falta en él”, expresa: “Su corazón es justo, sus manos están puras, su cuerpo exento de todo mal; el fiel está en el medio, no hay desviación alguna”. De ahí la sentencia favorable: “Que vaya justificado a los lugares que quiera, con los espíritus y los dioses. No será rechazado por los centinelas del Amenti, dadle sus provisiones y sus ofrendas”.
Aun, pues, para aquellos gentiles cercanos a las tradiciones originarias de la humanidad –y por esa misma cercanía, inclusive-, la muerte obra la función del puente, de tránsito. No hay sobre ello dudas, ni tinieblas esenciales. David, había de manifestarlo también, con memorable y honda convicción: “Aquel que vive sin mancilla y obra rectamente… no será conmovido por toda la eternidad”. Y después, la palabra definitiva de Cristo: “Resucitarán los que obraron bien para la resurrección de vida; pero los que obraron mal para la resurrección del juicio”.
Es así, en efecto, que por la muerte es dable que se cumpla el anhelo último y universal de la vida perfecta, cifra de todos los bienes sin mezcla de mal alguno, según reza con admirable concisión el viejo catecismo. Esta certidumbre cardinal es la que ilumina, con destellos inapagables, la vida de cuantos aquí abajo viven de esperanzado amor al Bien. Pero además, para el cristiano entraña un singularísimo sentido, lleno de humana y divina delicadeza, la conmemoración de los difuntos. El culto de los antepasados de las religiones arcaicas no sospechó siquiera el especial matiz que en ello habría de poner el cristianismo. Bien sabemos nosotros, en cambio, lo que éste añade de familiar ternura, en virtud de esa suprema solidaridad que a todos nos une en Cristo, y que a los vínculos naturales de la sangre humanamente heredada, agrega los aún más estrechos y vitales que a los “vivientes” –terrestres o ultraterrestres- nos enlazan en lo sobrenatural, por la comunión de la Sangre divina. Esos lazos de fraternidad inefable muévennos a recordar así a lo que en vida llenaron nuestro corazón, como a la muchedumbre ingente de hermanos en la fe que se adivinan y presienten, pero que no han de conocerse sino hasta el punto en que, para nosotros mismos, se haga la plenitud de la luz.
Y, por otra parte, para nuestra obra en el tiempo, para nuestro quehacer histórico, la evocación de los muertos equivale a dar al viento el oído para escuchar, reverencialmente, la voz del pasado. En México, la voz de un pasado que encerró para nosotros, en el primor del vaso precioso de la tradición, el perfume suave y sin mengua –de los valores del espíritu; voz que nos da la consigna de transmitirlo, más sublimada aún su fragancia, a nuestros hijos.

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